Las mujeres hablamos cuando podemos
Buena parte de la sociedad cuestiona y revictimiza a las mujeres en lugar de enfocarse en el violento, ignorando que el miedo y el trauma dificultan la denuncia.
Cada vez que una mujer denuncia a un hombre poderoso ocurre el mismo fenómeno. No importa si es dirigente, empresario, artista, director de teatro, periodista o referente. Tiene poder y ese poder es dado en gran medida por su condición de varón.
No importa cuánto tiempo haya pasado, no importa cuántas mujeres hablen. La primera pregunta jamás es ¿qué hizo él?. Nunca.
Por el contrario, la primera pregunta siempre es ¿por qué no hablaste antes? Y la segunda ¿Por qué tardaste? y la tercera ¿Por qué no denunciaste antes? y la cuarta, la quinta, la sexta, etc, es ¿Por qué seguiste ah� ¿Por qué no gritaste? ¿Por qué no te fuiste? ¿Por qué eh? ¿Por qué? Tan inteligente que sos. Tan feminista que sos.
Las preguntas siempre caen sobre la vÃctima y los cuerpos de las mujeres. Nunca sobre el violento. Y sin embargo la respuesta es bastante simple: porque el miedo existe, porque el poder existe, porque la violencia existe.
Porque denunciar a un hombre que te violenta es de las cosas más difÃciles y traumáticas que hay. Porque cada vez que repetÃs la historia no la recordás, la volvés a habitar y volver a habitar el dolor y el miedo va deteriorando tu cuerpo, tu mente, tu salud. Y mirá que nos la hacen repetir cada vez que tienen la oportunidad, a ver si hay alguna falla en el discurso, a ver si inventamos, a ver si los convencemos, contándolo por vez número mil.
Hay hombres que construyen alrededor de sà mismos un blindaje acompañados por el silencio y la complicidad de estructuras machistas. Prestigio, contactos, admiración, militancia, aplausos.
Y entonces aparece la trampa más perversa de todas: la del "hombre bueno". Porque hay hombres que ayudan a la gente, que organizan, que levantan proyectos, que trabajan en barrios. Todo eso es real. Todo eso pasa. Pero aún asà pueden ser violentos. Las dos cosas pueden coexistir.
La militancia de los miles y miles de compañeros y compañeras de "La Garganta Poderosa" en los barrios populares es sublime, humano y ejemplar. Ninguna actitud de un dirigente puede manchar nada de todo lo conquistado para los humildes de nuestra patria. Yo misma he participado en actividades de la organización y el trabajo es inmenso. Abrazo a todos los trabajadores y trabajadoras.
Cuesta aceptar que ambas cosas puedan coexistir porque nos gusta pensar el mundo como una pelÃcula simplista donde los buenos son completamente buenos y los malos son completamente malos, pero no es asÃ. Un hombre puede hacer cosas valiosas para la comunidad y al mismo tiempo destruir mujeres en la intimidad. Esto que salió a la luz en estos dÃas es el ejemplo perfecto. Y cuando eso sucede, las mujeres suelen cargar con una responsabilidad imposible.
Hablar. Callar. Esperar. Sobrevivir.
Mientras los demás opinan desde la comodidad de no haber estado ahÃ, tenemos que soportar que nos tilden (a las que sabÃamos que esto pasaba) de colaborar con el "silencio cómplice". Esto también es violencia, violencia mediática patriarcal y machista que pone en nosotras la responsabilidad de que se sepan las barbaridades que hacen algunos varones. ¿Silencio cómplice? Silencio cómplice las pelotas. Porque el supuesto "silencio cómplice" no es respetar el pedido de una mujer aterrorizada, no es guardar una identidad, no es acompañar a una vÃctima hasta que pueda hablar. Eso tiene otro nombre: cuidado, respeto, sororidad.
Cuando una mujer dice "no puedo contarlo", no necesita fiscales berretas de programas y redes sociales. Lo que necesita es tiempo porque las mujeres denunciamos cuando podemos, hablamos cuando podemos, pedimos ayuda cuando podemos, a veces podemos años después y a veces no podemos nunca. Y sigue siendo válido. Sigue siendo verdad.
Por eso hay algo profundamente obsceno, en ver cómo algunos hombres se desesperan por proteger reputaciones mientras las mujeres intentamos protegernos entre nosotras.
Creerles a las mujeres no es dictar una sentencia ni condenar sin corazón. Es algo mucho más básico: es dejar de tratarlas como sospechosas, es entender que nadie atraviesa el miedo, la vergüenza, la exposición y el escarnio público por diversión. Es comprender que detrás de cada denuncia hay una historia que costó muchÃsimo poder contar.
Por eso, cuando las mujeres hablan, yo sé de qué lado quiero estar: del lado de las que tardaron años en animarse. No del lado de los que tardaron años en escuchar.
Nobleza obliga, reconozco y agradezco a aquellos hombres que estando al tanto de estas situaciones dieron un paso al costado, cortaron vÃnculos con estos violentos y le creyeron a las mujeres. Gracias compañeros.
Y a las que tardaron años en hablar. A las que todavÃa no pueden. A las que creen que nadie les va a creer. A las que siguen teniendo miedo. Sepan que no están solas.