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Qué pena tan grande. Este 7 de agosto nadie puede ir a San Cayetano a ofrendar, pedir, agradecer. Dolor. Los sacerdotes sobrevivieron a las vallas. Lo más triste que puede suceder en un santuario. Ellos están apenados. Cayetano, como si fuera de la familia, le llaman los argentinos.

Desde que nació el culto, en 1929, en el barrio de Liniers se hizo fuerte en la multitud. Se empezaba a gestar la crisis del 30. Desde entonces, todos se acercaban con el lema de "paz, pan y trabajo". La basílica siempre estuvo al servicio de los más necesitados. Miles de personas, en la actualidad, son asistidas con bolsas de trabajo, atención a las madres solteras, personas sin alimento o en situación de calle.

Bergoglio adoptó San Cayetano. Todos los años celebraba misa. Él sentía que su camino era ese: la religiosidad popular. Siempre en sintonía con la piedad del pueblo. Dedicaba horas a confesar y se entregaba de cuerpo y alma. Dejó un sello indeleble. Son miles y miles las almas tristes que no pueden peregrinar.

La tristeza humedece los corazones solitarios de San Cayetano. La primera misa que el padre Jorge ofreció fue el 7 de agosto de 1999, aún no era cardenal. De pronto, al finalizar, desapareció. Los curas, que todavía no lo conocían bien, pensaron que se había ido ofendido.

Nada de eso, estaba entre los fieles a pura charla, broma y bendición tomando mate. En una homilía dijo unas palabras que no perdieron actualidad: "Las obras sociales te pagan hasta acá. Después, con cafiaspirinas, querido. Morite, que sos viejo". El pueblo de Dios se sentía comprometido, contenido, amado. Esos millares de fieles, con una espiga en una mano y el póster de Crónica en la otra, no se sintieron huérfanos ante su ausencia por la labor titánica que llevaron adelante los sacerdotes, quienes son una sumatoria de pensamiento y práctica bergogliana.

Es frecuente verlos con el mate en el confesionario. Extrañan los promesantes, que es la palabra que identifica a quienes acampaban desde la avenida Juan B Justo para hacer la cola interminable por días para llegar a rezarle al santito. Es imposible imaginar cuántas cosas llevan en su corazón las personas cuando se acercan al santuario, un amigo de Jesús y de su pueblo.

A cada uno de quienes están leyendo esta nota, que muerden la angustia de no poder estar en Liniers, no olviden las palabras de  Jorge Bergoglio en su última homilía antes de ser Papa: "Qué despreciable es el que atesora sólo para hoy, el que tiene un corazón chiquito de egoísmo y sólo piensa en manotear esa tajada que no se llevará cuando se muera. Porque nadie se lleva nada. Nunca vi un cortejo fúnebre con un camión de mudanza. Mi abuela nos decía: la mortaja no tiene bolsillos".

Siempre fue y será un poeta de la Biblia: "La patria florece cuando vemos en el trono a la noble igualdad, como dice nuestro Himno nacional".