Por Alicia Barrios 
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Francisco nunca dijo que iba a venir a la Argentina. Lo primero que hay que saber es que el Papa hace lo que debe hacer. Nadie le impone nada. Decir que tenía ganas de venir en la conferencia de obispos argentinos en Roma no es lo mismo que "el año que viene voy".

Se especulaba con su visita para el 1° de abril por el aniversario de los 500 años de la primera misa que se ofició en San Julián. También para los cuatro siglos de la aparición de la Virgen del Valle en Catamarca. Él mismo se encargó de desmentirlo. Un trasnochado llegó a decir que el Papa tenía que estar acá para la asunción de la fórmula Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner. Un disparate, porque Jorge Bergoglio es el obispo de Roma.

El 8 de diciembre es el día de la Inmaculada Concepción de María. Luego la Nochebuena, Navidad, Reyes. Es impensado que el Papa no esté en el Vaticano en ese tiempo de Adviento. Otra ridiculez es firmar notas, con nombre y apellido, afirmando que visitó todos los países de Latinoamérica menos Argentina. Esto es falso. Todos los papas van por regiones: Chile y Perú son la Andina. Argentina y Uruguay -donde tampoco fue- son la del Plata.

Reencontrarse con su patria, cargarse de emociones para después tener que irse otra vez es demasiado. No sólo para él, que está cerca de cumplir 83 años y está más que cuidado, sino para cualquier mortal común y corriente.

Para el año 2020 tiene una agenda cargada de viajes. Irá a Sudán, entre tantos otros países. Vivió 76 años en Argentina, en los que se entregó al pueblo de Dios como lo está haciendo ahora. No nos olvidemos que Bergoglio tiene una profunda vocación de cura. No la perdió ahora, tiene el valor agregado del poder de un Papa. Por eso está cambiando la Iglesia.

Este tiempo que le toca vivir está contaminado por guerras, inmigrantes, refugiados, pobreza. Son tiempos diferentes. A los 76 fue Papa. Al ser elegido, tomó un tiempo para meditar luego del cónclave. Aceptó. Se sintió invadido por una paz infinita: la del Espíritu Santo, que hasta hoy no lo abandonó y le da fuerzas para seguir adelante. Él mismo comenta: esta paz no es la mía. Siente en cuerpo y alma la presencia del Espíritu Santo.

Una mirada más humana: el desarraigo. La decisión de quedarse en Roma, lejos de su lugar en el mundo, que es Buenos Aires, hay que tomarla, sostenerla. Nada fácil ha sido para él. Bergoglio sabe qué es el desprendimiento. Hay que seguir su ejemplo: aprender a soltar. Hay que verlo desde otro lugar.

Está impecable de salud. Ahora, reencontrarse con su patria, cargarse de emociones para después tener que irse otra vez es demasiado. No sólo para él, que está cerca de cumplir 83 años y está más que cuidado, sino para cualquier mortal común y corriente.