Cómo vivÃan, qué comÃan y qué vestÃan los hombres que hicieron la Revolución de Mayo
Los protagonistas del 25 de mayo de 1810 no eran héroes de bronce: eran abogados, comerciantes y militares que dormÃan en casas sin luz eléctrica, tomaban mate antes de las reuniones del Cabildo y usaban peluca. Una radiografÃa de la vida cotidiana en la Buenos Aires que cambió la historia.
El 25 de mayo de 1810, mientras en la Plaza Mayor se definÃa el destino polÃtico del Virreinato del RÃo de la Plata, la ciudad que rodeaba ese momento histórico era un lugar muy distinto al que cualquier argentino contemporáneo podrÃa imaginar. Buenos Aires tenÃa entre 40.000 y 45.000 habitantes, sus calles eran de tierra -polvorientas en verano, fangosas en invierno- y no habÃa luz eléctrica, agua corriente ni cloacas. Los hombres que protagonizaron la Revolución de Mayo vivÃan, comÃan y se vestÃan en un mundo que mezclaba la austeridad colonial con las aspiraciones de una elite criolla que miraba con fascinación hacia Europa.
La ciudad se organizaba alrededor de la Plaza Mayor -hoy Plaza de Mayo- y el Cabildo, que era a la vez sede del gobierno local, cárcel y punto de encuentro de la vida pública. Las casas de la elite, como las que habitaban Cornelio Saavedra o Manuel Belgrano, eran construcciones de un piso edificadas en torno a un patio central, con paredes de adobe, techos de teja y pisos de ladrillo. La iluminación era a vela o con lámparas de grasa animal. El agua la traÃan vendedores que la cargaban desde el rÃo en barriles sobre carretas.
Qué habÃa en la mesa de los revolucionarios
La alimentación de la Buenos Aires de 1810 era carnÃvora por naturaleza y por geografÃa. La carne de vaca era tan abundante y barata que constituÃa la base de casi todas las comidas. El puchero -un guiso de carne hervida con verduras y legumbres- era el plato cotidiano en casas de cualquier nivel social. El locro, de origen andino y prehispánico, era una comida festiva y popular en los meses frÃos. El asado existÃa, aunque sin la ritualidad que adquirirÃa con el tiempo.
El mate era omnipresente y transversal a todas las clases sociales: se tomaba a toda hora, en reuniones polÃticas y en los domicilios particulares. Entre la elite también era habitual el chocolate caliente, consumido como sÃmbolo de refinamiento. El vino llegaba desde Cuyo y el aguardiente de caña era el trago popular. El pan era relativamente escaso: el trigo no sobraba en el litoral y su precio variaba según las cosechas.
Cómo se vestÃan y cómo se presentaban en público
La ropa de los protagonistas de la Revolución era un reflejo de sus aspiraciones culturales. Los hombres de la elite criolla -abogados como Juan José Castelli o Juan José Paso, militares como Miguel de Azcuénaga- usaban casaca de paño oscuro, chaleco, pantalón ajustado hasta la rodilla, medias y zapatos con hebilla. Las pelucas empolvadas, moda extendida a lo largo del siglo XVIII, estaban cayendo en desuso hacia 1810 aunque todavÃa se las usaba en actos formales. El sombrero de tres picos era el accesorio masculino por excelencia.
Las mujeres de la elite vestÃan con influencia de las modas europeas del perÃodo: vestidos de talle alto, telas livianas y colores claros. Las mujeres de sectores populares usaban géneros más rústicos, con colores más apagados y formas más simples.
Fue en esos dÃas de mayo cuando comenzó a extenderse el uso de la escarapela celeste y blanca como señal de identidad criolla -aunque historiadores debaten las fechas y los colores exactos de su adopción temprana-, en contraposición al rojo de la escarapela española. Lo que es indudable es que algún tipo de distinción visual entre criollos y realistas ya circulaba en esas jornadas y que ese gesto simbólico fue el germen de la identidad que estaba naciendo.