Borges, el palabrista
Esteban Peicovich fue uno de los periodistas que más pudo conocer a Jorge Luis Borges y antes de la ceguera. Qué pasó entre ellos después. La historia que los une: "Fui un adicto entusiasta y un lazarillo de ocasión". La anécdota del dÃa que lo llevó en brazos, "como a un niño".
Por Hugo Ferrer
Esteban Peicovich fue uno de los más grandes periodistas de la prensa gráfica. Con una capacidad única para describir, hablar con letras y enriquecer cada frase. De sus poros brotaban cultura, barrio, tablón, alfombra roja y olfato popular.
Compartimos muchos años en la revista GENTE, de Editorial Atlántida, cuando él "oficiaba" de corresponsal en Madrid (de Perón, Serrat, DominguÃn, Isabelita, Paquirri, Miguel Boyer, Julio Iglesias, y los Reyes de España hasta a Diego Maradona). Hizo a todos y de todos. Odios y amores, textos apasionantes que llegaban en mayúsculas a la máquina del Télex. Los mejores, cuando no tenÃa que entrevistarlos. Y cuando pudo, repercusión nacional e internacional.
En su regreso a la Argentina, a fines de los ‘90 hizo radio, tevé (y recordó cuando participaba como panelista en el programa de Blackie, Derecho a réplica) y siguió con su pasión por los textos como columnista en los diarios La Nación y Perfil.
Una noche su corazón casi dijo basta. Lo único que recordaba era el teléfono de la casa de Osvaldo Ricardo Orcasitas (O.R.O, para los memoriosos lectores), Jefe de Redacción de El Gráfico. Llamado certero. Llegó la ambulancia. Internación. La pudo contar. Y dejó una frase tremenda sobre su historia de "vida" y de "muerte". Relató cómo fue su viaje en ambulancia al Hospital Fernández. "Ahà comprendà que cuando suenan las sirenas es de verdad, no es que siempre las ponen para ir a buscar pizzas. Yo iba en esa ambulancia pidiendo vivir, querÃa seguir viviendo".
Su programa en las radios Ciudad y Nacional se llamaba Los palabristas. Más de 1500 reportajes. "Destilaba" cultura. El nombre, un homenaje a Jorge Luis Borges.
A continuación, la reproducción de una de sus columnas más recordadas, publicada en el diario Perfil, el 22 de junio de 2016, donde expresó lo que vivió y cómo fue su relación con Borges.
Este 14 de junio, a 40 años de su muerte, el mejor recuerdo. Peicovich murió a los 88 años el 28 de junio de 2018, 32 años después.
Borges, el palabrista
Por Esteban Peicovich
Conocà a Borges cuando él tenÃa 56 años (y yo 26). Mi pueblo (Berisso) me encomendó invitarlo a dar una charla. Abrumado por lo que sentÃa "tamaña" misión llegué a la calle México donde él dirigÃa la Biblioteca Nacional y solicité verlo.
Me escuchó y sin ánimo de broma, dudó:
-¿Berisso? ¿Ese pueblo existe?
Ofrecà pruebas verbales y aceptó. Fue un sábado glorioso aquel de septiembre de 1956 en que lo esperé en La Plata. Borges todavÃa veÃa y descendió ágil del tren. TraÃa del brazo un junco de altos remos: a Cecilia Ingenieros, bailarina (un preboceto de Pina Bausch) que lo asistÃa como amante o secretaria o chaperona o lo que fuera. Ambos reÃan jugando con frases crÃpticas que a mà (muy verde aún) me sonaban a sánscrito.
Me tocó presentarlo (primera vez que me exponÃa en público) y lo pasé canutas. Mi timidez se puso densa: perdà el papel, derrapé, y tras titubear con sus datos biográficos escapé de ese patÃbulo con un:
-... y con ustedes, ... Borges ... Borges ...
En este tartamudeo me paralicé. Fue un medio minuto sin zafar de estos puntos suspensivos hasta que algún dios del habla me tiró una cuerda y expulsé un exabrupto
-...y con ustedes Borges... ¡el palabrista!
Fue asà como debuté con Borges al que traté luego como cronista y lector. Pero ¿qué es "tratar" a un genio? Despejo equÃvocos. Ni fui su amigo ni experto en su obra. Sólo un adicto entusiasta y un lazarillo de ocasión. Un espÃa en sus viajes y un ladrón confeso de su oralidad. Una buena suerte profesional me llevó a compartir vivencias únicas: seguir sus pasos en Marrakech, llevarlo en brazos en Machu Picchu, acomodarlo ante la gatera de un mingitorio en Madrid o desactivar su pudor hasta conseguir la lista original de sus pecados.
Aquella vieja noche de Berisso habló sobre Almafuerte. Tras mágicos volatines y metáforas nos engatusó con un oxÃmoron: que Almafuerte era el Whitman argentino. Imberbes para un juicio crÃtico de peso, la comparación nos pareció abultada pero no tenÃamos con qué darle. Si lo decÃa Borges debÃa ser asÃ. Sus fabulaciones eran más ciertas que su verdad.
Lo volvà a ver (sin que me reconociera) una noche de 1958 en que como reportero de ClarÃn salà raudo hacia Ezeiza: después de meses de dar clases en Texas, Borges volvÃa al paÃs. La palabra Borges ya sonaba en el mundo. Se venÃa la hora de cierre y por fin lo vimos asomar cansado, y lo peor, dispuesto a no atender a la prensa. Por fin se detuvo y alguien soltó un:
-¿Cuál es la anécdota más curiosa que trae de Texas, señor Borges...?
Se espabiló un poco y casi musitando, deslizó...
-Sus leyendas, historias de gente muy valiente, como la historia del cowboy...
Y lo dejó allÃ, en curiosa pausa. Se iba el tiempo y no aparecÃa una nota a transmitir. Venir de Texas y hablarnos de un cowboy era como volver de Chascomús y hablarnos de un lechero. Pero de pronto saliéndose de su propia galera Borges extrajo un conejo extraordinario:
-...la historia del cowboy... negro.
Ahora, sÃ. En ese adjetivo aparecÃa el sorprendente Borges y aprontamos birome y oÃdo. Nos contó entonces el caso de singular templanza de un cowboy que por sus fechorÃas iba a ser ajusticiado un amanecer. Que llegada la hora, ya con el cordel en el cuello, el sheriff le anunció que por costumbre del condado antes de ser ahorcado tenÃa derecho a decir unas palabras. Aquà Borges tosió, hizo una pausa (literaria, seguro) y remató:
-Y el cowboy negro le respondió: "Yo no he venido aquà a hablar sino a morir".
Ahora sà sabÃamos que habÃa vuelto Borges y tenÃamos miga para colorear la nota del regreso. El cowboy podÃa ser real o imaginario. No importaba. De haber sido blanco pasarÃa por gesto altanero del héroe. Que fuese negro lo convertÃa en borgiano y literario para siempre. ¿Acaso alguien habÃa visto por entonces valorizar a un negro en un western?
En 1978 cubrà el viaje de los reyes de España que rumbo a Buenos Aires hicieron escala en Perú. Ambos mostraron interés puntual por visitar las ruinas de Machu Picchu, y las pistas de Nazca (sólo SofÃa). Pero ni bien aterrizado en Lima un rey de mayor rango motivó que abandonara a los Borbones: allà estaba el mismÃsimo Borges con MarÃa (Kodama) alistándose para viajar al dÃa siguiente al santuario a la misma hora que los reyes. Elegà entonces viajar con un rey verdadero. Nos embarcamos con Borges y MarÃa en el trencito angosto que parte de Cuzco y en cinco horas de mucho calor arribamos al pie de la explanada. Borges (79 años) llegó muy mal. Boqueaba pálido y ni vasos de la Inca Cola (sic) ni el té de coca conseguÃan reponerlo del mal de altura. Debà atender la emergencia llevándolo en brazos, como a un niño, hasta el micro que asciende en espiral hasta el hotel internacional situado frente al santuario. Llegado al lobby y mientras MarÃa inquieta pedÃa un médico dejé a un Borges mudo e inmóvil sobre un sillón de la sala. Un grupo de turistas alemanes se interesó por el estado del anciano y al decirles que se trataba de un escritor argentino y escuchar dos de ellos el nombre, pegaron un grito, alertaron al resto y en un minuto el exánime Borges en camisa y tendido quedó bajo los flashes de una docena de Leikas invasivas. Fue una estampa tan bizarra que cada vez que la recuerdo me remite, por la similitud de la posición de los cuerpos en la escena, a La lección de anatomÃa, de Rembrandt.
Como éstas, son muchas las anécdotas borgianas que pulsan este mes en mi memoria y en la de todos los lectores que habitan la fantástica cueva del mago Borges. Ese Borges, vasto sustantivo, al que Sábato reconoció gran poeta y fijó con los siguientes quince adjetivos: arbitrario, genial, tierno, relojero, débil, grande, triunfante, arriesgado, temeroso, fracasado, magnÃfico, infeliz, limitado, infantil e inmortal.
Y si es asà (y es asÃ) ¿Cómo no seguir recordando sus anécdotas en alguna próxima columna?