POR ALICIA BARRIOS

Dios hizo muy bien en llevarte

¡Qué rápido pasa todo! Se nos fue el tiempo juntos en un respiro. Un año de duelo es la primera vez de días distintos. El celular deja de sonar, tu voz no se oye más. La Semana Santa no te tiene de consuelo. En las navidades estás ausente. Nuestras risas desfachatadas vaya a saber adónde fueron a parar.

Dios hizo muy bien en llevarte. Esa vida, con los achaques del cuerpo, no era para vos. Acepto la realidad, pero el dolor me atraviesa. También Dios, sólo él, sabe por qué nos acercó de una vez y para siempre. Estoy agradecida así a memoria alzada, te llevo grabado en mi corazón.

Esos inolvidables gestos de santidad, caminar al lado de un santo es una experiencia del testimonio que se puede dejar. Milagroso. Verte bendecir con esa fuerza de pastor que cumplía deseos. La cantidad de chicos que trajiste al mundo. A los maridos les decías una y otra vez: "Ojo, porque Bergoglio las deja embarazadas a todas".

Rezar juntos en Santa Marta con esa seguridad de que Dios nos escuchaba. Eso es la fe, creer en el otro. Sin complicaciones. Un amigo de ley. Incondicional. Cariñoso.

Caminar de la mano con esa tibieza enérgica que irradiabas. Ese calor aún lo tengo atrapado. Los abrazos tan necesarios, sinceros, interminables. Las alegrías del encuentro. Nuestros hombro a hombro en las procesiones. El compromiso con los pobres. Haberles devuelto la dignidad.

Las cárceles, los presos y decirme bajito: "Por qué no estoy yo ahí". "Te pregunto, ¿qué hago acá?".

El pacto: a pocos días de conocernos, fuimos a hablar en secreto a un lugar de la curia que estaba lejos de micrófonos y oídos indiscretos. Y le comenté: "Me pidieron que no te cuente algo que pasó". Se lo conté. Él sabía que lo estaban escuchando. "A partir de hoy -sentenció- nosotros dos no nos vamos a ocultar nada". Extendió la mano y cerramos un trato.

A los dos días aparecí con dos radios a transistores enormes. Una la ubicó detrás de él con música clásica, la otra la llevó a otro escritorio con tangos. En esa época, cuando los drones no existían, de este modo costaba interferir conversaciones.

Siempre me daba las homilías el día anterior a los Tedeum. Un presidente de cuyo nombre no quiero acordarme me acosaba por medio de sus colaboradores para que se la diera. Tenía terror de lo que iba a decir el cardenal. No sólo eso, en la puerta de mi casa había un móvil de la SIDE (Secretaría de Inteligencia del Estado) montando guardia, esperando que yo saliera a llevársela. No me moví de mi casa. Así estuvieron hasta la madrugada.

Bergoglio sufrió muchísimo. Soy testigo. Tenía enemigos poderosos. Era jesuita. No les iba a ser fácil con él. Fue muy duro cuando cumplió 75 años y presentó su renuncia al papa Ratzinger. Este hombre de Dios hizo caso omiso. Los que estaban desesperados eran algunos obispos que ya se estaban probando el solideo de cardenal para ocupar su lugar.

No faltó la traición de quienes eran de confianza de Bergoglio. Doloroso. Mi sufrimiento era silencioso, pero el compromiso una bandera.

A partir de la renuncia de Benedicto, tuve la intuición de que iba a ser Papa. Así llegamos a Roma al cónclave. Y fue elegido como el vicario de Cristo. Seguimos caminando juntos. Cubriendo todo su papado hasta la muerte.

Esa misma madrugada del 21 de abril, cuando trascendió la noticia, empecé a escribir una poesía que era nuestro modo de comunicarnos tantas veces. Me pedía que le copleara y le daba todos los gustos. Comparamos poemas. Recitábamos el Martín Fierro. En eso andábamos siempre.

Había una esquina por la cual nunca más pude pasar desde que se fue de Buenos Aires, que era la de la de Luis Sáenz Peña y Avenida de Mayo, adonde lo esperaba en la boca del metro para ir peregrinando hasta la catedral los Viernes Santos.

Saqué fuerzas de donde no tenía, pude volver y le hice la poesía como a él le gustaba.

"Esquina de Bergoglio y Luis Sáenz Peña. La procesión, la noche y las palmeras. Los faroles del tango alumbran la oración. La custodia de plátanos acompañan el compás de los pasos del jesuita, con las suelas gastadas. De tanto ir y venir, junto a las almas que a tu lado se liberan de penas, esperando el milagro.

Las chispas de la estatua de Moreno iluminan las miradas asombradas de verte tan así, cercano, santo, pícaro y sencillo. Las voces elevan la plegaria hasta llegar a Dios. Bienvenido el recuerdo que se acuna en las cúpulas de esas madres del cielo. La piedad popular, las velas encendidas, tus manos bendiciendo las frentes que piden sanación.

Las cuentas del rosario, calmando la agonía, tristezas que solo la fe convierte en alegría. La Catedral te espera, abierta a la epopeya de este pueblo de Dios, que llora y espera la resurrección".

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