Un a帽o sin Maradona: un sentimiento nacional que cop贸 las calles y pari贸 un mito eterno
El fervor popular por Maradona hizo estallar las adyacencias de Plaza de Mayo para darle un 煤ltimo adi贸s a uno de los m谩s grandes exponentes del f煤tbol mundial.
Por聽H茅ctor S谩nchez
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Una foto. Un abrazo. Un pa铆s futbolero que durante dos d铆as de conmovedora despedida regalaba esa imagen, con el abrazo de dos hombres -uno con la camiseta de Boca, el otro con la de River- a puro llanto, dejaba constancia de que Diego Armando Maradona entraba a la Historia como un actor social que excede al juego de la pelota. Todo eso y mucho m谩s expres贸 un pueblo que no durmi贸 esa noche de mi茅rcoles, el 25 de noviembre de 2020, para amanecer de tristeza, de silencio y de bronca contenida. Pero tambi茅n con el renovado grito del mejor gol en la historia de la Copa del Mundo, seg煤n el veredicto del planeta f煤tbol. Un pueblo, en definitiva, que viaj贸 hacia la Plaza de Mayo desafiando la pandemia en busca de retener en un abrazo imaginario al futbolista que se subi贸 al podio mundial con las pilchas del h茅roe nacional. En el reconocimiento generalizado para con el 铆dolo que regal贸 juego y talento -y nunca se guard贸 nada sin darlo- con la camiseta del seleccionado argentino, se robustece entonces la idea de que el abrazo final ser谩 no s贸lo para un astro del f煤tbol, sino para un abanderado que levant贸 una Copa Mundial en M茅xico tras vencer todos los desaf铆os.
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Hubo largu铆simas filas de cuadras y cuadras por la Avenida de Mayo para poder ingresar a la Casa Rosada, en donde un ritual de camisetas y gorritos de todos los clubes de todas las categor铆as del f煤tbol argentino -y de Sudam茅rica y Europa- ratificaron un sentimiento que estaba en el aire: Maradona es de todos. "Gracias, Diego",聽se escuch贸 reiteradamente esa ma帽ana en que hasta los descre铆dos, los distantes y los que no sab铆an que lo quer铆an tanto, en realidad le estaban diciendo: No te vayas nunca. Y al salir de nuevo al sol de la Plaza en esa ma帽ana de jueves, abrazos y m谩s abrazos, como para consolar y consolarse. El anuncio de que las puertas de la calle Balcarce se cierran a las cuatro de la tarde s铆 o s铆, altera el pulso de la multitud, a sabiendas de que los que est谩n por la 9 de Julio no podr谩n ingresar. El mal humor atraviesa entonces a una marea que necesita de lo simb贸lico para plasmar el amor y el dolor que el "10" deja en esas almas hu茅rfanas. Las redes sociales estallan con millones y millones de mensajes que cruzan el aire:聽 desde Fiorito a N谩poles; de La Boca a Barcelona; de La Paternal a Inglaterra; de Jap贸n a M茅xico; de Rosario a Cuba; de Dubai a La Plata. Apenas puntos en un mapa que Diego atraves贸 con su accionar durante casi medio siglo. Es el mundo que expresa asombro y desempolva recuerdos: todos tienen su Maradona guardado en una foto, en un video, en un gol, en un tatuaje. Los que lo vieron jugar y los que lo conocieron por la TV. Los que se asombraron en una cancha y los que se imaginan c贸mo ser铆a eso desde una tribuna repleta y en estado de gracia. En la rebeld铆a de sus peleas con el poder, y a煤n en sus contradicciones, desmesuras e inconductas, late el imaginario colectivo: hacer un gol como el de Diego a los ingleses; levantar la Copa del Mundo con la camiseta celeste y blanca; plantarse a lo Maradona -con verba filosa y frases memorables- ante el que cuadre en un mundo hostil con los de abajo. La familia no cede y el horario no se extender谩. La multitud se quiere acercar a las puertas de la Casa de Gobierno ya sin la formalidad de fila alguna. Ceden las rejas, todo se encamina a un final ca贸tico y la polic铆a de la CABA acelera los tiempos a su modo, con represi贸n, para intentar disolver lo que est谩 en las calles y en el aire: el pueblo quiere despedir a quien lo representa a la hora de la victoria y tambi茅n de las batallas perdidas. Al caer la tarde, comienza el traslado del f茅retro hacia Bella Vista, la morada final junto con sus padres, Don Diego (Chitoro) y la Tota. Pero nada concluye al fin: a la vera de la autopista y en las calles atascadas que obligan a la reducida comitiva llegar a paso de hombre al cementerio, la multitud no baja las banderas y deja marcada a fuego su presencia.
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Como Gardel, como Evita, como Per贸n, como Gatica y como Maradona: la despedida popular es la que tiene la llave de una galer铆a a la que ingresan para siempre los que llegan en andas del fervor聽-y tambi茅n las l谩grimas- de las mayor铆as. El p煤blico, el espectador, suele elegir a sus 铆dolos deportivos y los mantiene en esos carriles por d茅cadas. Pero cuando un pueblo eleva a un 铆dolo a la categor铆a de emblema, el sue帽o de gloria que rueda junto con la pelota y los libros de la academia se funden para plantar un 谩rbol de ramas frondosas que tiene alcance nacional. Eso expres贸 este pueblo hace un a帽o, y nada indica que lo vaya a olvidar.
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Fuente: Telam