Menores, delito y abandono: las causas que nadie quiere mirar

La discusi贸n acerca de la baja de imputabilidad penal es relevante, pero no es la soluci贸n. Los otros factores que deben debatirse.

Cada d铆a, sin excepci贸n, las noticias dan cuenta de delitos cometidos por menores. Hurtos, robos y hasta homicidios se repiten con alarmante frecuencia, mientras una sociedad at贸nita observa -o padece- estos hechos con una mezcla de miedo, resignaci贸n e impotencia. Se sabe, de antemano, que el Estado no puede, no quiere o no sabe c贸mo enfrentar esta problem谩tica estructural que se agrava con el paso del tiempo.

El consumo de drogas entre los llamados "chicos de la calle" -o, m谩s precisamente, chicos en situaci贸n de calle- crece de manera sostenida y sin control. Sin la presencia de sus padres biol贸gicos y con un Estado ausente, estos menores ingresan con facilidad al mundo del delito, impulsados por la necesidad de obtener dinero para acceder a sustancias que les permitan escapar, aunque sea por un rato, de una realidad dura, injusta y cruel. Son ni帽os y adolescentes abandonados, desatendidos y sin horizonte.

Frente a este escenario, no faltan quienes proponen como soluci贸n la reducci贸n de la edad de imputabilidad penal. Se trata, sin embargo, de un enfoque equivocado que apunta a combatir los efectos y no las causas del problema. Legislar en ese sentido es hacerlo "al vac铆o", con la falsa expectativa de que una reforma penal, por s铆 sola, reducir谩 el delito. Quienes sostienen esta postura -legisladores, jueces o funcionarios del m谩s alto nivel- optan por respuestas simplistas y evitan asumir que la realidad que nos golpea exige pol铆ticas profundas y sostenidas. Hoy la imputabilidad comienza a los 16 a帽os; algunos plantean bajarla a 12. Pero existen chicos de menos edad que ya delinquen. 驴Se pretende modificar la ley cada vez que la realidad la desborde? Ese razonamiento no solo es absurdo, sino que resulta in煤til para resolver el problema de fondo.

En otros pa铆ses, como Espa帽a, y en comunidades aut贸nomas como Andaluc铆a, el Estado interviene cuando un ni帽o se encuentra en situaci贸n de desamparo. En esos casos, se suspende la patria potestad o la tutela de los padres y se protege al menor a trav茅s de instituciones especializadas que lo retiran de la calle y le brindan contenci贸n, educaci贸n, alimentaci贸n y atenci贸n sanitaria. A primera vista, puede parecer una medida extrema quitar un hijo a sus padres, pero la verdadera crueldad reside en permitir que un ni帽o abandonado quede librado a su suerte, sin herramientas, sin protecci贸n y sin futuro.

En muchos casos, adem谩s, estos menores son utilizados por adultos -e incluso por sus propios padres- para cometer delitos, aprovech谩ndose de su inimputabilidad. La responsabilidad de quienes traen hijos al mundo es indelegable: deben ejercer plenamente la patria potestad que la ley les confiere. Cuando esto no ocurre, es el Estado quien tiene la obligaci贸n de asumir ese rol. El ordenamiento jur铆dico argentino ya prev茅 estas situaciones: el art铆culo 307 del C贸digo Civil faculta a los jueces a suspender o quitar la patria potestad cuando los padres abandonan a sus hijos o los inducen a delinquir. Esta s铆 es una medida orientada a proteger al menor y a prevenir su ingreso definitivo al circuito del delito.

Para la sociedad, estos chicos son, en gran medida, invisibles. Ver a un menor pedir una moneda genera incomodidad, culpa o rechazo; muchas veces ni siquiera se lo mira. Pero 驴c贸mo se siente un ni帽o en esas condiciones? Sin presente ni futuro, abandonado por su familia y rechazado por una sociedad que elige ignorarlo. El resentimiento crece, y como explican los psic贸logos sociales, el 煤nico momento en que estos chicos se sienten visibles y poderosos es cuando cometen un delito. En ese instante, aunque sea de la peor manera, existen: son vistos, temidos, reconocidos.

Lo que muchos no quieren admitir es que, detr谩s de cada uno de esos actos, hay un pedido de auxilio desesperado. Sin embargo, la respuesta social suele ser el deseo de que "desaparezcan": que los encierren o que los maten, para no tener que verlos y as铆 aliviar la culpa colectiva. Esta es la realidad que debemos enfrentar con coraje si aspiramos a atacar las causas -y no solo los efectos- de la inseguridad vinculada a menores en situaci贸n de abandono.

Por todo ello, es el Estado el 煤nico actor en condiciones -y con el deber indeclinable- de intervenir de manera efectiva. El Gobierno cuenta con las herramientas legales y los recursos necesarios para hacerlo. Resulta inadmisible que se despilfarren fondos p煤blicos en gastos superfluos mientras se desatiende una cuesti贸n prioritaria que compromete los derechos humanos del ni帽o, consagrados por la ONU, y la seguridad de todos los habitantes de la Naci贸n.

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