INFORME ESPECIAL

Clase media en tiempos de crisis: el dolor de ya no ser

Los testimonios de personas que padecen la falta de dinero para llegar a fin de mes y alimentarse bien. Trabajar más, comer menos y otras penurias de gran parte de la sociedad.

El duro golpe de no pertenecer tratan de asimilar aquellos centenares de miles que casi toda su vida sintieron y creyeron formar parte de la clase media, y hoy admiten que ya no. Muy lejos les resulta ese estilo de vida, marcado por ciertos lujos, placeres y la tranquilidad de tener las cuatro comidas diarias en la mesa. Puesto que la caída del poder adquisitivo, sea por sueldos obsoletos ante la inflación o por la pérdida del empleo, los ha hundido en la pobreza misma.

En base a los últimos registros del Indec, se logró determinar que una familia compuesta por un matrimonio y dos hijos requiere 1.100.267 pesos para cubrir la Canasta Básica. En tanto, si el círculo familiar está integrado por un niño más, ese monto asciende al 1.157.239 pesos. Un total que para Melina, oriunda de la localidad bonaerense de Caseros, representa una utopía dado que el ingreso del hogar no supera los 600.000 pesos que cobra su esposo en concepto salarial.

Por lo tanto, dicha suma es completamente insuficiente para alimentar a las tres hijas de la pareja. En este sentido, la mujer reconoció que “hacemos una comida por día y si podemos dos comidas. Trato de que las nenas coman dos veces al día. A veces nosotros sólo tomamos mateâ€. En este desolador contexto, una de sus hijas le expresó una brutal confesión: “Una vez mi nena me dice: ‘Mamá, me duele la panza del hambre’. O también me dijo: ‘Ya no queremos comer fideos blancos’â€.

 

Confesiones que si ya estremecen desde afuera, ni imaginarlo puertas adentro del hogar familiar, como admite la propia mamá de las tres niñas al afirmar que “a veces me la paso llorando porque no les puedo dar otra cosa que fideos. A veces les pido galletitas a mis vecinos. Incluso me parte el alma no poder comprarles los útiles escolares. Lo peor de todo que yo estudié, tengo una profesión y no consigo trabajoâ€.

Justamente, la desocupación es una de las variables que impulsan este declive de la clase media baja hacia debajo de la línea de la pobreza. Fe de ello puede dar Fabián, peluquero de profesión, y quien en otras épocas brindaba su servicio gratuito para niños y jóvenes de escasos recursos. Sin embargo, en el último año perdió su puesto laboral en una carpintería, y por si fuera poco, se redujo considerablemente su clientela en su labor de coiffeur. Al respecto, el joven reflejó que “antes estaba mejor, ahora busco trabajo, y en mi barrio también lo veo, que la están pasando mal como yo, que se vive como se puede, con lo justo. A mí no me alcanza para nada. Ya no es como antes, que vivía mejorâ€. En este paralelismo con el pasado, el especialista en cortes de cabello agregó que tiempo atrás “podía comer bien. Ahora me levanto, tomo unos mates y eso lo estiro hasta la noche, donde ahí sí ceno. Pero si almuerzo, no tengo para comer al final del díaâ€.

No obstante, otro factor que motoriza este descenso de clase lo constituyen los sueldos, confirmando que trabajar no garantiza un buen vivir, o al menos sin muchos sobresaltos. Así lo reveló Laura, quien es empleada estatal y vive en el barrio porteño de San Cristóbal, al confesar que “cobré 988.000 pesos pero no me alcanzaâ€.

Puesto que los gastos mensuales sobrepasan esa totalidad, al destinar más de 400.000 pesos en alquiler, 112.000 pesos en expensas, casi 100.000 pesos en servicios, 60.000 pesos en medicamentos, entre tantos otros compromisos. En este sentido, la mujer develó que “uso las cuatro tarjetas de crédito porque es el día 12 del mes (por el viernes pasado) y no tengo efectivo. Las uso para pagar los servicios y las compras del supermercado. Los montos de esos créditos no llego a cubrirlos. Pago el mínimo. Además de sacrificar las salidas y comprar ropaâ€.

En consecuencia, además de asegurar que ya no se siente más parte de la clase media, en ese intento de volver a ser, o al menos de salir a flote, ella detalló que “tuve que empezar a trabajar los fines de semana, principalmente los domingos, durante siete horas. No lo había hecho nunca, pero lo tengo que hacer porque es un ingreso másâ€.

Pero además de las reducciones en necesidades básicas y de esparcimiento, otro indicador radica en ni siquiera poder satisfacer esos requerimientos prioritarios, como por ejemplo la alimentación. Es decir, las concurrencias a establecimientos solidarios es un cristal que hace visible esta merma de la clase media.

En relación a ello, Pablo Pérez, referente de la ONG “La Plata Solidariaâ€, remarcó que “vemos que en muchos comedores de la periferia de la ciudad asiste gente que antes no venía, porque no necesitaba recurrir a esa ayuda alimentariaâ€.

Al mismo tiempo, otra muestra de esta tendencia la advierte Pérez en que “en las colectas solidarias el volumen es menor, por ejemplo una colecta de calzado juntábamos 2.000 pares y ahora ni por asomo llegamos a esa cifra. Incluso gente que donaba, ahora viene a buscarâ€. Lo que parecía un lugar asegurado, o una permanencia eterna, o un derecho asegurado, por estos días se ha convertido en un espacio cada vez más lejano, añorado pero en muchos casos hasta imposible. 

Esta nota habla de: