Mi cuarto es pequeño pero confortable. Las paredes son macizas y me permiten ensayar con toda potencia; la trompeta es mi salvoconducto, mi cable a tierra, más allá de mi principal subsistencia económica. Me permite comer y transportarme a mundos imaginarios...
La primera impresión de aquella mansión había causado, de movida, sensaciones especiales. Imponente, seria decir poco, de aquella construcción. Ubicada en la calle Vera, a escasas dos cuadras de Juan B. Justo, Villa Crespo, esa casa había ejercido para José María una atracción, deliciosamente subyugante.
Doña Amelia vive en la calle Entre Ríos, a metros de Hipólito Yrigoyen, pleno barrio de Congreso. Su departamento es sencillo, coqueto y sumamente ordenado.
La zona de la Recoleta ofrece un encanto especial que se dibuja en cada rincón y en todos los personajes que la habitan. Miradas y deseos furtivos, con un gran componente de búsqueda van delineando caminos entre la soledad y el ocio.
Tiene 21 años, es misionera y desde hace algunos meses trabaja como cajera en un supermercado que tiene varias bocas de expendio. Vive en una pensión para mujeres solas, ubicada en Lavalle al 1900.
Un viaje hacia la profundidad de la noche. Personas que, como cualquier hijo de vecino, han tenido sus expectativas, sus ilusiones, sus sueños. Los cartoneros forman parte de los grandes sectores excluidos de los tiempos de la globalización, no tienen nacionalidad, no tienen edad.
"Me llamo Silvia y me encuentro en la necesidad de salir a trabajar en la calle. Tengo tres hijos y soy el único sostén de mi familia. Le ofrezco, señora, señor, estos sahumerios y el precio lo pone usted, de acuerdo a sus posibilidades. Mi agradecimiento es infinito".
La tipología del noctámbulo de nuestra ciudad ha variado de acuerdo a las circunstancias propias y a los cambios inevitables de los diferentes contextos históricos.
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