M ientras aún se mantiene fresco el dolor de los familiares, allegados y la sociedad por el caso del submarino "ARA San Juan", hundido hace casi tres años con 44 tripulantes a bordo, en otro punto del planeta, Rusia, hoy recuerdan con la misma tristeza y desazón los 20 años de lo ocurrido con el "K-141 Kursk", que terminó con 112 personas en el fondo del Mar de Barents.

En ambos casos aún hay muchas preguntas sin respuestas, desde por qué pasó, el retraso de los gobiernos en comunicar lo ocurrido, el trato con los familiares o cuáles fueron las fallas por las que tantas vidas se perdieron en el mar, y tal vez ni el tiempo pueda ayudar a saciar esa necesidad de información.

En el caso del submarino nuclear construido en 1990, en el epílogo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, era de los más modernos que poseía la Armada, de hecho fue botado en 1994 y en el momento de la tragedia tenía seis años de uso. Por eso no se entiende mucho por qué ocurrieron las dos explosiones que lo hundieron en cercanías de la costa.

La nave Clase Oscar-II partió con 112 tripulantes (44 oficiales y 68 marineros) y formaba parte de un importante ejercicio de entrenamiento naval, en el cual estaban involucrados cuatro submarinos de ataque, aeronaves, el portaaviones "Almirante Kuznetsov" y el buque insignia de la flota rusa "Pyotr Velikiy" ("Pedro el Grande"), además de una flota de pequeños barcos.

Ya en pleno Mar de Barents y con la mañana del 12 de agosto de 2000 a pleno, el capitán del navío Gennady Lyachin calculaba la geometría final y en el momento de realizar los disparos que estaban previstos en el ejercicio, un torpedo HTP en mal estado explotó y reventó la proa del submarino, matando a varios tripulantes de manera instantánea.

Sin embargo, dos minutos más tarde, se produjo una segunda detonación en la zona donde estaban los torpedos y destruyó los cuatro compartimentos delanteros; de hecho, esa detonación tuvo un sacudón equivalente a un sismo de 3,5 en la escala de Richter.

El dramatismo se hizo más presente en la popa de la mole de metal, ya que en el noveno compartimento sobrevivieron 23 hombres, aunque sin calefacción, luces, comunicación o ventilación, que alcanzaron a apagar los reactores nucleares evitando un mal mayor para ellos y para la vida exterior.

Casi intuyendo el final de sus vidas, algunos de esos hombres comenzaron a hacer anotaciones de lo ocurrido, escribieron cartas a sus familias y hasta relataban lo que pasaba dentro de la nave mientras el oxígeno se terminaba.

Se tardó algunos días en contarle al mundo lo que había pasado, así como también el pedido de ayuda internacional que era necesario para rescatar los cuerpos de esos hombres, hasta que el 21 de agosto buzos británicos y noruegos abrieron la escotilla inferior, y lograron sacar 109 cadáveres del interior del submarino ya que tres resultaron desaparecidos.

La nave fue finalmente reflotada en 2001 por un equipo holandés de la empresa Mammoet, que usó una barcaza Giant4, y llevada hasta el puerto de Rosljakowo, donde fue dejada en el dique flotante PD-50 para luego recibir tareas de desguace. En tanto, los reactores del submarino fueron llevados a la bahía de Sayda y fueron desactivados en 2003.

En tanto, mientras la polémica crecía, los oficiales rusos desmintieron que la nave llevara ojivas nucleares, pero eso será un misterio más, que sólo lo sabrán ellos y los tripulantes que dieron su vida por la nación.

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