
Edición impresa. Alberto Pascutti está más relajado. Como él remarcó en toda la entrevista, ahora se dedica a disfrutar de su familia mientras espera por alguna propuesta que lo seduzca, según publica Leo, el suple del ascenso del Diario Crónica.
Por Martín Dovgaluk
De hecho, ya desechó una oferta para permanecer en este escenario de tranquilidad, al menos por un breve tiempo más. Después de pasar la mañana en el gimnasio, el entrenador nos recibió en su casa.
Se recostó en uno de sus sillones y contestó cada pregunta ampliamente, mientras los cigarrillos se consumían a gran velocidad. Y a tal punto Pascutti está reflexivo que cada consulta sobre fútbol la tradujo en una contestación de la vida en general.
-¿Necesitabas este descanso? -Lo que pasa es que a nosotros nos encanta esto. Pero yo también estaba muy acelerado. Y fui a Ecuador un año afuera solo... Además de Marcelo (34) y de Pablo (31), tenemos una hija de 13 años, Sol. Y eso implica responsabilidad. En Ecuador estuve solo siete meses. La llevamos a Sol y dijimos: “Es la última vez” . Porque tiene sus compañeros de toda la vida... No es justo. Así y todo después me fui a Junín y a Rosario por un tema económico. En Tiro Federal eran 45 días y un montón de plata.
-Debés ser consciente de que ahora te van a llamar de un equipo que necesite un salvavidas... -Tuve la suerte de formar equipos que han ascendido, de rearmar equipos que ascendieron, los casos de Chicago y Almagro la segunda vez, y he ascendido con equipos que han formado otros, como Tigre, como Almagro de la “B” a la “B” Nacional y de esta a Primera. El primer ascenso de Almagro a la “B” Nacional lo armamos nosotros. Después Chicago, Los Andes... De Los Andes nos fuimos cuartos, porque era una situación muy estresante. A esta altura podés aguantarte la presión de los directivos, del periodismo, pero tener que ir a un lugar en el que vas cuarto y te están puteando... No tengo ganas. Pero dentro de todo estoy bien. No me pasa lo que me sucedía hace cinco años atrás, cuando caminaba por las paredes. Tengo alguna ocupación aparte del fútbol porque trabajé mucho en toda mi vida. Cuando jugaba trabajaba y siempre tuve alternativas. Primero una librería, reparación de radiadores, una agencia de autos... Y jugaba por vocación.
-Dicen que eras muy bueno... -Y… más o menos (risas). Empecé a jugar en el 93 y me divertía. No pensaba si iba a ser millonario. Me gustaba el juego (ya encendió su segundo cigarrillo). Eramos todos bravos. No había mediáticos. Si te querías pelear, te hablabas con ese tipo, te decía que sí y te agarrabas a piñas. Nadie se enteraba. Eso se fue modificando. Hoy le das una trompada a un tipo, te putean, te ponen un abogado, te hacen un juicio. Imaginate que tuve una probation un año cuando lo agarré a (Víctor) Figueroa (Pascutti era técnico de Quilmes y Figueroa, jugador de Chacarita). Tenía que ir todos los meses al Patronato de Liberados, donde me daban el certificado de haber hecho la tarea comunitaria.
-¿Cómo fue? -Ganábamos 2-0 y faltaba un minuto. El iba a sacar un lateral, medio me empujó y lo agarré... ¡Me hicieron una denuncia! He hecho cosas peores, como por ejemplo salir de una cancha y agarrarme a trompadas con la camiseta y los botines puestos. Hoy pareciera que el negocio le está ganando al juego. Hay mucha plata. Los entrenadores ganamos una plata que no condice con lo que vivís. Sin desmerecer, vas a la cancha y ves a 1.500 personas. ¿Qué es lo que hace que uno que usa una pelota pueda ganar más que un científico? Siempre les digo a los jugadores que la gente los hacen sentir unos genios cuando ganan y una porquería cuando pierden. Y les recuerdo: “Muchachos, ¿vieron el circo? Es lo mismo que hacemos nosotros: estamos para entretener a la gente”. El genio es el que inventa una vacuna y salva vidas, y degenerados son los que te ponen un revólver en la cabeza y te matan para sacarte diez pesos. Ahora estuvieron como una semana porque lo escupieron a Riquelme en la cancha de Olimpo.
-Las veces que te habrá pasado algo así… -Una vez en Tucumán me di vuelta y le dije a un tipo: “Vos te tenés que anotar en el Libro Guinness de puntería de escupir”. Las diez veces me las pegó en la cabeza. ¡Cómo puede tener tanta puntería! Pero ya estamos acostumbrados. Y ni hablar cuando me tiraron un vaso lleno de orina. Me entró en la boca y empecé a vomitar.
-¿Cómo hacés para motivar a los jugadores? -Para motivar a alguien primero tenés que motivarte a vos mismo. A mí lo único que me moviliza es mi familia. Antes de entrar a la cancha pensás en la familia, en el hijo, la mujer. Yo sé lo que ellos sufren. Ese aparato tiene como veinte años (señala un equipo de audio que está en el living), ese de ahí abajo. ¿Sabés qué hacía mi señora cuando yo iba a patear un penal? Lo bajaba y no escuchaba, y después lo iba subiendo despacito a ver si hacía el gol o lo erraba. Es un sufrimiento para ellos. Alguna vez mi hijo me dijo: “El fin de semana nuestro dependía de la sensibilidad que tuviera el 9 en el pie a la hora de patear el penal”. Si metía el gol y ganaba, llegaba a casa y les prestaba el auto y les daba plata para ir a bailar. Y si no, me iba a dormir sin comer. Hasta hace unos años todavía lo hacía, ahora creo que lo estoy bajando más. Era hora, porque tengo 53 años. Después de los 50 empezás a madurar, a darte cuenta de que hay cosas muy importantes que dejamos pasar. Que no se trata solo de ganar o de perder. Ahora lo puedo disfrutar, antes no. Era todo ganar o perder, ganar o perder, y a eso sumale que yo terminaba de entrenarme y trabajaba. Cuando me compró Quilmes recibí un dinero y me compré un negocio extraordinario en la época en la que los negocios daban plata. Y yo entrenaba y cuando volvía me iba al negocio hasta las doce de la noche. Casi no vi crecer a mis hijos. Decí que tengo la mejor mujer del mundo.
-¿Te arrepentís? -No me puedo arrepentir porque en ese momento yo tenía que traer la guita a mi casa para morfar y para crear un futuro en el que mi mujer pudiera estar tranquila y mis hijos pudiesen estudiar. Después, todo el resto es de ella (por su mujer), que se levantaba a la mañana para atenderlos. Uno se siente feliz y agradecido a Dios de que nos haya dado tanto. A veces voy a la cancha y te gritan “fracasado” y esto y lo otro... Alguna vez te vas al descenso, otra salís campeón… Pero yo hice lo que soñaba. En la cancha de Ferro, jugando para All Boys, veinte mil personas cantaron mi nombre. Me pagaban para ir a la televisión a opinar. Mi sueño siempre había sido dirigir en Quilmes, que estaba en una situación terrible. Llegó la primera práctica de fútbol. Y era un desastre. Encima habían perdido con Defensa. Llegué a mi casa y me puse a llorar. Entonces mi mujer me invitó a comer y me preguntó: “¿Qué te pasa?”. Le contesté que había esperado tanto tiempo… y capaz nos íbamos al descenso con el equipo que quería dirigir. Entonces me respondió: “Cuando me casé con vos, a los 18 años, estaba enamorada, pero me preguntaba adónde iría a parar con este negrito. Había veces que tenía miedo, otra que no teníamos ni para morfar. Pero un día fui a una cancha, estaba llena y todos te cantaban. Un día saliste en la televisión. Quisiste jugar al fútbol, jugaste; querías salir campeón, saliste campeón; querías estar en televisión, estuviste ahí. ¿Querías disfrutar Quilmes? Entonces hacelo”. Seguí adelante. Porque cuando aparece la pelota, desaparezco yo. Mi hija me llama cuatro veces y yo estoy pensando en los jugadores. Es mi pasión, lo que me gusta hacer. Y si mañana, con 70 años, me llaman para ir a Lamadrid, equipo del cual soy hincha, me voy a Lamadrid. Por eso a veces me da bronca el negocio del juego. Porque yo vivo del juego: si gano todos los partidos, y no me pagan, estoy contento. Y si me pagan cada diez minutos y pierdo, estoy mal. Es así.Todas las realidades para mí fueron ilusiones en un principio. Todo lo que conseguí en mi vida, poco o mucho, primero lo soñé y después me rompí el alma para tenerlo. Nada me fue fácil en la vida
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