NOTA DE OPINIÓN

La AFA de Chiqui Tapia transita su peor momento: el rol de los futbolistas tras el pasillo de la bronca de Estudiantes a Rosario Central

El ‘espaldazo’ de Estudiantes de La Plata al festejo del título que la AFA le regaló a Rosario Central todavía genera repercusiones. Y casi nadie habla del rol de los futbolistas en semejante acto de rebeldía, que pone de manifiesto una lucha de poder entre dos pesos pesados del fúbol argentino.  

Por Damián Basile

 

Tras la polémica por el “pasillo de la bronca”, el alerta por los clubes que decidieron despegarse del poder y la embestida del gobierno contra un financista al que vinculan a la Casa Madre, la gestión de Chiqui Tapia al frente de la AFA transita su etapa de mayor incertidumbre. Evidentemente, la polarización y el papel amenazante de Juan Sebastián Verón como referente opositor provocaron un sismo que pocos imaginaban en la calle Viamonte. El triste rol de Ángel Di María y de muchos de sus colegas, que se prestaron gratuitamente para escandalizar un fútbol argentino en el que nadie agarra la escoba para limpiar la mugre.

Caras de póker

Únicamente los jugadores están en condiciones de apretar el botón de Power. Ni dirigentes, ni empresarios ni representantes. La maquinaria del fútbol, con sus dólares frescos, sus publicidades millonarias, las botineras y los conventillos que despiertan los egos desmedidos, solamente se pone en marcha cuando el futbolista hunde sus tapones en un campo de juego. Son los actores irremplazables de este film. Los que generan. Los que movilizan. Los imprescindibles. De la suerte que corran esos treinta tipos de conforman un plantel, multiplicados por supuesto por la infinidad de equipos que participan en las ligas argentinas y el resto del mundo, dependerá la comida de cientos de familias. 

Fuentes de trabajo que se perderían si un día esos privilegiados atletas se levantan mal y dicen “hoy no salimos a la cancha”. Los archivos no mienten. Y marcan que, de hecho, eso ya ha ocurrido. Con paros que se extendieron por varios días y la amenaza, corporativizada si se quiere, de no presentarse hasta no contar con las garantías exigidas, las cuales, por lo general, fueron justificadas en incumplimientos salariales o episodios de violencia que, en la mirada de los protagonistas, ponían en riesgo su integridad. Reclamos sanos si, al finalizar la mano, la flor se muestra exclusivamente con esas cartas, pero que, como sucede con la mayoría de las cosas en la Argentina, dieron lugar a otras interpretaciones.

Sin ir más lejos, se ha llegado a deslizar en su momento que detrás de ciertas medidas de fuerza se escondía, en realidad, la intención de desestabilizar a las conducciones votadas democráticamente. “¿Quieren las llaves del gremio? Acá las tienen”. Ustedes eran jóvenes. Nacía el milenio y en la puerta de Futbolistas Argentinos Agremiados (FAA), el rumor en la interminable guardia de prensa –en la que Crónica, desde luego, estuvo presente-,  era ese. Una frase que, puertas adentro y mientras se desarrollaba una huelga histórica en el fútbol, le habría direccionado Sergio Marchi, secretario general de la organización sindical, ni más ni menos que a dos peso pesado. Uno, Marcelo Gallardo, recontra referente de River. ¿El otro? Juan Sebastián Verón. Sí, la Brujita para unos; el Inglés, para otros, pero para todos, el presidente –suspendido- de Estudiantes de La Plata.

Verón es hoy el apuntado por la cúpula de AFA como el ideólogo de uno de los escándalos deportivos más avergonzantes de los últimos años: el pasillo, de espaldas, de los futbolistas del Pincha frente a Rosario Central, reciente e insólitamente declarado campeón entre cuatro paredes

Una imagen que caminó por el planeta y que, definitivamente, terminó de subir al ring a dos que saben de escobas: la Bruja, el único dirigente que se plantó públicamente tras la condecoración al Canalla, y el Barrendero, que hasta ahora venía manteniendo a la tropa calladita y ordenada. 

Por múltiples razones, Verón y Tapia reflejan la antítesis en el más amplio significado de la palabra. Dos que, más allá de los roces que desató este último escándalo, no se parecen (ni quieren parecerse) ni en el blanco del ojo. Por eso, muchos visualizan detrás del telón, además de una contienda de poder, una batalla cultural. De larga data (desde el 38 a 38 para ser exactos), en realidad, pero que, a diferencia de tiempos recientes, por primera vez contó con la respuesta de Verón, quien, sin reaccionar, se bancó como un duque los reiterados uppercuts tuiteros de Pablo Toviggino. El “Pitbull”, sí. 

Ahora bien: al margen de las modificaciones súbitas que le otorgaron a Central el título por haber sido el equipo que más puntos sumó en el año, de que se hayan o no levantado las manos para avalarlo puertas adentro –cada vez son más los que se despegan-, cuesta entender que los jugadores, valga la redundancia, se hayan prestado a un juego tan absurdo

A Ángel Di María, campeón del mundo con la Selección Argentina, estrella reconocida mundialmente, ovacionado en el 99 por ciento de las canchas desde que regresó a la Argentina, ¿le movía la aguja salir en la foto mostrando la copa entregada entre gallos y medianoche, un trofeo reglamentariamente vacío? Y a sus pares de Estudiantes, que habrían argumentado haber sido “obligados” por la dirigencia Pincharrata a hacer el pasillo (tenemos entendido que no hay cláusula en los contratos que los exhorten a aceptar ese tipo de presiones), pero de espaldas, ¿nunca se les cruzó apelar a la solidaridad de otros planteles para no quedar tan expuestos a una maniobra política y de intereses completamente ajenos a su actividad propiamente dicha? ¿Llamar para denunciar lo que sucedía a ese mismo gremio al cual recurren, como patitos en fila, cuando la platita no aparece en tiempo y forma, tal vez? ¿O sería imposible que mañana, por ejemplo, Santiago Ascacíbar sea compañero de Fatura Broun en otro plantel? ¿Podrían compartir un mate luego de que el jugador del León deslegitimara (a nuestro juicio con total razón), poniéndose de espaldas, el título que le dieron al arquero y a los otros miembros del plantel que dirige Ariel Holan?

En mayor o menor medida, todos quedaron salpicados por el “Pasillo de la Miseria”. Por ser albañiles (ad honorem) de los arquitectos, cuando los futbolistas, tranquilamente y con todo el derecho del mundo -que tan bien ganado lo tienen- podrían autopercibirse, tranquilamente, los inversionistas de la obra. Simplemente, porque son los únicos imprescindibles y los que tienen el verdadero poder. La maquinaria depende de ellos. Que alguien se los diga. Y que no pongan caras de póker.

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