El soplido del lobo y el miedo de los chanchitos

Opinión por Gabriel Calisto. 

Javier Iguacel y un ejemplo poco feliz.

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gcalisto@cronica.com.ar 
@gcalisto 

El 9 de noviembre de 2016, el millonario estadounidense Donald Trump se convertía en el presidente electo de ese país. Durante su campaña, adelantó que aumentaría la tasa de la Reserva Federal (FED), lo que complicaría el panorama financiero del resto del mundo, especialmente los emergentes.

Lo hizo en marzo de este año. El gobierno argentino, que cuenta con embajadores en aquel destino -y representantes de EE.UU en nuestro país-, cancilleres, ministros y especialistas a los que consultar, no estaba preparado. El único que tomó recaudos fue el por entonces ministro de Finanzas, Luis Caputo, que tomó deuda fuertemente en enero previendo que luego sería más difícil hacerlo.

Se construyó su refugio, pero no avisó al resto. Los demás siguieron jugando en el bosque, desprevenidos del lobo que ya acechaba. Con el primer soplido de la crisis, sus casas se desvanecieron. Este chanchito perdió 11.000 millones de dólares en una semana. Este otro devaluó el peso argentino un 50% en apenas seis meses, mientras se pedía confianza a los argentinos y los inversores extranjeros.

El soplido se llevó también las previsiones de crecimiento para 2018, la pauta inflacionaria del 15% (corregida a principios de años) y los acuerdos paritarios que ya se habían cerrado. Desde su refugio, el previsor Caputo dejaba atrás el escándalo por sus cuentas offshore para saltar a un lugar de mayor relevancia: la presidencia del Banco Central.

Cambiemos suele hablar de la solidez de su programa económico. Lo hizo el propio ministro de Energía -que llegó al cargo cuando el soplido del lobo se llevó a Juan José Aranguren-, Javier Iguacel, quien apeló al cuento de los tres chanchitos para justificar el ajuste acordado con el FMI. Pero al primer soplido, su casita se cayó.

Quizás en su miedo ante la crisis, el gobierno haya abierto la puerta de su único refugio, en el que estamos todos los argentinos, al lobo feroz.

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