Una emoci贸n nada virtual
Opini贸n por Jorge Cicuttin.聽
@jorgecicu聽
En 2015 mi hija Julia se recibi贸 de psic贸loga. En la puerta de la Facultad de la UBA, en la avenida Independencia, esperamos su salida tras dar la 煤ltima materia. Cruz贸 la puerta con una gran sonrisa y los brazos en alto, sus amigos y compa帽eros la ba帽aron con pintura, harina y huevos. Y la fiesta -despu茅s de un ba帽o- sigui贸 en casa con m谩s amigos, m煤sica, bebidas, empanadas y torta.
Hace dos semanas, mi hijo menor, Guido, se recibi贸 de bi贸logo. Lo que tendr铆a que haber ocurrido a principios de abril se posterg贸 por arte de la pandemia hasta agosto. Y tuvo que defender su tesis v铆a Zoom. Fue extra帽o. 脡l en su pieza, frente a la computadora exponiendo su tesis frente a profesores que tambi茅n estaban en su casa.
A pocos metros, en nuestro escritorio, est谩bamos con mi esposa viendo en otra computadora unas caras -las del jurado- y la de mi hijo hablando e intercambiando conceptos sobre "el receptor 5-HT2a en Corteza PreFrontal" (de eso se trataba su tesis), por casi dos horas. Hubo un espacio en negro. Unos quince minutos en los cuales el jurado deliber贸 y nosotros, los padres, dando vueltas ansiosos. De pronto aparecieron los tres rostros en la pantalla y dieron su veredicto: Felicitaciones, un 10 y la licenciatura.
Todo virtual hasta ese momento, menos la emoci贸n. Se abri贸 la puerta de su habitaci贸n y se acab贸 la virtualidad. Un abrazo largo y algunas l谩grimas. Pero no hubo ni huevos ni pintura. Amigos, compa帽eros y familia lo felicitaron tambi茅n virtualmente. Explotaban los celulares. Mensajeros trajeron tortas y obsequios durante todo el d铆a.
Dos hijos recibidos en la UBA de maneras muy diferentes. Pero lo que qued贸 al final de cada jornada fue lo mismo, una emoci贸n irrefrenable, la sensaci贸n de deber -al menos una parte- cumplido como padres y una alegr铆a que la pandemia no pudo modificar. El orgullo no tuvo nada de virtual.