Pasa en las mejores familias y también ocurre en el fútbol. Muchas parejas viven momentos de felicidad hasta que un día se genera un quiebre que provoca un abrupto alejamiento; algo similar le había ocurrido a la Selección Mayor de Argentina, que se había acostumbrado a convivir con el éxito hasta que el 4 de julio de 1993 se terminó la relación. Ese día Gabriel Batistuta gritó con euforia los dos goles convertidos en la final al difícil México y Oscar Ruggeri levantó el trofeo sin imaginar lo que vendría después. La gloria se divorció de los colores celeste y blanco durante casi tres décadas, pero 28 años después volvió a gritar campeón. En la Copa América de Brasil, la "Albiceleste" doblegó al anfitrión para desatar la euforia del pueblo argentino, que de una vez por todas pudo ver sonreír a Lionel Messi.

La historia o el destino, al parecer, lo quisieron así. Desde la Copa América de Ecuador 93, año en el que Alfio Basile comandaba los destinos deportivos, la convivencia del seleccionado con los campeonatos oficiales fue tediosa y sólo acumulaba frustraciones. Desde ambos lados trataron de generar una reconciliación, pero en el momento cúlmine siempre pasaba algo: Chile cortó con la dulzura en dos finales de Copa América; casi a la par Alemania impidió en Brasil que Argentina volviera a sonreír en 2014. Y justamente en este 2021 la Selección volvió a la tierra verdeamarelha con el objetivo de dejar atrás tanto calvario, lográndolo con creces.

Si bien en este país generalmente nos aferramos a los extremos, existía una tendencia que indicaba que la Selección no llegaba como la principal favorita pero tampoco aparecía en la nómina de “posibles fracasos”. Era simplemente un equipo competitivo y en reconstrucción, con un entrenador que soñaba con lograr un título que lo apartara de los cuestionamientos diarios y con un Messi diferente. ¿Por qué la Pulga atravesaba un momento distinto? Porque posiblemente era el primer torneo a nivel selecciones que arribaba sin sentirse tan cómodo en Barcelona (finalmente pasó a PSG).

Para colmo, la generación dorada se encontraba en el ocaso y, en paralelo, aparecían nuevos jugadores con la ilusión de rodearlo mejor, pese a no tener una relación de amistad fuera de la línea de cal. Así y todo, fue un histórico el dueño de la locura final: el 10 de julio, con un golazo del siempre cuestionado Ángel Di María, Argentina le ganó 1-0 a Brasil en el Mítico Maracaná.

Los conducidos por Scaloni iniciaron la competición con una igualdad (1-1) ante Chile que les supo a poco. Pero más tarde ofrecieron actuaciones más convincentes ante Uruguay y Paraguay (ambos 1-0) y la goleada (4-1) ante Bolivia. En los cuartos pasaron algunos momentos de zozobra contra Ecuador pero justificaron el pase de ronda con la victoria (3-0) y el duelo en el que más angustia soportaron fue el posterior, frente a Colombia, cuando no consiguieron cerrar el pleito en los 90 minutos reglamentarios y recurrieron a los penales -con el inolvidable desempeño de Dibu Martínez- para clasificarse a la final. En el partido definitivo, la historia es conocida... 

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