Por Jorge Rodríguez
@jukisha

Más allá de todo debate político, tanto en el marco nacional como internacional, el gran desafío que tenemos los argentinos es tratar de que la gesta de Malvinas no quede en el olvido. El paso del tiempo, eficaz cicatrizante que cierra todo tipo de herida y, en algunos casos, no deja huellas de ella, actúa también sobre la historia. Seguramente esto no es un problema exclusivamente nuestro, habida cuenta de que el mundo se ha vuelto más light y hasta los sentimientos son descartables. Por eso, el recuerdo de lo ocurrido en el Atlántico Sur hace 36 años no puede ser ajeno a ninguna generación de argentinos.

La lucha contra la indiferencia es tal vez la gran tarea que tenemos todos, pelea que se sostiene día a día refrescando lo ocurrido y homenajeando a nuestros héroes. Habrá que rescatar entonces las muchas historias de vida que se escribieron entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982. Contar en la calle y en los colegios la valentía de un puñado de pibes que no estaba preparado para afrontar nada más ni nada menos que un guerra, con todo lo que el término conlleva. Reiterar hasta el hartazgo lo hecho por el recluta Poltronieri quien, con el arrojo como mejor arma, se paró frente a los ingleses y salvó la vida de 120 compañeros.

Es necesario fogonear lo sucedido, sin partidismos, con una verdad que entre sus ítems incluya que por esos días Buenos Aires parecía distante al enfrentamiento con las tropas británicas, con una ciudad que seguía con su vida habitual y un equipo nacional de fútbol que participaba del Mundial de España. Y, además, no estará mal comentarle a aquellos que deseen saberlo, que el accionar de nuestros soldados tuvo mayor reconocimiento de los enemigos que de los propios argentinos.