Un universo de sueños compartidos
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 Los murales de la calle

28.11.2011   

Un universo de sueños compartidos

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Este es uno de los murales que decoran la ciudad de Buenos Aires.
Este es uno de los murales que decoran la ciudad de Buenos Aires.

Suplemento Crónica Libre. Para algunos es solo un mito que trasciende a través de las rarezas de las figuras y el fulgurante impacto de sus colores, pero lo cierto es que se trata de un movimiento que va más allá de lo estético ya que cada grabado transmite una historia, un porqué y un modo de sentir.

Con colores vivos y matices tan variados como atractivos, los dibujos se destacan en las paredes. Nadie puede evitar mirarlos al pasar por allí. Los grafitos se roban la atención de los transeúntes, aquellos que los consideran un arte y los contemplan admirados, pero también de los que menosprecian el decorado. El grafiti es un movimiento artístico nacido en las profundidades de la calle que florece día a día en la Argentina como modo de expresión, sobre todo, de los más jóvenes, que encontraron así un método eficaz para comunicarse con la sociedad. Su principal herramienta es el aerosol y su superficie es, por excelencia, la pared.

El mundo del grafiti es particular: tiene sus propias y exclusivas características. No se trata de un simple dibujo en una pared, sino que es un movimiento mucho más vasto, imposible de entenderse por fuera de la cultura hip hop, un mundo que para muchos tal vez sea desconocido. El hip hop es una corriente artística y cultural surgida a finales de la década de 1960 como símbolo de protesta de las comunidades afroamericanas de diferentes barrios pobres de la lujosa ciudad de Nueva York. Sus manifestaciones características combinan música (rap), baile (break dance) y pintura, en especial las realizadas con aerosoles. Poco tiempo transcurrió hasta que el grafiti se extendió hacia Europa y América Latina, territorio donde hoy parece estar en pleno auge y disfrutando de una nueva generación de jóvenes y talentosos artistas.

Los expertos, como Marino Santa María, ex rector de la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, coinciden en destacar que la práctica del grafiti nació espontáneamente como un arte de la calle, sin más pretensiones que la de inmortalizar un nombre, una firma o un dibujo sencillo sobre paredes o edificios abandonados. Sin embargo, esa intención inicial de traspasar las barreras de la memoria dejando una marca sobre un muro con el tiempo fue cediendo hasta florecer en otros ámbitos. “Ya no le pertenece a la calle sino que le pertenece a sí mismo”, asegura Juan Abba, un reconocido grafitero autor de un sinfín de obras en Capital Federal, el conurbano bonaerense y diferentes ciudades latinoamericanas. Para él lo más importante en el grafiti son las letras, pero aclara: “Si no tenés los colores adecuados para rellenar el contenido, tu trabajo no sirve de nada”.

El factor estético es tan importante como el pictórico. La construcción de letras y figuras se entremezcla y relaciona con los colores apropiados para así poder transmitir sensaciones. La clave está en lograr un contacto profundo con las personas, presupuesto básico de la disciplina artística.

El grafiti en Argentina comenzó a expandirse entre fines de los 90 y principios del año 2000, mientras el país experimentaba una crisis social, política y económica sin precedentes en su historia. Algunos consideran que el contexto nacional fue el caldo de cultivo ideal para su desarrollo. Lo cierto es que una de las principales causas de su expansión fue el impulso y la necesidad de grupos de adolescentes por plasmar su arte en distintos espacios: plazas, muros, paredes de vecinos y paredones deslucidos.

A través de murales y de la formación cada vez más frecuente de crews (dentro de la cultura hip pop significa pequeños conjuntos de personas con un interés común en una actividad determinada), el grafiti fue progresando en cantidad de autores y en la calidad de sus obras. Estos artistas comenzaron progresivamente a reunirse para pintar e intercambiar experiencias. Centrando el énfasis en el trabajo grupal como herramienta para el cambio mental se produjo el gran salto. La energía y la amistad fueron los motores de una práctica que ganaba adeptos y se profesionalizaba a pasos agigantados. Cada vez más, los chicos se dedicaron a hacer grafitos y organizar muestras de arte. De a poco empezaron a celebrase las famosas reuniones catalogadas como jams, encuentros artísticos de intercambio.

En la actualidad, la disciplina parece estar mucho más consolidada, al punto de que se realizan festivales organizados y solventados económicamente por grandes marcas deportivas y por gobiernos municipales. Muchos jóvenes encontraron en el arte del grafiti su verdadera vocación y profesión.



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