Borges y Malvinas, "unidos" por el 14 de junio: "Se festejó la victoria cuando la batalla no habÃa empezado"
Es una fecha grabada a fuego en la Argentina: el dÃa del adiós del escritor en 1986 y el final de la guerra en 1982, hace 44 años. El reportaje que le hizo el periodista Néstor J. Montenegro donde habló del inicio de Malvinas, los militares, los soldados y el cruel desenlace. Qué dijo de los militares ingleses. Imperdible.
Por Hugo Ferrer
Borges sigue siendo Borges. A 40 años de su muerte, en esta nota recordamos un momento clave en la historia de la Argentina: la guerra de Malvinas y cómo la vivió el escritor.
En ese ida y vuelta de sus textos, notas y fotos hubo un periodista que estuvo durante mucho tiempo siguiendo su obra, su vida, sus pensamientos. Néstor J. Montenegro lo conoció como pocos. Largas horas de charlas y confesiones llegaron a convertirse en libros y notas en diarios y revistas. Con su tradicional echarpe blanco, marrón o "escocés", su bigote tradicional y un cuaderno con tapa de cuero, y a veces con un cigarrillo eterno, Montenegro fue casi lazarillo de palabras y frases. Fue el mismo que lo acompañó el 22 de julio de 1985 cuando fue a la sala de Audiencias en el Juicio a las Juntas Militares.
Un año después de la guerra de Malvinas - este 14 de junio coincide la fecha del final de la guerra en 1982 con los 40 años del dÃa de su muerte en 1986- , criticó todo lo que pasó. TodavÃa duelen los 649 soldados argentinos muertos y casi 1500 heridos.
Diálogos con Jorge Luis Borges, de Néstor J. Montenegro, publicado en 1983 por Nemont Editores, con fotos de Sara Facio, es uno de libros dónde el escritor habló a corazón abierto. Según el autor, "el propósito de estos diálogos es dar a conocer y dilucidar las opiniones vertidas por un hombre ético que aportó al paÃs y al mundo la vastedad de su literatura. Asimismo exponer en forma articulada sus reflexiones acerca de lo acontecido en los últimos años. Es mi objetivo rectificar las interpretaciones fragmentarias o circunstanciales que distorsionaron su pensamiento". El tema central de este diálogo fue el profundo rechazo de Borges a la Guerra de Malvinas. Con su habitual ironÃa y lucidez no se calló nada. El destino sabe de las coincidencias: la rendición y su muerte.
Ante un fenómeno como la guerra que cumplió un año el 2 de abril, ¿cuál es su reflexión sobre la experiencia que vivió el pueblo argentino?
Ingenua o maliciosamente (opto por el primer adverbio; la mente militar es sencilla) se han confundido cosas distintas. Una, el derecho jurÃdico sobre un territorio; otra, la invasión de ese territorio. Si los militares hubieran consultado a un buen abogado -digamos, al doctor Nicanor Costa Méndez- éste los habrÃa disuadido en pocos minutos.
Se obró de un modo histriónico. Se habló de la ocupación de unas islas casi indefensas como si se tratara de la batalla de Trafalgar o de las campañas de César. Se festejó la victoria cuando la batalla no habÃa empezado. Muchachos de dieciocho a veinte años, con escasa o nula experiencia, fueron sacados del cuartel, para batirse con soldados. Adolecemos de la peligrosa costumbre de obrar sin pensar en las consecuencias. Cualquier cosa puede temerse de un gobierno tan irresponsable como el nuestro. Un gobierno de aniversarios, de arrestos, de órdenes, de rivalidades, de almuerzos de camaraderÃa, de codicias, de juras de la bandera, de desfiles y de hambre y sed de figuración. Un gobierno de militares no es menos arbitrario y singular que un gobierno de astrólogos, de escritores, de carpinteros, de diabéticos o de buzos. Los militares predicaron el odio que ahora se vuelve contra ellos. No lo comparto; soy capaz de amor pero no de odio.
¿Habla usted de invasión? ¿Se puede llamar invasión cuando se toma parte de un territorio propio?
Es tÃpico de la mente militar pensar en abstracciones, en territorios, y no en seres humanos. Estos no fueron consultados. Me refiero aquà a dos mil kelpers y a veintitantos millones de argentinos. Se cambiaron los nombres de ciudades, se bajó una bandera y se elevó otra, se obró como si se tratara de una conquista. Con derechos jurÃdicos o no los habitantes se sentÃan británicos. En todo caso debió hacerse un plebiscito, o deberÃa hacerse en el porvenir. El epigrama en prosa rimada Las Malvinas son argentinas, es culpable de muchas muertes.
Si se hubiera hecho un plebiscito seguramente los kelpers elegirÃan ser ciudadanos ingleses... Es verosÃmil presuponer. En todo caso, allá ellos.
Fantaseando un poco, si hubiera dependido de usted la decisión de recuperar las islas, ¿cuál hubiera sido su actitud?
Adolecemos de un territorio casi inhabitado. ¿Por qué habitar el desierto con dos desiertos más, que nos quedan lejos?
¿Cree usted que se actuó en función de una actitud polÃtica?
Temo que sÃ. El gobierno militar querÃa distraer la atención de la gente. QuerÃa que olvidaran, tan siquiera por un tiempo las desapariciones, la ruina económica y ética.
En el libro "Los nombres de la derrota", Galtieri dice que tenemos más muertos en accidentes de tránsito, que en el caso de la guerra por una causa nacional...
Me lo contaron y creà que se trataba de una broma. No creo que sea cinismo; son mentes rudimentarias, bastante ingenuas sin dejar de ser pÃcaras, ya que la ingenuidad y la picardÃa no se excluyen. Equiparar las muertes de una guerra a las muertes de los accidentes de tránsito serÃa, en todo caso, un fuerte argumento contra los choferes.
Galtieri pudo haber alegado irrefutablemente, que murieron más en las cárceles que en las islas. Veinticuatro mil en las cárceles, mil en las islas.
¿PodrÃa definir los motivos del apoyo masivo brindado por el pueblo argentino a la junta militar, en el momento que anunciaron la recuperación de las Malvinas?
El apoyo público, largamente preparado por las escuelas, fue obra de los diarios, de los discursos, de la radio, de la televisión, y de otros instrumentos de retórica. Se habló de "anticolonialismo" para justificar el acto más "colonialista" que registra la historia. La derrota y la victoria son circunstancias; lo esencial y atroz es la guerra.
La invasión fue aprobada cuando se la creyó una victoria; cuando se reveló que era una derrota fue condenada. Debemos obrar de un modo ético; de las consecuencias nada sabemos. Se ramifican hasta el infinito y tal vez a la larga se complementen. La derrota militar es el peor de nuestros males. En el curso de la historia hubo siempre derrotas y victorias. Nuestro paÃs sufre una derrota económica y, lo que sin duda es más grave, una derrota ética.
¿Qué piensa de la información que se brindó al pueblo durante el conflicto, por ejemplo la campaña triunfalista que se difundió hasta el dÃa de la derrota?
Se vive al dÃa, se obra y se habla como si no hubiera mañana, se vive en el mero presente como si éste no fuera fugaz.
¿Cree que la anexión de las islas por Gran Bretaña es o fue un ejemplo más del ejercicio de su polÃtica colonialista?
Es un tema jurÃdico; que opinen los juristas imparciales. Toda opinión argentina o británica debe ser, de antemano, puesta en duda.
Por lo demás, es raro que hablen de derecho quienes no tienen otro que el que les da el peso de sus armas. Un golpe militar es evidentemente ilegal. Un presidente juró respetar la Constitución en el momento mismo en que la violara, asumiendo su cargo.
¿Piensa que Gran Bretaña dará a la Argentina la soberanÃa de Las Malvinas?
El arte de la profecÃa es difÃcil y tal vez imposible. Lo verosÃmil o en todo caso, lo deseable es que los hombres lleguen, alguna vez, a esa ciudadanÃa planetaria de la que hablé. En ese porvenir, ambos nombres - República Argentina, Gran Bretaña - serán, cabe esperar, anacrónicos.
-Usted dijo en un reportaje que, mientras el general Moore buscaba trabajo en Inglaterra, el general Menéndez veraneaba cómodamente y fotográficamente en la costa atlántica. Leyó sus declaraciones y se sintió afectado...
Es raro que me haya leÃdo. No soy un escritor castrense.
Galtieri afirmó que si ganaba la guerra, llamarÃa a elecciones en forma gradual y él se hubiera presentado como candidato a presidente con la certeza de ganar ampliamente...
El beneficio personal de ser presidente no puede justificar una guerra y la muerte de otros.
Como repetición de una serie de conflictos que narra la historia, la guerra estalló aquÃ, pese a la incredulidad de los argentinos, ¿no cree usted que en los hombres de hoy como en los de ayer subsiste el primitivo deseo de matar?
No he deseado nunca matar. No soy un hombre violento. Soy incapaz de odio, pero no de tristeza o de indignación. El hecho de que se mande gente a morir es menos condenable que el hecho de que se la mande a matar, ya que morir es el destino de todos.
Cuando era joven, pensaba en el suicidio. Hoy, a los ochenta y tantos años, el tiempo se encargará de suicidarme. Ya no tengo por qué mover un dedo. En mis tiempos, todos los jóvenes querÃan ser el prÃncipe Hamlet. Ahora, me he resignado a ser Borges, a seguir escribiendo, aunque me desagrada lo que escribo y también lo que opino.
El público lo admira...
También admiran a los jugadores de fútbol y a los polÃticos. Los segundos son más peligrosos que los primeros. La democracia es, por ahora, nuestra única esperanza; nunca será tan insensata como un golpe de estado. Se hartó bien que los polÃticos son hombres que han contraÃdo el hábito de mentir, el hábito de prometer, el hábito de sonreÃr, el hábito de sobornar, el hábito de estar de acuerdo con cualquier auditorio y el hábito de la profusa popularidad. Son, creo, un mal menor.
En el momento de finalizar el conflicto, usted estaba en el exterior. ¿Qué se comentaba en los medios extranjeros?
No figuraba en las primeras páginas de los diarios. En la segunda se leÃa Bandera blanca sobre Port Stanley. En Irlanda, donde se detesta a Inglaterra, la guerra se tomó un poco en broma. Se publicaron fotografÃas de filas de prisioneros y como epÃgrafe, la bravata de cierto funcionario: La última gota de sangre, la última bala. Las noticias del LÃbano taparon las del Atlántico Sur.
¿Qué mensaje darÃa usted a los generales argentinos derrotados?
Exigir una investigación rigurosa para que su honor quede limpio.
¿Qué les queda por hacer a las fuerzas armadas argentinas en el futuro?
Recluirse cada noche en sus cuarteles y abominar de la polÃtica.
¿Cuál serÃa su mensaje para los generales británicos?
Esos generales no requieren consejo alguno. Cumplieron con su deber: reconquistar las islas. Sé que a ninguno se le ocurrirá intervenir en la cosa pública. Repatriaron a diez mil argentinos.
¿TendrÃa un mensaje para los padres de los soldados muertos?
No un mensaje; un asombrado y dolido pésame. He sentido mucho esas muertes tan arbitrarias, tan inútiles, en una guerra que hubiera sido tan fácil no inventar. Merecen la elegÃa y la lágrima.