Rodrigo Andrés Giménez es una de las tantas personas que, desde donde puede y con lo que tiene, ayuda a aquellas personas que más lo necesitan. En esta oportunidad, el joven de Mar del Plata no tuvo dudas en comenzar a dedicar su tiempo y energía para tratar de ayudar a un grupo de chicos fanático del fútbol.

Vecino del barrio Jorge Newbery, todas las tardes de cada martes y jueves, llega hasta el potrero ubicado detrás del estadio José María Minella para convocar a los niños de Villa Evita y guiarlos en un entrenamiento de fútbol que tiene como cierre una merienda comunitaria. Rodrigo contó que "les falta de todo, desde ropa hasta cariño".

Con lo que puede, trata de iluminar la vida de estos chicos que viven en una dura realidad a sólo unos pocos kilómetros del microcentro de la ciudad turística. "Junto a Martín Vallejos nos juntamos en el potrero y hacemos esto de corazón. Tratamos de no fallarles nunca porque los chicos la verdad es que están muy entusiasmados", reconoció este voluntarioso joven.

"Nos lo agradecen todos, porque saben que por un rato evitamos que los chicos anden por la calle en otra cosa y les damos una mano en el entrenamiento del fútbol. Ahora participarán unos 15 jóvenes, de entre 5 y 14 años", detalló Rodrigo sobre la escuelita de fútbol que lleva por nombre Los Pampas, nombre que hace referencia a un equipo de futsal que hay en el barrio.

Luego de una jornada de entrenamiento y de jugar con una pelota de fútbol, los chicos se reúnen para compartir una merienda. "Pedimos una mano a quién quiera ayudarnos. Por un lado no tenemos ni conos y jugamos con un arco solo. Que ahora incluso lo han roto. Y con la merienda vamos siempre improvisando, con galletitas y leche en polvo. Todo lo que sea para ellos será bienvenido", explicó Rodrigo.

Todos por Villa Evita
Los chicos de Villa Evita viven en una cruda realidad y, por suerte, hay varios vecinos que se comprometen a ayudarlos. Miguel es un cartonero que todos los fines de semana, junto a su esposa, cocina para las familias del lugar. Trabaja a cambio de mercadería para el comedor que montó en su humilde casa para asistir a los chicos que viven en el barrio.

"Me dedico a cirujear con el carro y el caballo. Limpio a la gente que me pide; antes les cobraba pero ahora les pido mercadería", explicó Miguel, quien con su esposa Graciela y sus tres hijos, montaron el lugar para recibir a los que más lo necesitan. Hace 10 años, la urbanización de Villa Evita es un proyecto que, todavía, nadie llevó a cabo.