@Rfilighera

La posibilidad de realizar una de las obras fundamentales de la historia de la dramaturgia universal es un hecho auspicioso que engloba lo artístico, lo literario y lo emocional. En este caso, "Hamlet", de William Shakespeare, es una de las grandes maravillas del mundo escénico, que se introduce en los diferentes vericuetos de la condición humana tales como el amor, el odio y la traición; siempre vigentes.

Así dadas las cosas, "Hamlet" reaparece en las tablas porteñas y perseguirá vengar la muerte de su padre, príncipe de Dinamarca, en manos de Claudio, su tío. Este episodio desencadenará el desarrollo de una trama que se podría encuadrar en el género policial negro. Se darán cita ambiciones desmedidas, sexo furtivo, corrupción, mentiras, engaños, poder y traición. A todo esto, la reina Gertrudis se casa con el tío asesino. Inmediatamente, van a aparecer las intrigas palaciegas llevadas adelante por Polonio.

En tanto, Ofelia y Laertes, los hijos de Polonio se van a constituir en otros ejes de una historia en donde la venganza es el verdadero leit-motiv. Es decir, el protagonista tiene la idea fija de matar a su tío pero, a su vez, deberá probar que se trata efectivamente del asesino.

En cuanto a las actuaciones, Joaquín Furriel es uno de los mejores Hamlet que hemos visto sobre un escenario o una pantalla. El intérprete bucea en la mente del atormentado personaje desde la razón pero aún más desde la generosidad de un esfuerzo que no admite contemplación alguna durante las tres horas que dura el espectáculo. En tanto, los aportes de Luis Ziembrowski, Belén Blanco, Marcelo Subiotto, Claudio Da Passano, Eugenia Alonso, Agustín Rittano, Germán Rodríguez, Mauricio Minetti, Pablo Palavecino, Agustín Vásquez y Lalo Rotavería, generan composiciones contundentes en los dibujos de cada personaje.

La dirección de Rubén Szuchmacher privilegia la identidad del texto y lo asume con rigurosidad en el concepto, en las ideas, en las convicciones. Sin embargo, la puesta escena no condice con el objetivo general de la propuesta en sí. El escenario es una sala de representación con sus respectivas sillas donde se desarrolla, en determinado pasaje, la pieza que Hamlet ha creado y que pretende poner en jaque y presionar a su tío devenido en asesino. Pero esta escenografía quizá no ayuda a acompañar el mejor clima de tensión y garra dramática que la historia necesita.

Por momentos, nos hace recordar el querido salón de actos de la escuela primaria. Por otra parte, que no haya micrófonos ambientales en la estructura del escenario obliga a los intérpretes a un ejercicio de dicción y sonoridad muy generoso para que sus respectivos discursos puedan ser recepcionados, de la mejor manera posible, en la última linea de butacas. Decisiones estéticas y técnicas loables, por cierto, cuyo análisis merecen otro tenor.