"Él es (Leonardo) Di Caprio y yo la pelirroja (la actriz Kate Winslet)", reflejó con ternura y gracia, Dora, mientras reproducía junto a su esposo Mario, aquella escena tan emblemática de la película " Titanic", cuando los amantes se paran en la proa del barco con los brazos extendidos, para las cámaras familiares, que se disputaban la imagen de una particular historia de amor.

Ambos están juntos desde hace más de 50 años, enamorados a partir de entonces y por lo tanto, anhelan casarse. Sin embargo, Mario tuvo un matrimonio anterior y para cumplir su sueño debe divorciarse, una instancia burocrática que ha postergado el deseo de la pareja.

En la localidad bonaerense de Virrey del Pino tiene lugar tan conmovedora muestra de amor entre Dora, de 72 años, y Mario, de 84. Justamente desde el rincón del partido de La Matanza parte frecuentemente la pareja hacia la localidad bonaerense de Banfield, para llevar a cabo los trámites de divorcio de Mario.

El hombre estuvo casado antes de conocer a Dora y para rubricar el matrimonio con su actual pareja, debe finalizar el primer vínculo por la vía legal. Para ello, emprenden un viaje de seis horas combinando diferentes transportes públicos desde la zona oeste al sur. Al respecto, la mujer reveló a Crónica que "yo estoy operada de la carótida (en el corazón) y mi marido es una hombre de edad avanzada, por eso nos sentimos cansados porque ya nos cuesta cada vez más realizar semejante trayecto".

Por si fuera poco, en las últimas horas, el trámite se demoró por la pérdida de un certificado y en consecuencia "nos mandan de un lugar a otro". Por esta razón, Dora reconoció, con marcada desolación, que "nos resignamos porque no lo quiero matar a él por tanto desgaste. Él se quiere casar pero no lo quiero perder por una demora burocrática. Nos cuesta todo tanto y no entendemos por qué tratan así a las personas grandes, con tanta frialdad".

El testimonio de la mujer expresa el pesar por la firme posibilidad de dejar trunco el anhelo que surgió cuando se lanzó el divorcio express. Un deseo que se enfocaba principalmente en hacerlo realidad frente a sus 30 nietos y la misma cantidad de bisnietos. En este sentido, la abuela y bisabuela reconoció que "queríamos hacer la ceremonia para que nos vean ellos, porque veíamos la necesidad de demostrarles que si los abuelos pueden, ellos también".

Sin embargo, por el reino de la burocracia sobre la falta de sentido común y la sensibilidad por cumplir el sueño de dos adultos mayores, ellos se consuelan ante la certeza de un sentimiento que puede más que un documento: "vivimos con tanto amor, que no necesitamos un papel, aunque hubiese sido lindo casarnos".