por Matías Resano

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"Antes me conocían por el mal, pero ahora me conocen por darle lo poco que tengo a quien lo necesite". El testimonio, a modo de confesión, pertenece a Leonardo Murillo, cuya vida estuvo marcada por una pena en prisión, su reinserción en la sociedad y su profundo declive tras la pérdida de su mamá, razón por la que intentó quitarse la vida.

Sin embargo, decidió darse una nueva oportunidad y fue entonces cuando puso en marcha un lavadero en su propia casa, gracias a la solidaridad de quienes se conmovieron con su historia.

En sus 41 años de vida, Leonardo besó la lona y volvió a ponerse de pie, propio de sus experiencias completamente disímiles. Una juventud caracterizada por los malos hábitos que desencadenaron en una condena carcelaria, por una causa por robo. Parte de sus años los transitó en los penales de General Alvear y Sierra Chica, hasta que recuperó su libertad. Sin embargo, al poco tiempo debió superar un duro trance con el fallecimiento de su padre.

Es en ese instante que llevó adelante sus inicios con el lavadero, en su vivienda de Llavallol. Posteriormente se desempeñó como personal de seguridad en boliches y bares de Quilmes y Adrogué y, al mismo tiempo, recorría el país en bicicleta para entregar bienes de primera necesidad a las comunidades más postergadas.

Sin embargo, llegó la pandemia y, un mes después de decretarse la cuarentena, Leonardo, o como le gusta que lo llamen, "El Patón del Pueblo", perdió su empleo. Por lo tanto, implementó un vivero en su propia casa.

El vivero de Leo, una de sus tantas maneras de salir a flote.

Parecía que volvía a salir adelante, pero el 15 de agosto perdió a su mamá y todo se derrumbó. "Yo me morí con ella, en enero y febrero estaba destruido y en marzo ya no tenía ganas de nada, hasta que un día dije 'o me hundo o salgo adelante'", reveló El Patón.

El hombre confesó, en forma escalofriante, que "pensé en un momento mandarme una cagada, salir de caño, lastimar gente y hasta pensé yo pegarme un tiro en la cabeza, con una pistola en la mano". Aquella noche, en la que tomó su revólver para terminar con su vida, afortunadamente su cabeza se detuvo, tomó conciencia de la gravedad de lo que estaba por hacer, y "arrojé la pistola al inodoro, me abracé a la almohada y me puse a llorar. En ese momento me dije: 'Tengo que salir'".

Bajo esa meta, reabrió su lavadero, contando con la especial ayuda de quienes se conmovieron con su caso, como dos vecinos que le donaron una hidrolavadora y un pasacalle para señalizar su emprendimiento, y un delantal. Dicha iniciativa le permite subsistir, pero principalmente impulsa sus expectativas en esta oportunidad que se dio a sí mismo.

"Mis expectativas son salir adelante, consolidar el lavadero, volver a abrir el vivero y ser feliz. Para eso, me gustaría construir una familia, cumplir mi sueño de volver a viajar por todo el país, porque quiero ayudar a todo aquel que lo necesite". Una muestra de superación inédita, que Murillo argumenta en que "por algún motivo hay que luchar por algo, no sabemos qué es lo que viene, pero, si no lo vamos a buscar, no lo vamos a encontrar nunca".