Nicolás Flores: el niño a quien buscó un paÃs
Dolor interminable. más de un mes pasó para que sus familiares pudieran despedirlo
Sin lugar a dudas que República de Cromañón es sinónimo de desidia, ambición, inoperancia y desprecio por la vida ajena. Pero, a su vez, cada uno de ellos se conjuga con la odisea que atravesó la familia Flores en su búsqueda de Nicolás. Un niño de tan sólo 3 años que estaba allà por necesidad, que pudo haberse salvado, pero lamentablemente optó por acompañar a su madre. Y por si fuera poco sus restos fueron identificados un mes después. Luego de un incesante recorrido que conmovió a un paÃs y principalmente le quitó sentido a la vida de cada uno de sus seres queridos.
Una propuesta circunstancial, pero bienvenida, recibió Romina Flores, de entonces 23 años, para desempeñarse laboralmente en Cromañón aquel 30 de diciembre de 2004. El jornal le permitirÃa comprarle el postergado regalo de Navidad a su hijo Nicolás. Justamente, acompañada por él, partió de su casa en la localidad bonaerense de Bosques rumbo a la zona porteña de Once.
Al llegar el lugar, la joven se encontró con su hermana Roxana, quien no pudo ingresar a presenciar el recital porque le vendieron una entrada falsa. En ese instante el niño se abalanzó sobre su tÃa. Un momento que esta última lo mantiene latente y que recordó ante Crónica: "Le dije ‘vamos Nico a casa’ y él se quiso ir con la mamá. Fui la última persona que lo tuve en brazos. Antes de irme, me abrazó fuerte y me dijo: ‘Nos vemos mañana, tÃa’".
Pero no hubo mañana para el niño, ni tampoco para Roxana, porque el tiempo se detuvo allÃ, lo que vino después transcurrió en angustia, desconcierto, abandono y desamparo, puesto que en su viaje de regreso, a bordo de un colectivo, escuchó el anuncio radial sobre un incendio en el preciso establecimiento donde se hallaban Nicolás y Romina.
Decidió regresar. "Cuando llegué ya era todo un desastre: gente llorando, chicos con la cara quemada, no podÃa creer lo que estaba viendo", contó. Bajo ese marco tormentoso y sorprendente, los minutos comenzaron a pasar, luego las horas, pero ni su hermana ni su sobrino aparecÃan. Recién al otro dÃa, en la morgue judicial, situada en Viamonte y JunÃn, finalmente los seres queridos reconocieron los restos de la joven mamá.
Sin embargo, no habÃa rastros de Nicolás, aunque contrariamente sà abundaban los indicios, rumores y versiones, y en consecuencia las burlas y atrocidades con datos erróneos o expresiones aberrantes del estilo de "el Negrito se quemó".
Respecto de aquella tortura, Roxana aseguró: "SabÃa que Nico estaba muerto, porque una vecina me dijo: ‘Tu sobrino falleció ayer en el Hospital Fernández’. Mi familia no me creÃa, me trataban de loca. Fue el mismo dÃa que la encontramos a mi hermana en la morgue. Me dijeron que ya se lo habÃan llevado".
Pero el desmadre que implicó semejante masacre no le era exclusivo a la familia Flores, sino también, entre tantos, la padecieron los papás de Gustavo Zerpa, quienes en principio creyeron reconocer los restos de su hijo y los sepultaron el 1° de enero en un cementerio de González Catán. Sin embargo, pertenecÃan al pequeño Nicolás, que mientras tanto era objeto de una búsqueda que se habÃa tornado mediática y nacional, y asimismo causaba profundo estupor, encabezada por su abuela Stella Maris Gómez.
No obstante, a Roxana la invadÃa un fuerte presentimiento. La mujer reconoció, 20 años después, que se enteró que "iban a exhumar un cuerpo de un nene en La Matanza". Puesto que las autoridades judiciales revelaron la existencia de un cuerpo que permanecÃa en la morgue como NN. Finalmente, el 21 de enero de 2005, luego de un llamado de la jueza MarÃa Angélica Crotto, a cargo de la causa, a Gabriel Zerpa, se confirmó que ese pequeño sin identificar no era su hijo Gustavo. En consecuencia, aquel niño, que en principio fue identificado por la familia Zerpa, era Nicolás Flores.
El 5 de febrero de ese mismo año sus seres queridos pudieron despedirse de él en el cementerio de Berazategui, donde también lo esperaba Romina, su mamá, para estar allà juntos eternamente. HabÃa finalizado el primer calvario, pero comenzaba uno nuevo: el de convivir con el dolor, los arrepentimientos y las culpas para quienes debÃan continuar sus vidas sin la compañÃa de ambos.
En su caso, a la hermana de la joven y tÃa del menor le resultó imposible seguir, por momentos, y hasta pensó en tomar determinaciones irreversibles. Al respecto, le confesó a Crónica: "Me sentà muy mal, porque algunos me reprochaban que no me habÃa llevado al nene. Por eso, una vez dije basta y me quise matar tirándome debajo del tren". Si bien fue rescatada de las vÃas, el tormento no cesaba y en referencia a ello, la mujer argumentó: "Lo que vivà en carne propia fue un infierno, lloraba todos los dÃas. Eran noches de pesadillas e insomnios, estuve dos años sin dormir".
A dos décadas, aquel desafÃo de arrancar y terminar cada jornada con el vacÃo que dejaron Romina y Nicolás se ha hecho costumbre, aunque no por ello desapareció el pesar, ni tampoco el recuerdo marcado por la muerte y el abandono.