Por Mariano Cerrato
@MarianoDCerrato

Podrán pasar los años, pero para ellos la vocación permanece intacta. Dos artistas plásticos con prestigio y reconocimiento, que dedicaron toda su vida a sus pasiones, que frente al paso del tiempo mantienen más vigente que nuca su deseo de dejarle al mundo su legado.

La edad no es un problema

César Fioravanti tiene 87 años y vive en la localidad de Temperley, en donde hasta el día de hoy continúa trabajando en taller que tiene en su casa, ya que considera esta actividad “su máxima pasión”.

“¿Qué es lo que puedo hacer si no es trabajar? ¿ponerme a jugar a las damas? Eso no es para mí”, sostiene en diálogo con “Crónica” César, quien el año pasado recibió el premio al “Vecino orgullo de Lomas de Zamora” entregado por el municipio por su trayectoria.

A lo largo de su vida, el artista plástico recibió el Gran Premio Nacional de Grabado en 1970, fue jefe de Investigaciones del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires entre 1960 y 1976, estuvo a cargo de la apertura del Museo de Esculturas Luis Perlotti, del que también fue su director, además de exponer sus obras en distintos países del mundo.

Sin embargo, César destaca que cuando le preguntan de que vivió siempre contesta “de la docencia artística”, actividad que desarrolló durante alrededor de 35 años en cuatro de las principales escuelas de arte del país.

“A pesar del paso de los años tengo la suerte de encontrarme con infinitud de gente que me agradece lo que le enseñé y me vanaglorio que nunca me quedé con algo que aprendí solo para mí mismo. Y cuando a cierta edad ves que hay alumnos que se acuerdan de uno después de tantos años te da ganas de seguir viviendo”, señala el artista.

Tengo la suerte de encontrarme con infinitud de gente que me agradece lo que le enseñé", César Fioravanti. 

Sus inicios

César supo cuál sería la profesión que seguiría por el resto de su vida a los siete años, cuando participó de un concurso de dibujos infantiles realizado por la Radio Porteña, en donde con un retrato de su madre logró el segundo puesto.

Salí con el segundo premio y resulta que cuando entrega el primer premio le dieron al chico una copa, y a mí me dieron una bicicleta. Imaginate el alboroto de los chicos, de una copa que no sirve para nada a una bicicleta, hice negocio”, cuenta risueño Cesar.

Para poder comenzar a estudiar arte fue clave la palabra de su tío José Fioravanti, artista plástico de la familia muy reconocido en nuestro país por realizar obras como el Monumento a la Bandera en Rosario, quien apoyó “que siga su profesión”.

Fioravanti con una de sus mejores obras.

El nuevo proyecto

En medio de la cuarentena y sin perder un solo minuto de su tiempo, César emprendió una nueva serie de realizaciones de “figuras imantadas”, las cuales consisten, según explicó, en una manera de “mostrar que todo cambia y se transforma”.

“Me vino la idea de que el espectador podría tener derecho a recrear la obra y preparo unos módulos con un imán castrado en los módulos. El espectador empieza a tener otra obra. Yo se lo presento de una manera y el espectador va cambiando, sostiene César, entusiasmado con poder presentar pronto este proyecto.

Se considera un enamorado del arte.

Luchar para cumplir sueños

En la localidad bonaerense de Llavallol, ubicada también al sur del conurbano bonaerense, vive Raquel Goya (78 años), una artista plástica de una extensa trayectoria nacional e internacional, que se jugó varios plenos en su vida para alcanzar sus metas.

Entre sus obras se encuentra el Monumento al Trabajo, situado en la intersección de Camino Negro y Quesada de Lomas de Zamora y recuerda con emoción, en diálogo con “Crónica”, como vecinos del lugar se le acercaron a agradecerle por “tener a quien pedirle” para mejorar su situación laboral.

Raquel vio atravesada su vida por el contexto político argentino y cuenta que su papá no la dejaba estudiar arte y la envió al colegio Euskal Echea de Llavallol, aunque enfatiza que con ocho años de edad asistió a un taller que le enseñó pintura.

Pero fue tanta la presión por sus maestros para que fuera a estudiar arte, que finalmente pudo ir a la escuela Manuel Belgrano, en donde se recibió de maestra de Bellas Artes, pero la vida le pondría otro duro escollo con la muerte de su padre.

“Me tuve que hacer cargo de mi madre y de la situación económica de mi familia con 22 años”, cuenta Raquel, quien comenzó durante esos años a militar junto a su marido en el peronismo.

“Mi mamá me pidió que dejara de militar para proteger a mis hijos cuando comenzó la última dictadura militar, sobre todo porque no queríamos que se quedaran sin padres. Tuvimos tres compañeros desaparecidos y yo en esa época dejé el arte plástico, detalla Raquel.

Raquel Goya recibió una infinidad de premios. 

Sus grandes exposiciones

Fue en el año 1982 con la guerra de Malvinas que la artista plástica retomó la vocación, empujada por la necesidad de “trabajar y reflejar lo que estaba pasando en el país”, por lo que volvió a trabajar con esculturas.

En 1992 fue auspiciada por la Secretaría de Cultura de la Nación para la Expo Sevilla de 1992 y luego alcanzaría llegar a Cuba con sus obras en el 2000, exposición individual en la Casa Fundación Guayasamín y en el Museo de La Revolución en La Habana.

Ganadora en 2018 al premio de “Vecina Ilustre” por su trayectoria artística y receptora del Premio Mujer Bonaerense de 1993 en el Area de Plástica, entre otros reconocimientos, Raquel vive una vida tranquila en “un barrio obrero” en el que viven “por elección” con su marido, aun defendiendo sus ideales y a la espera de poder volver a exponer.

Dominó de huellas.

Todo se transforma

César Fioravanti sostuvo a “Crónica” que la inspiración él la encuentra en “la naturaleza”, ya que si hay algo que lo maravilla son “los constantes cambios que se producen” y en como “las cosas se transforman en otras”.

“Cuando uno piensa que todo se transforma uno intenta expresar eso. La naturaleza expresa el arte y el arte expresa la vida. Tengo unas Santa Ritas frente a la ventana que cambian de color. Hay todo un proceso natural que el ser humano no se da cuenta que vivimos algo maravilloso”, explica el artista.

Para él, un viaje que le cambiaría la vida sería el que realizó junto a un grupo de cinco estudiantes a la Antartida después de recibirse, al que define como “un telón que se abrió para crear”. “Ver flotando los enormes icebergs que hay en la zona, la forma que tienen los tempanos y como estos cambian. Cuando yo hago formas que cambian lo hago basado en un pedazo de tempano que cambia, es lo que quiero mostrar en mi trabajo, subrayó.

La necesidad de ser apoyado

El apoyo en el talento que pueden tener los chicos es algo sobre lo que César Fioravanti hizo especial hincapié en diálogo con este medio, ya que considera que “todos tenemos algo de artista”.

“Cuando hablamos por teléfono, tenemos un lápiz por delante y empezamos a dibujar garabatos. La gráfica es innata, como aprender a caminar. El ser humano graficaba las cavernas porque quería dejar grabada su existencia, explica César.

En este sentido, el artista plástico reflexiona que “después de los 12 años el chico empieza a hacer denostado por el adulto y al pensar que todo lo que hace está mal se retrae y no lo hace”.

“La gráfica de la expresión manual del dibujo es un don propio del ser humano. Desgraciadamente el adulto le empieza a corregir y no se da cuenta que lo está inhibiendo”, enfatiza César, quien destacó que “hasta una persona que trabaja tejiendo está haciendo arte”, ya que “el buen gusto también es arte, algo que deja, que da placer al hacerlo y gozarlo con la vista”.

Por M.D.

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