Por @marianodcerratto

En días difíciles por el fenómeno de la pandemia del coronavirus, la tarea que desempeñan los trabajadores de los quioscos de diarios, a quienes todos conocemos como canillitas, se vuelve fundamental. Crónica recorrió distintos quioscos de diarios y revistas de la ciudad de Buenos Aires y el conurbano, en donde los canillitas describieron como llevan adelante su tarea, el valor que tiene su trabajo y permanencia en sus barrios.

Graciela trabaja desde hace 41 años en un quiosco de diarios de Florencio Varela, al sur del Gran Buenos Aires, y explica que le tocó pasar "todo tipo de crisis" y estados de sitio "como el del 2001", pero logró sobrevivir a todos. "Yo le debo un montón a mis clientes. Muchos antiguos que ya son ancianos me compran mucho. Hay gente que no tiene cable también, ellos necesitan de los canillitas para poder hacer la tarea que les mandan a los chicos de los colegios", cuenta.

La situación de cuarentena la hace pensar en sus dos repartidores, que por precaución no se encuentran llevando a cabo las reparticiones de los diarios. En su lugar es su hijo quien se encarga de esa labor.

Patricia tiene su quiosco de diarios en Ramos Mejía y tiene un rol fundamental en su barrio. Hay vecinos a quienes ayuda a hacer "alguna compra por el barrio" antes de llevarles el diario y le piden ayuda para buscar notas o suplementos para las escuelas. "Nosotros les decimos a la gente que no venga y que nosotros se lo alcanzamos, para evitar que salgan. Si bien algunos nos quieren usar como excusa para salir, ya me quedan pocos rebeldes", cuenta entre risas.

El esfuerzo de los canillitas en estos días de confinamiento pasa por poder mantener las ventas a domicilio, frente al perjuicio que representa tener una menor circulación de personas en las calles, con el objetivo de brindarle información a la gente desde su casa. Guido es quizás el mejor ejemplo de esta premisa, ya que es ni más ni menos que el canillita personal del presidente Alberto Fernández desde hace 15 años, a quién le lleva los diarios todos los días desde su puesto en Puerto Madero hasta la residencia de Olivos.

Guido, el canillita del presidente, un show aparte en Puerto Madero.

"Aquellos que damos servicios esenciales brindamos la posibilidad a la gente de que se mantenga informada con el diario. Es indispensable nuestro servicio, porque damos la posibilidad de acceder a la información de los que están resguardados".

En el caso de Estela de Caseros, ella cuenta que se limpia "todo el tiempo" las manos y toma medidas de prevención como "colocar los diarios al revés" para que no pasen y le toquen las tapas. "Hay días que tenemos miedo, que tenemos una sensación rara, pero le ponemos el pecho y seguimos adelante. A la gente le ofrecemos a domicilio, le decimos que vamos a encontrar la manera de poder entregárselo".

En la misma línea, otros canillitas como Leonardo de Parque Patricios y Rubén de Villa Soldatti hacen hincapié en "cuidar a los ancianos" y "lavarse las manos después de tocar la plata".

El caso de Mauro de La Boca es diferente, al contarnos que al principió de la cuarentena cerró su quiosco para cuidar a su familia y a sus repartidores, pero que pocos días después decidió reabrir y seguir trabajando. "Este rubro y otros pocos tuvieron la posibilidad de seguir abiertos. Nosotros que tenemos esa posibilidad de seguir trabajando lo tenemos que intentar. A mis hijos decidí no verlos para protegerlos y se quedan con la madre. Hablamos solo por videollamada", explica el trabajador.

Mauro (izquierda) y Leonardo (derecha) dos canillitas porteños (Crónica/Nahuel Ventura).

El cierre de fábricas por la cuarentena y la baja cantidad de gente que circula por las calles por el confinamiento llevó a una gran merma en la venta de diarios al ciudadano de a pie, que en algunos casos llega a representar una caída del 50 por ciento. La incertidumbre pesa sobre el trabajo de los canillitas, que no tienen "caja" y se mantienen en estos días por suscripciones y por las entregas a domicilio, pero que no llegan a cubrir en muchos casos sus necesidades.

Orgullo. Ni la pandemia lo frena a Diego de San Telmo (Crónica/Nahuel Ventura).

"Las suscripciones se mantienen por los que están en la casa. El que venía de a pie e iba para el colegio al no haber gente afecta. Y también los bares que están cerrados me mataron", explica Diego del barrio de San Telmo, en tanto que Dardo de la ciudad de Quilmes sostiene que la merma en la venta también se debe a un "miedo infundado" a que el papel transmita el virus.

Para Luis del barrio de Pompeya la venta cayó " entre un 30 y 40 por ciento", aunque para otros como Cristian de Parque Patricios hubo una baja "de al menos el 60 por ciento", que lo obliga a hacer recortes en el hogar, aunque subrayó que siente que "no hay que aflojar".

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