Francisco, el Papa de los zapatos gastados y el coraz贸n abierto
El hombre que incluy贸, el que desafi贸 la estructura, el que nos devolvi贸 la pertenencia. Despu茅s de 茅l, nunca seremos los mismos.
Hace un a帽o se muri贸 Jorge Mario Bergoglio. El Papa Francisco. Y no fue solo la muerte de un Papa. Fue otra cosa. M谩s 铆ntima. M谩s dif铆cil de explicar.
Como si se hubiera apagado una voz que, por primera vez, no te hac铆a sentir afuera. Porque muchos ya nos hab铆amos ido. No de Dios, de la Iglesia.
De la culpa, del dedo que se帽ala, de los lugares donde parec铆a que siempre estabas mal, donde siempre faltaba algo para merecer creer. Y sin embargo, la fe... La fe quedaba ah铆, como un resto. Como una deuda. Como una nostalgia rara. Como una necesidad que no encontrabas d贸nde poner.
Y entonces apareci贸 茅l. Un argentino. Otra vez un argentino haciendo l铆o por el mundo. Uno que hablaba como nosotros, que tomaba mate como nosotros, que miraba como nosotros. Y empez贸 a decir cosas que no cerraban con lo que nos hab铆an ense帽ado. "Es mejor ser ateo que un mal cristiano". 驴Qu茅 Papa dice eso? 驴Qu茅 Iglesia se anima a decir que el problema no es -no creer-, sino vivir sin humanidad?
Ah铆 empez贸 a pasar algo distinto. Gente que no pisaba una iglesia volvi贸 a escuchar. No por obligaci贸n. Por curiosidad. Por algo que se mov铆a adentro. Porque de repente la fe dejaba de ser un mandato y empezaba a parecerse a otra cosa. Cuando dijo "C贸mo me gustar铆a una Iglesia pobre y para los pobres", no era una frase linda. Era una toma de posici贸n. Era ponerse del lado de los que siempre quedan afuera. Era decir que la fe no sirve si no modifica la vida concreta.
Desconfi茅 al principio, no voy a negarlo. Hasta que lo escuch茅 decir que "Toda persona es hijo de Dios. Dios no rechaza a nadie, Dios es padre. La Iglesia no puede cerrarle la puerta a nadie." Y ah铆 doli贸. Doli贸 mucho. Despu茅s san贸, claro, pero antes doli贸.
Porque con esa declaraci贸n vinieron los recuerdos, los traumas, el dolor por sentir, por amar, por decidir, por ir en contra de esa corriente que impon铆a la falsa moral que ejercen para asustarte. Muchos se fueron justamente porque les cerraron las puertas. Porque les hicieron sentir que no eran parte. Porque nos hicieron creer que 茅ramos pecadores s贸lo por existir. Porque nos dijeron que as铆 como 茅ramos no alcanzaba para Dios.
Y un d铆a vino alguien desde el lugar m谩s alto de esa misma instituci贸n a decir lo contrario. A decir que s铆. Que entr谩bamos. Que siempre hab铆amos entrado. Francisco no cambi贸 la Iglesia. No la pudo cambiar. La instituci贸n sigue siendo dura, lejana, injusta.
Pero 茅l hizo algo m谩s dif铆cil: la expuso. La incomod贸 desde adentro. La oblig贸 a mirarse. Y en el medio, nos devolvi贸 algo que parec铆a perdido: una fe sin culpa, sin miedo. Una fe que no te exige perfecci贸n para existir.
Tambi茅n habl贸 de lo que molesta: Tierra, techo y trabajo. Y lo dijo as铆, como qui茅n no quiere la cosa. Y vaya que la quer铆a. Tierra, techo y trabajo. No como consigna. Como condici贸n m铆nima para vivir con dignidad.
Y ah铆 tambi茅n fue inc贸modo. Porque puso a la Iglesia a hablar de lo que muchos prefieren no hablar. De lo que no entra en discursos politiqueros baratos.
Hace un a帽o en cada rinc贸n del mundo, en parroquias humildes, en prisiones, hospitales y en las calles m谩s olvidadas, lloramos su partida. Y s铆, el mundo sigui贸. Pero perdimos algo: Una forma de hablar que no te aplastaba. Una forma de amar que no te expulsaba. Una forma de creer en Dios que no te hac铆a sentir en falta todo el tiempo.
Tal vez por eso duele distinto. Porque no era solo un Papa. Era alguien que, incluso para los que dudamos, para los que seguimos desconfiando de la instituci贸n, hab铆a logrado algo rar铆simo: hacernos extra帽ar la fe. Y cuando te hacen extra帽ar la fe, ya no volv茅s a ser el mismo.