Las últimas 24 horas con vida de la doctora Giubileo
Investigación Crónica Segunda parte del extraño caso que tuvo las miradas puestas en la Colonia Montes de Oca, un psiquiátrico ubicado en la localidad bonaerense de Luján, en 1985.
Por Ricardo Filighera
@Rfilighera
Aquella noche del 16 de junio de 1985 se presentaba frÃa y un manto oscuro, sin estrellas, de impresionante magnitud, cubrÃa toda la inmensidad de la Colonia Montes de Oca, localidad de Torres, partido de Luján. No eran tiempos de tranquilidad para la doctora Cecilia Enriqueta Giubileo. Manifestaba inquietud y ciertos temores que iban, según sus allegados más Ãntimos, más allá de la cuestión profesional.
A bordo de su Renault 6 verde claro, ingresó en el imponente predio ubicado en la localidad de Torres, muy cercana a Luján, y se dirigió al edificio de la Dirección y Administración, donde estampó su firma para dejar asà acreditado el horario de su llegada. Eran las 21.15 de un domingo marcado por los presagios nada venturosos que rondaban la cabeza de la médica cirujana. Presagios que, en definitiva, tenÃan que ver con serias advertencias hacia su persona.
Las primeras gotas de lluvia empezaban a generar una postal misteriosa y macabra de aquel lugar en el que imperaba la oscuridad, apenas interrumpida por algunas luces titilantes. Los gritos sofocados de varias almas en pena en la inmensidad del silencio ponÃan el marco justo para una verdadera noche de terror.
Los médicos de la guardia permanecÃan generalmente en la denominada Casa Médica hasta que se solicitaba su presencia en alguno de los pabellones en donde la condición humana, seguramente, se encontraba en jaque de manera permanente. Aquella noche, salvo la doctora Giubileo, no habÃa otro profesional de guardia, detalle misterioso y paradójico de aquel entonces que despierta suspicacias.
¿Existió un pacto de cofradÃa, hermandad o sociedad criminal para finalizar, de manera contundente, con las intenciones de Giubileo de desenmascarar lo que realmente sucedÃa en ese neuropsiquiátrico? A las 22.30 la doctora Giubileo habÃa ido a uno de los pabellones para recetarle un antifebril a un internado que padecÃa una bronquitis. A los pocos minutos, firmó el acta de defunción de un paciente, cuyos restos iban a ser retirados por sus familiares.
Un tiempo después, un paciente llamado Miguel Cano fue a buscar a Cecilia hasta la Casa Médica y le preguntó si podÃa dirigirse hacia el Pabellón 7 para ver a otro paciente con alguna dificultad. Miguel Cano y Cecilia recorrieron un trayecto de unos quinientos metros. Los senderos estaban bastante bien iluminados, porque se trataba de luces de mercurio. El tiempo continuaba inestable y el frÃo le daba un marco más aciago a esa jornada de lunes que estaba por comenzar.
La doctora Giubileo no se arrepintió de haberse puesto una campera de media estación sobre su guardapolvo, impecable como siempre. El frÃo, insistimos, se incrementaba con el paso de las horas. En tanto, Cecilia manifestaba, aunque trataba de ocultarlo, una particular sensación de angustia que iba tomando mayor fuerza.
Una suerte de sexto sentido le iba a poner una alarma a la doctora en relación con una serie de situaciones en las que, sabÃa de antemano, ella iba a estar en franca desventaja. Rápidas postales se esbozaban en su mente, circunstancia que, además de preocuparla sobremanera, le provocaba un insoportable escozor.
Un trueno estalló en la noche, generando un particular impacto en su humanidad, hasta el punto de hacerla dar un pequeño grito, casi inconsciente, que fue advertido por un enfermero que pasaba cerca en ese momento. -¿Qué te pasa, Cecilia? ¿Te encontrás bien? -le preguntó. -SÃ, está todo bien..., disculpame... Se me aparecieron unas imágenes que me causaron un poco de miedo... Te vuelvo a pedir disculpas. -No me tenés que pedir disculpas para nada, simplemente querÃa saber si estabas bien... -SÃ, sÃ, estoy bien... ¿TendrÃas tres cigarrillos? -SÃ, claro, acá tenés... Cualquier cosa que necesites, aquà estamos... Llamanos por cualquier inquietud... En serio te lo digo. -MuchÃsimas gracias, lo voy a tener en cuenta. Ahora me voy a la Casa Médica, tengo que estudiar y voy a aprovechar estas horas.
Antes de ingresar en el edificio de la Casa Médica, Cecilia se cruzó con la supervisora Nélida Onjuez. Esta le reclamó de manera urgente: -Toda vez que usted se dirija a un pabellón, me lo comunica a mà enseguida. Le pido, por favor, que no se corte sola. Usted me lo tiene que comunicar de inmediato. Por ahora voy a tratar de no apercibirla... A lo que Giubileo le contestó: -Usted está cometiendo con sus reclamos una enorme injusticia. No habÃa que perder tiempo y el tiempo me estaba marcando que debÃa atender a un paciente de manera urgente. No podÃa demorarme hasta llegar al pabellón en que usted se encontraba para avisarle... -Por favor, Giubileo, ocúpese como corresponde de sus temas profesionales. -Me ocupo mucho más que usted. Estamos haciendo las cosas a plena conciencia... Vaya a donde se tenÃa que dirigir, señora Nélida Onjuez.
Aquà cabe señalar una serie de detalles no menores: la Colonia Montes de Oca tuvo su máximo auge de esplendor en “actividades” durante la época de la última dictadura militar (incluso un hijo del dictador Jorge Rafael Videla estuvo internado allÃ). Torturas como las de los centros de detención de los trágicos “años de plomo”, asà como la utilización de internos, ancianos, jóvenes y niños en prácticas afines a las de la escuela del nazismo en potencia, fue lo que la doctora Giubileo habÃa presenciado y estaba convencida de tener que denunciar.
Estaba sola con su cuerpo y su alma. No tenÃa aliados. Solo algunas amigas, que trataban de convencerla de que no hiciera la denuncia. El resto eran todos enemigos potenciales. La “hermandad” del crimen organizado, el oscurantismo, la represión y la intolerancia ya habÃa juzgado a la doctora Cecilia Giubileo. Y su “ejecución” ya tenÃa fecha: 17 de junio de 1985.
"La Colonia Montes de Oca tuvo su máximo auge de esplendor en 'actividades' durante la época de la última dictadura militar".
El grito ahogado
Transcurren las primeras horas del 17 de junio de 1985. Cecilia acaba de estudiar algún material médico, mismo que deja sobre su escritorio. El silbido de un ligero viento parece, de modo premonitorio, anunciar situaciones no deseadas. La angustia corroe la humanidad de la doctora. Se encuentra más que inquieta, sumamente preocupada. Una voz muy dentro de ella le dice, una y otra vez, que algo no está bien.
Se recuesta sobre la cama, apaga las luces... La lluvia parece ser, a esa altura de la noche, solamente un recuerdo. El sueño empieza a ganarle. Cecilia intenta relajarse y deja, asÃ, que el universo acomode de la mejor manera posible las fichas. Sin embargo, las cosas no se van a presentar como ella lo desea. Una pesadilla se apodera de la mente de la doctora Giubileo: tres hombres encapuchados ingresan a la habitación; mientras dos de ellos la sostienen, inmovilizándola, el restante le asesta un golpe en la cabeza con un objeto contundente.
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Ella pierde el conocimiento. Cuando se despierta, intenta proferir un grito desesperado, pero no puede. Instalada otra vez en la realidad, descubre, con enorme desesperación, que no puede moverse. Todo es oscuridad y lejanÃa. La pesadilla habÃa terminado para Cecilia y algunas imágenes se le van presentando ahora en forma de túneles interminables, una suerte de viaje que nunca antes habÃa realizado. Hasta que, finalmente, una sensación de paz se apodera de su alma.
"Dejate de joder con la Colonia... O vas a ser boleta"
La doctora Cecilia Enriqueta Giubileo tuvo dos caracterÃsticas fundamentales en su ADN profesional y en su ADN humano. Desarrollar su actividad en pleno desarrollo de su máxima capacidad y un amplio e insoslayable sentido de la justicia.
Es decir, lo que podrÃamos señalar como una enorme actitud de compromiso con su actividad y, además, el hecho de llevar adelante una búsqueda permanente de justicia. La Colonia Montes de Oca se habÃa convertido para la médica cirujana en el escenario de una serie de irregularidades, muchas de ellas capaces de generar una enorme lesión en la estructura de la condición humana.
En los últimos tiempos, en su domicilio, telefónicamente, la doctora habÃa recibido contundentes amenazas: “Dejate de joder con la Colonia y con lo que sucede allÃ... o vas a ser boleta”. Este estado de preocupación y nerviosismo no era expresado verbalmente con asiduidad por parte de la doctora, aunque su rostro dejaba traslucir, en definitiva, la dramática situación personal que esto representaba.
En definitiva, algunas de sus amigas más cercanas, como Bety Ehlinger y la enfermera Mabel Tenca, estaban al tanto del cuadro vivencial de Cecilia. Las últimas semanas se habÃan vuelto por demás aciagas. Testimonios dan cuenta de que un trabajador de una colonia de internación para enfermos mentales debÃa ser una persona con caracterÃsticas especiales. Y la doctora Giubileo contaba, en definitiva, con la pulsación necesaria para afrontar todo tipo de situaciones propias de esos ámbitos.
Sin embargo, el alto grado de idealismo de Cecilia fue lo que la llevó a arremeter contra viento y marea contra todas aquellas irregularidades de la que fue testigo ahÃ, en la Colonia Montes de Oca. Por otra parte, era bastante solitaria y con algún grado de introversión. En Cecilia, la procesión, generalmente, pasaba por dentro. En tanto, otras postales también se sumaban a esa situación de no habitualidad que la gente común suele apreciar en todo tipo de unidad medica básica de atención al público.
Sin embargo, en Montes de Oca estaba presente. El consumo de marihuana y cocaÃna en cierta parte del servicio médico, por un lado, y médicos armados y evidenciando una situación emocional por momentos extrema, por otro. Este era el cuadro de situación del que formaba parte la doctora Giubileo.
Aunque ella se encontraba en una suerte de conflicto con sus propios compañeros de labor, no estaba dispuesta a cejar un ápice en sus convicciones ni a ceder frente a este marco de extrañas situaciones que se hacÃan presentes en aquel escenario. Crónica, mediante testimonios policiales, cientÃficos y testimoniales, pudo llegar a reconstruir algunas de las situaciones sobre las que la doctora Giubileo iba a alertar, en una suerte de denuncia que pensaba radicar en un juzgado de Capital Federal:
1) Tráfico de órganos y traslado de pacientes a lugares con espacio y elementos de cirugÃa aptos para estas circunstancias.
2) Traslado de internos para su utilización como “conejillos de India” y sujetos de experimentación para varios laboratorios.
3) Diversas prácticas de sadomasoquismo con los internos.
4) Explotación sexual de varias de las internas del lugar.
5) Entierro de varios pacientes en el predio de la Colonia, sin registros médicos.
6) Adulteración y/o ausencia de las correspondientes fi chas médicas.
7) Práctica de actividades esotéricas. El panorama para la doctora Giubileo era desesperante. El director de la Colonia Montes de Oca, Florencio Sánchez (luego detenido por situaciones de corrupción económica en el lugar), no solamente denunció su ausencia del lugar en los tiempos y la forma que le correspondÃan a una trabajadora de su área, sino que dio aviso efectivo de la desaparición de Cecilia recién casi cuatro dÃas después, además de iniciarle un sumario administrativo por “abandonar” el lugar sin previa notificación. También mandó al dÃa siguiente pintar y hacer reparaciones en la Casa Médica donde la doctora Giubileo habÃa pasado sus últimas horas.