Crónica, en la mágica y misteriosa pirámide de Kefren
Crónica Fenómenos Paranormales Una periodista recorrió el Valle de los Reyes de Egipto y se sumergió en este mundo distinto para asà poder contarlo y describir sus sensaciones.
Por Karina Limura
paranormales@cronica.com.ar
No todos los dÃas se tiene la oportunidad de poder viajar hasta una de las regiones con más historia en la evolución del ser humano en la Tierra. Tampoco son muchos quienes tienen la inmensa posibilidad de recorrer sitios sagrados, monumentos que se levantan mudos, pero que impresionan, y que muestran un pasado para muchos inexplicable, para otros insuperable, y la para cientÃficos e investigadores, uno de los lugares más deseados de recorrer.
SÃ, el sitio elegido es Egipto, con todo ese enigma que lo rodea, y las pirámides, el periplo a recorrer. Hasta allà llegó Crónica. En parte, en modo turista, en gran medida, para descubrir otro mundo. Y también para contar, lo que se ve y se siente en un lugar donde el misterio, el temor y la oscuridad contrasta con el sol arrasador que ilumina cada dÃa. A contar se ha dicho.
La tormenta
Lo primero que uno debe saber cuando se va al desierto y se planea -el primer dÃa- ir a las maravillosas y tan famosas pirámides egipcias, es que no siempre es posible. Porque algo inesperado sucedió aquel dÃa en el camino. Es que aquel mediodÃa, tras el almuerzo, y una vez en la puerta de salida del restaurant, a solamente cien metros de las majestuosas pirámides, lo único que se podÃa observar era un panorama decididamente de tonalidad naranja, con viento y arena volando. No se entendÃa qué estaba pasando.
¿PodÃa ser posible que no se viera una estructura en pico que mide más de 140 metros de alto y 250 de ancho? La sensación de inmovilidad, desconcierto y preocupación se puede palpar. Se comprende fehacientemente que se está en el valle de los . Y que todas las historias que siempre se escuchan sobre momias y sus males, parecen reales. Obviamente, ese dÃa no hubo visita. Fue imposible debido a la tormenta de arena, que iba a impedir cualquier intento. Pero el hombre se tropieza dos veces con la misma piedra. Y el segundo no tardó en darse. El dÃa tan esperado habÃa llegado, y esta vez sà se podÃan ver, ya ha bÃa pasado la tormenta de arena. Entonces, entre camellos, caballos y hombres con turbantes se inició la caminata hasta una de las entradas de las pirámides, la de Kefrén, el cuarto faraón de la dinastÃa IV.
Adentro mi alma
Aunque todo el lugar parece magnificente, la entrada es muy angosta. Apenaspuede pasar una persona y la altura es como para un nene de 6 años. Asà que no quedaba otra que inclinarse y entrar a ver al faraón, en forma de reverencia. El camino puede parecer el más largo en la vida de una persona, no por la distancia, sino por todo lo que se vivencia en esos 10 minutos en el interior de la pirámide.
Es que apenas se dan los primeros quince pasos, el corazón comenzó a latir más rápido de lo normal y se siente una correntada de viento que pasa desde lo más profundo, donde se encontraba la tumba del faraón, y que sigue hasta la salida. Confesar ciertos temores y la necesidad de valentÃa para seguir no da pudor. Es que uno quiere ver que está pasando, po lo que se debe seguir caminando hasta que se tope con unas rejas de costado, donde se halla otro camino que entonces estaba bloqueado al paso. Al iluminar con la linterna del celular y a pesar del miedo que uno siente, la curiosidad es mayor.
AsÃ, al alumbrar hacia esa gran garganta negra, a la espera de que haya figuras o algún tipo de pinturas, se entremezclan los sentimientos de terror, parálisis y a la vez nerviosismo. Enseguida, otra vez ese viento frÃo y húmedo volvió a pasar por sobre los hombros, y para decepción, en ese lugar solo habÃa un jarrón. Sólo un jarrón. Sin ver nada más, y en medio de un camino descendiente, tornasolado entre sombras y luces, no se tarda demasiado en llegar a la tumba. El camino comenzó a hacerse más angosto y más bajo. Faltaban apenas 6 metros para llegar al objetivo, pero mientras algunos no podÃan respirar, como si les faltara el aire (algo que experimentó quien escribe estas lÃneas), otras, en cambio, que iban adelante no padecÃan ese mismo pro blema. ¿Miedo escénico quizá? Imposible descubrir esas sensaciones.
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La tumba
Al llegar finalmente al sitio exacto donde se encuentra la tumba de Kefrén, un hombre tapado hasta la cabeza con un turbante comenzó a mostrar las paredes escritas con las frases que representaban a cada dios, para poder entrar al otro mundo. Al mundo de los muertos. IncreÃblemente, ese lugar es un cuadrado de 5x5 aproximadamente, y sÃ, en ese “cuadrado” se percibÃa una extraordinaria energÃa, como que habÃa mucha más vida de la que uno se puede imaginar. En la tumba ya no se encontraba el cuerpo de la momia del faraón (lo que no impide generar cierta aceleración cardÃaca). Sucede que ya habÃa sido trasladado al museo, que se encuentra a unos metros de ahÃ.
Cabe destacar que cuando uno se asoma a ver la tumba en la que habÃan enterrado al cuerpo, se repite esa extraña sensación: aparece el viento frÃo y húmedo, que parece salir de ahà definitivamente. No es un momento cualquiera: Cierto terror se apodera de los presentes, habida cuenta que el faraón (aunque embalsamado) sigue ahÃ. El egipcio del turbante enorme sobre su cabeza no perdió en ningún momento una mirada penetrante, fija, y abrió sus ojos como asintiendo que era real la presencia del monarca. Se siente entonces una marcada necesidad de salir rápido de ese sitio.
No hay una explicación, hasta que el egipcio con su penetrante mirada da la razón a esas sensaciones, para enseguida señalar la frase de la pared. Es allà donde reza que las almas siempre permanecen vivas porque encuentran la eternidad. Claro que antes de salir del lugar, con coraje llegan las fotos junto a la tumba y a la frase, ntes de retirarnos del lugar nos sacamos unas fotos junto a la tumba y la frase, donde se puede observar que en la pared, a pesar de que la tapa del ataúd es plana, su sombra tiene forma de cuerpo. Entonces sà el miedo parece “empujar” hacia afuera.
Esa momia
Ingresar a un sitio y ver cuerpos de hace 3.000 años atrás es inenarrable. Al entrar a la sala apartada en el museo de El Cairo, que se mantiene a una temperatura estable para mantener a esos cuerpos de los Faraones y sus esposas, inmediatamente uno percibe un estado de shock muy intenso, y no es para menos. Los cuerpos estaban ahÃ, tal cual los habÃan dejado los sirvientes al embalsamarlos para que lleguen al otro mundo. Tutankamon, Ramses II, Nefertiti, Ramses III, entre muchos otros se encontraban ahà en frente de quienes recorren el lugar y resulta impresionante, porque siguen manteniendo las uñas, el pelo y hasta los dientes. Todo sigue tal cual como en los 50 a.C. Esto impresiona y paraliza a cualquiera, incluso aquellos que se fueron preparando para semejante experiencia Los cuerpos se mantienen en un estado increÃble y con muy poco deterioro. Eso sorprende, y de alguna manera impresiona. Muchos aseveran que, una vez que visitaron esas tumbas, ya sus vidas no han sido las mismas. Y algo de eso hay.
Saqueos e instrumental
Si las momias están bien conservadas, en cambio no puede decirse lo mismo de las pirámides, que fueron saqueadas por los ingleses, una vez que pudieron acceder al interior de las mismas. Los encargados de vigiliar el sitio sagrado afirman que fueron aquellos ingleses quienes quitaron las puntas de oro macizo que los dioses utilizaban para poder viajar al más allá. Y no solamente se las llevaron por el valor monetario de estas, sino porque decÃan que por medio de la cima de las pirámides los faraones transmitÃan a su pueblo un tipo de energÃa (Quizá esa misma “energÃa” que los sumió en extraños hechos que, en su gran mayorÃa, llevó a la muerte a aquellos inescrupulosos saqueadores)
Por otra parte, se sabe que los antiguos egipcios fueron los primeros en inventar las tuberÃas de agua para poder repartir a lo largo de los grandes templos en los que vivÃan; como asà también fueron los primeros en crear las herramientas quirúrgicas conocidas hoy en dÃa, ya que las utilizaban para embalsamar a los faraones. En más de dos templos se pueden contemplar las imágenes de los instrumentos, que se encuentran talladas en las paredes de los pasillos y en algunas se mantienen coloreadas.
El final
La experiencia, única, enriquecedora, no deja de ser una enorme enseñanza, no exenta de sustos, sorpresas, sobresaltos, incredulidad y bastante miedo. Aunque, el recorrido, para muchos atemorizador, deja la sensación (o la necesidad) de querer volver. ¿Serán los dioses?