DÃa de Muertos: cuando morir no se toma como un drama
Se trata de una celebración mexicana de origen prehispánico que honra a los difuntos el 2 de noviembre, aunque la festividad se inicia un dÃa antes, por lo que coincide con las liturgias católicas de DÃa de los Fieles Difuntos y de Todos los Santos.
Por Daniel Beylis paranormales@cronica.com.ar
El DÃa de Muertos es una celebración mexicana de origen prehispánico que honra a los difuntos el 2 de noviembre, aunque la festividad se inicia un dÃa antes, por lo que coincide con las liturgias católicas de DÃa de los Fieles Difuntos y de Todos los Santos. Es verdad que esa particular visión del pueblo mexicano (y de varios otros centroamericanos) es hoy una combinación poco ortodoxa de ambos cultos, pero también es real que en casi todo América, a excepción de Brasil, ha tomado gran preponderancia. Y lo más importante es que le quita dolor y drama a la muerte, porque la toma como un paso siguiente hacia un probable estadio superior, en la escala de valores de lo que es la vida después de la vida.
Los orÃgenes de esta festividad en México son anteriores a la llegada de los españoles. Hay registros en las etnias mexica, maya, purépecha, y totonaca, y más acá la teotihuacana, y los rituales que celebran la vida de los ancestros se remontan a unos 3.000 años. En la era prehispánica era común conservar cráneos como trofeos y mostrarlos en los rituales que simbolizaban la muerte y el renacimiento. El festival que se convirtió en el DÃa de Muertos se conmemoraba el noveno mes del calendario solar mexicano, cerca del inicio de agosto, y duraba un mes. Eran presididas por la diosa MictecacÃhuatl, la "Dama de la Muerte" (actualmente relacionada con la "Catrina", personaje de José Guadalupe Posada) y esposa de Mictlantecuhtli, Señor de la Tierra de los Muertos. Se dedicaban a la celebración de los niños y las vidas de parientes fallecidos.
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En el mundo prehispánico, para los antiguos mesoamericanos la muerte no tenÃa las connotaciones morales del catolicismo, en el que las ideas de infierno y paraÃso sirven para castigar o premiar actos en vida. Aquellos creÃan que los rumbos destinados a las almas de los fallecidos se decidÃan por el tipo de muerte que habÃan tenido, por lo que tendrÃan diferente final.
El Tlalocan, paraÃso de Tláloc, dios de la lluvia, era a donde iban quienes morÃan por hechos relacionados conel agua: ahogados, fulminados por rayos, males como gota, hidropesÃa o sarna y también niños sacrificados al dios. El Tlalocan ofrecÃa reposo y abundancia. Aunque los muertos generalmente se incineraban, los predestinados a Tláloc se enterraban, como las semillas, para germinar.
El Omeyocan, paraÃso del sol, que presidÃa Huitzilopochtli, dios de la guerra, era a donde iban los muertos en combate, los cautivos sacrificados y las mujeres que morÃan en el parto. A estas se las comparaba a los guerreros, al librar una gran batalla (parir), y se les enterraba en el patio del palacio, para que acompañaran al sol desde el cenit hasta su ocultamiento por el poniente. Su muerte generaba tristeza y a la vez alegrÃa, porque, por su valentÃa, el sol las llevaba como compañeras. Ir al Omeyocan era un privilegio, donde se festejaba al sol y se le acompañaba con música, cantos y bailes. Los muertos, tras cuatro años, volvÃan al mundo convertidos en bellas aves de plumas multicolores. Perecer en la guerra era la mejor de las muertes para los mexicas, ya que, a diferencia de otras culturas, habÃa un sentimiento de esperanza, porque ofrecÃa la chance de acompañar al sol en su diario nacimiento y trascender convertido en pájaro.
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El Mictlán era el destino de quienes morÃan de muerte natural. Ese lugar era habitado por Mictlantecuhtli y MictecacÃhuatl, señor y señora de la muerte, y era muy oscuro, sin ventanas, del que ya no era posible salir. El camino era tortuoso y difÃcil, pues para arribar las almas debÃan transitar por distintos sitios durante cuatro años. Tras este tiempo, las almas llegaban al Chicunamictlán, donde descansaban o desaparecÃan las almas. Para recorrer este camino, el difunto era enterrado con un perro, el cual le ayudarÃa a cruzar un rÃo y llegar ante Mictlantecuhtli, a quien debÃa entregar como ofrenda atados de teas y cañas de perfume, algodón (ixcátl), hilos colorados y mantas. Quienes iban al Mictlán recibÃan, por ofrenda, cuatro flechas y cuatro teas atadas con hilo de algodón.
Chichihuacuauhco era un destino exclusivo para niños muertos. Allà habÃa un árbol de cuyas ramas goteaba leche, para que se alimentaran. Los pequeños regresarÃan a la tierra cuando se destruyese la raza que la habitaba; asÃ, de la muerte renacerÃa la vida.
Entierros prehispánicosSe acompañaban de ofrendas con dos tipos de objetos: los que, en vida, habÃan sido utilizados por el muerto, y los que podrÃa necesitar en su tránsito al inframundo. Por ello era muy variada la elaboración de objetos funerarios: instrumentos musicales de barro; esculturas sobre dioses mortuorios, cráneos de diversos materiales, braseros, incensarios y urnas. Las fechas en honor de los muertos son y eran tan importantes que les dedicaban dos meses. Durante el Tlaxochimaco se efectuaba la celebración llamada Miccailhuitontli o fiesta de los muertitos, alrededor del 16 de julio. Se iniciaba cuando se cortaba en el bosque el árbol llamado xócotl, al que le quitaban la corteza y le ponÃan flores para adornarlo. De la celebración participaban todos, y se le hacÃan ofrendas por veinte dÃas.
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En el décimo mes del calendario se celebraba la Ueymicailhuitl (fiesta de los muertos grandes). Era cerca del 5 de agosto, cuando decÃan que caÃa el xócotl. Efectuaban procesiones que concluÃan con rondas en torno al árbol, y se hacÃan sacrificios humanos acompañados de grandes comidas. Después, ponÃan una figura de bledo en la punta del árbol y danzaban, vestidos con plumas preciosas y cascabeles. Al concluir la fiesta, los jóvenes subÃan al árbol para quitar la figura y se derribaba el xócotl .
En esta festividad la gente solÃa colocar altares con ofrendas para recordar a los difuntos, un antecedente del actual altar de muertos. Muchas culturas prehispánicas creÃan en una vida después de la muerte. En la cultura maya, cuando alguien morÃa, su alma iba al "inframundo" o Xibalbá. Para llegar, las almas debÃan de cruzar un rÃo con la ayuda de un xoloitzcuintle (una raza de perro), que dentro de los ritos funerarios incluÃa enterrar a ese can junto al fallecido podrÃa quedarse en el camino al inframundo. Al llegar los españoles a América trajeron sus propias celebraciones cristianas y al dominar y convertir a los nativos se produjo un sincretismo que mezcló ambas tradiciones, al hacer coincidir las festividades católicas del DÃa de todos los Santos y Todas las Almas con el festival similar mesoamericano, lo que le dio forma al actual DÃa de Muertos. Esto se reafirma con la cultura católica, religión predominante en el México actual, donde existe la idea de un cielo y un infierno hacia donde irán las almas cuando mueran, según su comportamiento en vida. Se ratifica asà la creencia de otra vida después de morir.