OPINIÓN

La columna de la tercera edad: "No los dejen ir a dormir con la panza vacía"

Por Jorge Dimuro y Cintia S. Botto, especialista en adultos mayores. 

El 8 de marzo se celebró en todo el mundo el Día Internacional de la Mujer, pero todos los restantes días del año también son para ellas.

Ellas nos traen a la vida, son nuestra compañía y apoyo en los momentos difíciles. También son nuestra ilusión y forman parte de nuestros sueños. Tienen la sensibilidad de la que carecemos muchos hombres y, por eso, al texto a continuación lo escribió una mujer que tiene una vocación de servicios enorme para con los adultos mayores.

MÍRATE VIEJO 

Me siento a escribir esta columna en el Día de la Mujer, y pienso en aquellas que forjaron con sus manos, la casa que nos cobijó. Que tejieron los abrigos para que no nos corte el viento y la piel y la sangre no se nos enfríe. Esas manos, que, si había poco de comer, nunca nos dimos cuenta, pues ella siempre nos decía que comería más tarde. Aquella mujer que no pudo cumplir con sus sueños o tal vez sí, porque fue madre y ese era su honor y su orgullo. Como también lo era poner el guardapolvo al sol para que su niño vaya impecable. Ni hablar del almidón, tablas perfectas que mostraban el amor de ella

 

Pues acá nos surgen algunas preguntas, ¿qué hemos hecho? ¿cómo dejamos que estén presas de un cuidado extremo, bajo la circunstancia de pandemia, donde parece que la única solución de salvación es el aislamiento? ¿cómo es posible que veamos esos cabellos blancos, esas arrugas en la cara, que delatan haber vivido y la actitud sea mirar hacia otro lado, sin hacer nada como sociedad? Solo nos ofusca si nos afecta directamente a quienes llamamos población activa, ahí suenan las trompetas de la bronca, pero jamás la sonarán para esos oídos sordos que la vejez ha robado junto al paso del tiempo. 

 

Hemos estado ausentes, presos de nuestros deseos de crecer, de adquirir fortuna y bienestar, apurados a contra reloj mientras para ellos, nuestros ancianos, tienen detenidas las agujas del abrazo esperado, del almuerzo de los domingos, tienen en la garganta las historias atoradas que ya han dejado de contar, mientras estamos creídos que hemos dado todo nuestro amor dejándolos a resguardo en una residencia de larga estadía. 

 

Ahí, entre pasillos y guardapolvos, comienzan a escribir una nueva historia de su libro llamado vida, la que va llegando al final. Hemos utilizado la pandemia como una excusa para un falso cuidado que justifica al Estado, a la sociedad, no son nuestros mayores los ausentes, somos nosotros los que hemos muerto borrando a conveniencia esas páginas amarillas de nuestra historia, nuestros antepasados, nuestros ancestros, sin darnos cuenta que en la marca de las arrugas y el cabello blanco, aún en nuestras faltas, ellos siguen escribiendo la historia mostrándonos que para poder seguir, a veces hay que empezar de nuevo, mostrándonos el error de creer que la vejez está ausente, muda, aunque no lo sepamos ya hemos comprado el pasaporte a ella, cuándo?

¡Muy simple, cuando te miras al espejo y aparece la primera cana, cuando nos dormimos en las fiestas, cuando muchas veces preferimos estar en casa, ahí entonces corre! abraza a tu viejo, camina despacio, escúchalos, deja que sus brazos sean el saco imaginario que te abrigaba, no los dejes ir a dormir con la panza vacía, grita junto con ellos por sus derechos que van a ser los tuyos, la vejez no se detiene, te acompaña, no te deja solo, sigue contigo hasta el final. 

Cuando la muerte te lleve a su umbral, cuando des una última mirada hacia atrás, saldrá de tu rostro la sonrisa de haber luchado en un cuerpo viejo, pero cargado de lucha, por haber sido el joven que te llevó hasta ahí viviendo

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