Por Alicia Barrios 
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"Dios es peronista, por eso en el cielo todos son peronistas", me dijo el padre Carlos Mugica, mi profesor de Teología en la Universidad del Salvador. Se cumplía un año del aniversario de la muerte de mi papá y le pedí que le ofrendara la misa. A la parroquia de San Francisco Solano, en el barrio de Villa Luro, llegaron familiares y amigos.

Fue un homenaje celestial, en su homilía incluyó a los pobres, todo un acontecimiento para quienes pertenecían a una clase social a la que el lenguaje del Tercer Mundo le resultaba ajeno, más complicado que el chino básico. Sus clases eran magistrales. Nos sentábamos en círculo y él en el medio.

Enseñaba la obra del francés Pierre Teilhard de Charden, un sacerdote jesuita: "No hay nada más valioso que la parte de ustedes que se encuentra en otras personas, y la parte de los demás que está en cada uno de nosotros". Charden era esperanzador porque entendía que sin la esperanza nuestra alegría no sería perfecta.

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Mugica, citando al jesuita Teilhard, hablaba de amor: "El amor universal no sólo es psicológicamente posible, sino la única, completa y definitiva forma de amar. No somos seres humanos con una experiencia espiritual: somos seres espirituales con una experiencia humana".

¿En qué momento llegan a adquirir dos amantes la más completa posesión de sí mismos, sino en aquel que se proclaman perdidos uno por el otro? En la actualidad conservo estos apuntes. Atesoro esas clases en mi memoria. Mugica sumó a mi adolescencia las horas de biblioteca y a mis hombros, las palmas de su mano bendiciendo mi alma en pena por la pérdida de mi viejo.

También íbamos a la Villa 31 de Retiro, donde fundó la parroquia Cristo Obrero; fue el pionero de los curas villeros. Nació en 1930 y 24 años después fue, tras sentir su vocación por los pobres, a visitar los conventillos. Así se fue familiarizando. En esos días una frase escrita en una pared lo conmovió: "Sin Perón no hay Patria ni Dios. Abajo los cuervos". Así les llamaban a los sacerdotes.

Sus padres vivían en la calle Gelly y eran de clase alta. Él habitaba la bohardilla. Renunció a todo para dedicarse a los humildes. Mugica era un cura peronista. Estaba convencido de que la misión del sacerdote era evangelizar a los pobres e interpelar a los ricos. Ahí nomás remataba: "Y, bueno, llega un momento en que los ricos no quieren que se les predique más, como sucedió en el Socorro cuando me echaron las señoras gordas que le fueron a decir al párroco que yo hacía política en la misa".

Según su propio relato, el 68, el año del Mayo Francés, lo sorprendió en Francia estudiando Epistemología y Comunicación Social. No perdió el tiempo, de allí viajó a Madrid, donde conoció al general Juan Domingo Perón. Si hubiera una palabra para definirlo sería "faro". Era un faro de Luz.

Sus homilías, como todas las de los Sacerdotes para el Tercer Mundo, eran grabadas por los servicios de inteligencia. Era un blanco móvil. monseñor Aramburu, el arzobispo de Buenos Aires, le propuso en más de una oportunidad que abandonara el sacerdocio. Él no se quedó callado, aunque sí sufrió en silencio: "Espero, en Dios, no verme forzado jamás a abandonar el sacerdocio, aunque deba resistir infinitas opresiones".

La revista "El Caudillo", que era la vocera de los asesinatos de la organización antiterrorista de la Triple A, lo tenía de cliente. Allí se multiplicaban los ataques: lo acusaba semana a semana de "bolche". El 11 de mayo de 1974, al terminar de dar la misa en San Francisco Solano, lo perforaron con siete tiros. Cinco le atravesaron el estómago, otro le dio en el pulmón y uno de gracia en la espalda. Estaba por subir a su Renault 4 L.

No pudieron matar su obra, que siguió creciendo hasta el día de hoy. Está vivo en una oración que rezaba siempre: "Señor, perdóname por haberme acostumbrado a ver que los chicos parezcan tener 8 años y tengan 13. Señor, perdóname por haberme acostumbrado a chapotear en el barro. Yo me puedo ir, ellos no. Señor, perdóname por haber aprendido a soportar el olor de aguas servidas, de las que puedo no sufrir, ellos no. Señor, perdóname por encender la luz y olvidarme que ellos no pueden hacerlo. Señor, yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no, porque nadie puede hacer huelga con su propio hambre. Señor, perdóname por decirles no sólo de pan vive el hombre y no luchar con todo para que rescaten su pan. Señor, quiero quererlos por ellos y no por mí. Señor, quiero morir por ellos, ayudarme a vivir para ellos. Señor, quiero estar con ellos a la hora de la luz".

Esta era su pequeña plegaria. De los pobres será el reino de los cielos. Amén.