Por Florencia Golender
@flopa01

La visibilidad y exposición mediática de la lucha de las mujeres por la igualdad de derechos desplegaron un manto invisible que pesa cada vez más sobre el lenguaje de hombres y mujeres. “No se puede decir nada”, se suele escuchar últimamente, cual reclamo defensivo ante el señalamiento cada vez más común de comentarios misóginos y machistas. La aseveración es correcta. Ya no se puede hablar de esa manera sin que ocasione consecuencias al interlocutor.

Decir es hacer

En diálogo con Crónica, la lingüista y activista feminista Marina Cardelli explica en detalle la crisis que se produce en la sociedad al tomar conciencia del lenguaje sexista.

“El feminismo pone sobre la mesa lo que antes no estaba dicho y eso implica elegir y, por ende, es más difícil hablar de estos temas. Cuando hablamos realizamos una acción. Decir ‘puto’ significa discriminar. Decirle ‘el trava’ a una trava significa decir ‘sos varón’. Entonces lo que ya no se puede más es ser machista, ser misógino o misógina, ser violento o violenta contra las mujeres y que eso no traiga consecuencias”, afirma.

El punto de inflexión en el discurso social se evidencia en cualquier debate del ámbito cotidiano, en los medios de comunicación, así como también en los poderes del Estado. La discusión sobre la igualdad de derechos y el empoderamiento de la mujer está presente de una forma inédita y rupturista con el modelo vigente del patriarcado.

“Es verdad que ya no se puede decir nada que no sea lo adecuado. El problema es que decir también es hacer. Hablar ahora de esa forma es tomar partido y ser cómplice de una opresión a la mujer o de un silenciamiento. La acción de hablar está politizada. Lo grave es cuando alguien se hizo consciente de que eso que dice es lenguaje sexista, discriminador o violento y voluntariamente elige seguir diciéndolo”, señala Cardelli.

La defensa que aduce censura cuando alguien es “corregido” en su comentario machista se presenta cuando, en medio de un activismo feminista fuerte, constante, plural y con repercusión en los medios de comunicación, el autor del hecho siente que su postura es develada.

Tiempo de aprendizaje

“El que dice ‘ya no se puede decir nada’ -puntualiza la experta- no está hablando de la economía del lenguaje o de hablar con tranquilidad (sin censura), lo que quiere es seguir realizando las mismas acciones que antes. Está discutiendo en contra de la posibilidad de perder privilegios. Lo que no quiere es ser juzgado como misógino/a o comdiciendo lo mismo que dijo siempre, lo está siendo. Y eso produce crisis”.

La historia de las mujeres o de la diversidad es una historia de lo oculto, reducidas al ámbito privado, ausentes del espacio público. “Hay un terreno de lo no dicho, lo que no se dijo nunca, de lo que no nombrarnos. Entonces, cuando empezamos a ser nombradas y visibilizadas, eso trae problemas porque rompe con la norma de la lengua de lo decible en una época”, profundiza Cardelli.

En este sentido, la lingüista destaca la importancia de aquellos que tienen la responsabilidad de comunicar a niveles sociales más amplios: “Tienen la responsabilidad ética de hablar adecuadamente”, asegura, y continúa: “Sin recurrir al contexto para excusarse y, a su vez, reconocer los clichés sexistas que no hacen más que desviar la atención de la desigualdad y la violencia que sufren las mujeres".

“Hablar como machista es ser machista. El discurso es una práctica social y hoy hay un proceso político de concientización respecto de la igualdad de género. Cuando algo está muy visibilizado, ya es imposible ignorarlo. O decidís reproducirlo o decidís transformarlo”, concluye y esclarece Cardelli.

Glosario

Androcentrismo: visión del mundo que sitúa al hombre, su mirada e intereses en el centro del mundo y que conlleva el silencio, la omisión o la invisibilización de las mujeres.

Body shaming: acto de insultar o avergonzar a una persona por no tener un cuerpo normativo o que entre en los cánones de belleza establecidos.

Bropropriating: expresión inglesa que describe la situación en la que un hombre se apropia de la idea de una mujer (generalmente en un entorno laboral) llevándose el mérito como si fuese propia.

Brecha de género: distribución desigual de recursos, acceso y poder en un determinado contexto entre ambos géneros.

Consentimiento: acuerdo verbal que establece que las partes involucradas en una relación sexual lo hacen a gusto, de manera consciente, sana y sin coacciones.

Cosificación: acto de representar o tratar a una persona como un objeto no pensante que solo sirve para satisfacer los deseos del otro.

Cultura de la violación: sistema por el que la violación, a pesar de considerarse un problema social, se sustenta por la normalización de la misma y su aceptación en la sociedad donde se produce. Los mecanismos que fomentan la cultura de la violación son la culpabilización de la víctima, la normalización, embellecimiento y erotización de la violencia sexual y el alto nivel de despreocupación ante las agresiones hacia las mujeres.

Culpabilización de la víctima: actitud que aparece en relación con un crimen o un abuso, en el que se considera que las víctimas de ese suceso son parcial o totalmente responsables del mismo. Por ejemplo, ante una violación cuestionar a la víctima preguntándole cuánto había bebido, si coqueteó antes con el agresor o qué llevaba puesto.

Deconstrucción: ejercicio de evaluación personal en el que la persona se esfuerza por desaprender, identificar y eliminar las actitudes machistas a las que ha estado expuesta toda la vida.

Feminismo: ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres.

Feminazi: término peyorativo inventado para desprestigiar la lucha feminista. Lo popularizó el locutor de radio Rush Limbaugh, ligado al Partido Republicano en Estados Unidos.

Luz de gas: forma de abuso psicológico que consiste en que el maltratador hace creer a la víctima que está imaginando cosas con la intención de manipular la situación y ganar control. En términos feministas, esta situación se da cuando el grupo privilegiado hace creer al grupo oprimido que sus opresiones son “imaginarias”. Ejemplo: cuando una mujer está contando una situación de abuso y la gente a su alrededor le resta importancia: “Sos una exagerada / Te tocó un tarado / No todos los hombres somos así / No seas paranoica”.

Machismo: creencia de que el hombre es superior a la mujer y, por tanto, la mujer debe estar siempre supeditada al hombre.

Machismo internalizado: relativo a las mujeres o aliados que, habiendo sido educados y socializados en culturas machistas, perpetúan o adquieren ciertos valores, mensajes y actitudes típicas del machismo.

Mansplaining: expresión inglesa que describe la situación en la que un hombre le explica algo a una mujer asumiendo que los conocimientos que ella tiene sobre ese tema son inferiores o no son válidos.

Manspreading: expresión que describe una práctica realizada por algunos hombres en el transporte público que consiste en despatarrarse de piernas ocupando más espacio del que les corresponde.

Misoginia: odio y desprecio hacia las mujeres y, por extensión, todo lo que esté asociado con estereotipos tradicionalmente femeninos.

Patriarcado: desigualdad de poder entre hombres y mujeres que se traduce en la superioridad del varón en todos los aspectos de la sociedad.

Privilegio: serie de ventajas de las que disfruta una persona (en la mayoría de los casos de nacimiento) y de las que habitualmente ni siquiera es plenamente consciente de poseer.

Sororidad: solidaridad y alianza entre mujeres para defenderse, apoyarse y luchar contra la discriminación por el hecho de ser mujeres.

Slut-shaming: fenómeno que consiste en insultar, burlarse o avergonzar a las mujeres tildándolas de putas o zorras con la intención de hacerlas sentir culpables por llevar una vida sexual que no es la que la sociedad espera de ellas.

Suelo pegajoso: fuerza que mantiene a las mujeres atrapadas en la base de la pirámide económica mediante tareas como el trabajo maternal, el trabajo conyugal y el trabajo doméstico, impidiéndoles realizarse fuera del hogar puesto que la sociedad hace creer a las mujeres que son las principales responsables del cuidado. El mecanismo principal para “pegar a las mujeres al suelo” es utilizar la carga de la culpa.

Techo de cristal: limitación velada del ascenso de las mujeres dentro del mundo laboral. Se mantiene debido a una serie de prejuicios extendidos a la hora de confiar a las mujeres puestos de responsabilidad.