@Rfilighera

La historia que ocupa estas líneas desglosa, seguramente, lo mejor y lo peor de la condición humana: el amor, la solidaridad, la contención y también el maltrato, el odio y la discriminación. La siguiente narración busca el intento de reconstruir la odisea que le tocó vivir a una perrita que, de la noche a la mañana, perdió a sus dueños y se vio inmersa en un recorrido cuya fatalidad fue comprobar, en primer término, el signo de la incomprensión y la maldad pero, como en las clásicas películas de Walt Disney, podemos adelantar que con final feliz. Es una historia que nos pone a prueba, en definitiva, sobre nuestra verdadera condición: ¿salvajes o humanos? Observaremos, a continuación, el calvario que le tocó vivir a la mascota (bautizada luego como Florcita), recorriendo varios kilómetros, portando una simbólica cruz en su cuerpo, trayecto en el cual, tren Sarmiento mediante, se vio sometida a patadas, gritos e insultos para ser despedida de esa formación, de manera nada humana, y comenzar así una peregrinación que tuvo, luego, perfiles de resurrección.

La historia, como se sabe, tomó expansión viral a través de las redes sociales. El video que circuló fue contundente en cuanto a las postales que se podían apreciar y que nos hicieron aflorar una gama de diversos sentimientos.

Florcita (tal como fue bautizada por su actual familia de tránsito) fue vista la noche anterior a los acontecimientos que señalamos en la estación San Antonio de Padua. Según lo aportado por varios testigos, la mascota se encontraba confundida, y queriendo estar lejos de los ocasionales transeúntes del lugar. La mirada de Florcita no dejaba lugar a dudas: estaba impregnada de temor; algunos afirman que la mascota pertenecía a una pareja de ancianos que tenían su residencia en las inmediaciones de Plaza Once.

¿Se escapó entonces de la casa de sus dueños? En derredor de esa angustia, todos los elementos lo hacen así probable. Florcita, en consecuencia, tras escaparse de su vivienda cruzó Plaza Once y se introdujo en la estación de trenes. La mascota, atosigada por una vorágine de sonidos altisonantes, pleno regreso de innumerables almas a sus respectivos hogares, no lograba tener orientación. El caos se hizo presente en sus sentidos; la gente que corre para no perder su tren, horario neurálgico de mayor tránsito; Florcita también corre y es atropellada, involuntariamente, por varios usuarios que no quieren perder su formación. La perrita presenta heridas en sus patitas, algunos se acercan para ayudarla pero ella, sorprendida por ese maremágnum imprevisto, sólo atina a escapar... rengueando y con mucho miedo. Ya superada por un deslumbramiento que sólo le provoca desconcierto, Florcita opta por meterse en uno de los vagones; la formación se llena y la mascota se acurruca debajo de uno de los asientos; la mayoría de la gente no percibe su presencia; el automatismo en ese horario es atroz, celulares y auriculares gobiernan a todo el pasaje que es transportado a sus destinos y también a mundos virtuales.

Florcita se encuentra debilitada, por momentos parece estar exánime, no encuentra respuestas físicas; está dolorida, triste y no comprende qué le ha sucedido realmente. No encuentra su casa y está, literalmente, perdida. Quiere dormir, lo intenta, pero no puede.

Arranca la formación y deja Once, las primeras sombras de la noche empiezan a extenderse como una suerte de manto inconmensurable; luego viene Caballito, Flores, Floresta, Villa Luro, Liniers, Ciudadela, Ramos Mejía, Haedo, Morón, Castelar, Ituzaingó, y en San Antonio de Padua, Florcita decide probar suerte y se baja: desciende y encuentra refugio a la vera de un gran árbol. Su presencia es registrada por varias personas. La temperatura es muy alta y conspira contra la salud de la mascota: en lo físico y en lo emocional. Se deja atrapar, en definitiva, por el sueño y el cansancio.

Arranca el día y Florcita vuelve a instalarse; está con hambre, sed y con fuertes dolores en todo su cuerpo; hace dos días que perdió el rumbo y no consigue ubicarse; sin embargo, trata de calmarse y no dejarse llevar por la desorientación. Sigue a varias personas, cruza en el sector de la barrera y corre hacia el andén con orientación a Plaza Once.

Ya dentro de la formación, y rengueando nuevamente, se recuesta cerca de la puerta. En Ciudadela sube una pasajera Norma Cejas, y al poco tiempo de percatarse de la presencia de Florcita, esta mujer estalla en broncas y odios como aquellos malvados y mefistofélicos personajes surgidos de la pluma de Charles Dickens. Un muchacho, Juan Garamallo sentado al lado de esta atribulada señora, defiende a Florcita ye, solamente, le advierte que no le ocasione más heridas a su ya extremadamente debilitado físico.

"¡Yo no quiero viajar con el perro!", grita de manera desaforada la mujer, a lo que el joven, sentado a su lado, le responde: "Bajate del tren, entonces". La irascible señora no ceja en su cometido: "¿Por qué no te bajás vos?". "¡Y sí... me voy a bajar!", agrega y continúa irascible: "¿Vos te creés que voy a continuar al lado tuyo?". Florcita vuelve a recibir maltrato y es pisada, otra vez. El hombre le dice: "Pará la mano... la estás cagando a patadas"... La mujer acota: "Bajate vos y llevala al veterinario"... El hombre le sigue contestando y la mujer alega que la insulta y lo empieza a llamar "violador, violador, violador... pedime disculpas".

A todo esto, un empleado del tren toma a Florcita y la tira en el andén de Flores como si fuera una bolsa de residuos; en tanto, un policía, sin mayores preámbulos, como en la etapa más álgida de los años de Videla y compañía, toma a Juan de uno de sus brazos y lo hace bajar sin explicación alguna... El tren, que permanecía parado desde hacía varios minutos, retoma su marcha y otras pasajeras van a fustigar luego a la iracunda mujer.

Florcita no entiende nada: no entiende el odio de esa mujer ni tampoco la actitud de los empleados de esa formación, tampoco el terrible gesto de la policía; todo es una verdadera pesadilla para la mascota.

Algunos de los pasajeros que reconocieron a la intemperante mujer, empleada del Hospital Ramos Mejía, se preguntan una y otra vez si aquella dama tiene el mismo trato que le destinó a Florcita con los pacientes y enfermos del citado nosocomio.

Florcita no logra encontrar respuestas ante tamaña violencia. Ella sólo quiere volver a su casa; cada vez expone mayor cansancio y estrés y se dirige, ahora, con rumbo desconocido. El sol pega cada vez más fuerte y la mascota lo siente. Florcita toma Yerbal, supera Floresta, en una verdadera maratón que tendrá destino en la estación de Villa Luro. Florcita prácticamente no tiene respuesta en su organismo. Está abrumada y agotada. Decide parar su recorrido.

Lucía y otras chicas, a través del Facebook, ubican a F Paslorcita y acuden al salvataje de la mascota, extenuada. En un principio, se enoja y muestra los dientes. ¡Es lógico! ó por muchas e incontrolables instancias y ya no confía en la condición humana. Sin embargo, el poder de persuasión de las chicas logra que Florcita se entregue a sus manos. La pesadilla había llegado a su fin y, como en las novelas del maestro Charles Dickens, la maldad cae derrotada, en definitiva, por la generosidad y las buenas intenciones.

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