Se trata de Olli Aalto o, mejor dicho, Marja-Sisko, según el nombre que adoptó luego del tratamiento hormonal y quirúrgico al que se sometió justo después de que sus feligreses le dieran el visto bueno.
Es el nombre que su mamá pensaba ponerle cuando estaba embarazada de él, convencida de que tras tener seis varones, su hijo sería una niña.
Lo cierto es que este sacerdote, que defendió los derechos de los trans durante el tiempo que duró su tratamiento, dividió las aguas eclesiasticas de su país y abrió una polémica que ya se ramifica en el resto del mundo.
Tiene 55 años, es padre de tres niñas, se ha separado dos veces y hace un año decidió hacer pública su transexualidad. Motivos que sirvieron a sus opositores para hacer todavía más encarnada la crítica hacia su persona.
"Sentí que tenía la obligación moral de acudir a los medios para ayudar a los miles de transexuales de Finlandia", afirmó ella, ya sin sus partes masculinas, ni prejuicios, ni culpas.
Y así, con una pesada mochila de críticas a cuestas pero también con mucho amor y respeto, volvió a la parroquia a la que ha dedicado 22 años de su vida "porque echaba mucho de menos la tarea evangélica y el contacto con los feligreses".
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