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@AnaliaCab 

En los últimos meses se nos hizo costumbre cierta obligación de debatir todo hasta el extremo. El saludable ejercicio de informarse sobre lo que nuestros gobernantes deciden por nosotros y contrastar datos derivó en la generación de trincheras y la proscripción de posturas "tibias" -léase también, "equilibradas"- como método.

El escándalo en el Instituto de Cine y Artes Audiovisuales puso en escena una entidad de la que poco se sabía o hablaba salvo en el ámbito de su competencia. Como la salida de su presidente, Alejandro Cacetta, estuvo envuelta en rumores de tinte político -el funcionario no hizo la limpieza "camporista" que el Poder Ejecutivo le habría solicitado-, esto originó una ola de protestas desde el rubro actoral y el contraataque de dirigentes oficialistas y comunicadores que no adhieren al kirchnerismo.

Mario Pergolini dijo en su habitual tono algo que no carece de lógica: "¿Está intervenido? No, no lo está", en referencia a una de las declaraciones de los artistas que participaron del famoso video en apoyo al Incaa. Es cierto: la intervención implica otras movidas por parte del Estado -representado por el gobierno- y, en los hechos, se fue un directivo y en su lugar quedó otro.

Pero no deja de ser llamativo el contexto: en la "batalla cultural" ya no tan silenciosa del actual gobierno contra las bases instauradas en el mundo de las artes por la gestión anterior, el Instituto es un bastión importante, en cuanto autárquico y generador de productos audiovisuales que, de otra forma, no verían la luz.

Pero ¿da para que Viggo Mortensen -a quien queremos, claro- salga en video a patotear al Presidente y al ministro de Cultura? Termina siendo tentador subirse al tren del tema del día, pero la estructura, historia y composición del Incaa es mucho más compleja de lo que se muestra; apenas un vuelo rasante que cada medio u opinólogo utiliza según el lado de la grieta en que se para.