Un rompecabezas para armar y una estructura operativa -varios testimonios de la época así lo afirmaban- prácticamente imposible de ser llevada a cabo por los protagonistas de la historia oficial: simples albañiles. Cabe señalar que el recordado dirigente nacionalista Guillermo Patricio Kelly había afirmado que la autoría de este entramado fue de alguno de los grupos comando que intervinieron, puntualmente, como células de apoyo y gestión durante los años de la última dictadura militar.

Precisamente, Kelly, en la antesala de la instalación de la democracia, había sido secuestrado por un grupo paramilitar comandado por Aníbal Gordon. ¿Quién era este oscuro y siniestro personaje? De delincuente común pasó a ser jefe del grupo parapolicial Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) entre 1973 y 1976. Luego, en la dictadura de Videla y compañía, lideró una patota que tenía su centro de operaciones, conocido como Automotores Orletti, en Venancio Flores 3519-21, esquina Emilio Lamarca, barrio de Floresta. Ese ámbito, cabe señalar, había sido creado por el represor general René Otto Paladino, uno de los fundadores de la Triple A y jefe de la SIDE y de la Superintendencia de la Policía Federal. Precisamente, Paladino decidió crear allí una base para que la banda de Aníbal Gordon pudiera operar con absoluta tranquilidad.

En este sentido, Kelly afirmó en sus memorias que en el momento de ser secuestrado, Gordon le dijo: "Mirá qué honor tenés, estás viajando en la misma camioneta que trasladamos a los Arata". Precisamente, Kelly afirmaba que Leonor Arata había tenido vinculaciones con Paladino, cuyo sobrino era el doctor Seissi. En este sentido, el dirigente nacionalista destacaba que Leonor mantuvo serios conflictos con Seissi y que ella lo amenazó con denunciarlo por comercialización de cocaína, venta de armas y tráfico de niños a Oriente. A todo esto, se destacó que en el barrio santiagueño de El Barrialito se había profanado la tumba de la doméstica Rosa Lezcano.

Por otra parte, antes del siniestro episodio, Mónica Arata había confesado a su círculo de amigas el gran temor de estar siendo vigilada y seguida por sujetos que viajaban en varios Ford Falcon. En consecuencia, la posibilidad firme de un ajuste de cuentas por parte de protagonistas de la dictadura militar cada vez cobraba mayor fuerza. A la cárcel, en tanto, habría ido un grupo de mano de obra como una suerte de pacto siniestro y nefasto urdido por las terribles patotas de los años de plomo.