Liliana, Stella Maris, María Alicia y Ester unidas por sus hijos. (Crónica/Paredes)

Por Florencia Bombini

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Su habitación estaba lista para recibirlo. Sus hermanitos lo esperaban con los brazos abiertos. Sin embargo, las noticias que llegaron desde la clínica no fueron las mejores y la mamá se volvió a su casa con las manos vacías. Sin ese bebé que cuidó durante nueve meses durante los que contó los días para poder tenerlo en brazos. Los misterios envuelven a la mujer que se obliga a creer todo lo que le dijeron pero hay algo que se lo impide.

Hay algo que le hace creer que su hijo no murió en la panza ni al nacer, como le habían informado los médicos. Esta es la cruda realidad que está sufriendo un grupo de mujeres en Argentina y en muchos otros países, quienes un día entraron a la sala de parto para ser mamás pero se convirtieron, sin saberlo, en víctimas de esta red mundial de tráfico de bebés. Ester Hublich, Stella Maris Ceratti, Liliana Angélica Leiva y María Alicia Predazzi son cuatro de las tantas madres que están buscando la respuesta a cientos de preguntas que aumentan con el correr de los días.

Con muchos cuestionamientos en común y una gran cantidad de datos dispersos por el mundo virtual, decidieron unirse en una agrupación a la que llamaron Madres en Búsqueda, que comenzó en diciembre del año pasado y cuya asociación civil está en marcha.

“Queremos restituirles a nuestros hijos su verdadera identidad”, explicó Ester Hublich, presidenta de esta entidad, en una entrevista con este medio. El contenido de las cuatro historias es similar, a pesar de que se distribuyen entre los años 1978 y 1995, porque los métodos pueden variar pero el objetivo de estos delincuentes seguirá siendo el mismo, el de reclutar bebés para continuar con esta mafia que hasta aquí parece difícil de detener.

Simplemente, porque donde hay oferta, hay demanda. Y en este mundo, este negocio tiene muchísimos clientes. “Tiene que haber una mujer con muy pocos escrúpulos para quedarse con un hijo que no es de ella y anotarlo como propio. No cualquiera lo hace”, se lamentó Ester, que tiene otros dos hijos, quienes, a raíz de su episodio, decidieron no ser padres.

El solo hecho de investigar y comenzar a contactarse con otras víctimas hace que las mamás vayan descubriendo la dinámica de esta red. “Todos dicen lo mismo: ‘Andá tranquila que nosotros nos ocupamos de llevarlo al cementerio’; ‘Vos tenés otros hijos, por ahí salía con síndrome de down’; ‘No te pongas mal, podés tener otro’. Te dan una palmadita en la espalda y listo”, agregó la presidenta de esta agrupación, cuyo caso ocurrió en 1978 aunque “no estaba en situación de cautiverio”, por lo que no pertenece a las víctimas del régimen de facto.

Al respecto, la mujer señaló que “este robo de bebés ocurrió antes, durante y después del período entre 1976 y 1983. Sin embargo, las madres que dimos a luz en esos años ni siquiera podemos acceder a cotejar nuestros datos genéticos con los miles de jóvenes nacidos en esa época. No entramos en el sistema”.

Aunque, aclaró, “estamos agradecidas a Abuelas de Plaza de Mayo porque si no nuestros hijos no podrían estar reclamando su derecho”. Y agregó que “las madres no existimos. No nos nombran. El delito del que somos víctimas no está catalogado. Es luchar contra la corriente y contra las amenazas que recibimos si pedimos un análisis de ADN”.

Mitos y verdades

El caso de Alicia es ejemplo de ello: “Me dijeron que habían encontrado a mi hijo pero que eligiera entre él o mi hija que era menor de edad y que con ella podían hacer lo que quisieran. Son formas de amenazarte”.

El caso de estas mujeres, como de tantas otras en el mundo, muchas veces suele confundirse con otras historias, que también son ciertas pero diferentes. “Somos mamás que fuimos víctimas de un delito, a diferencia de lo que se cree, que fuimos personas que los entregamos, que no los podíamos tener. La mayoría estábamos casadas, con una familia constituida y con otros hijos que esperaban a sus hermanos”, aclaró Stella Maris, quien agregó que “queda una sensación de que arrancaron de las entrañas a tu bebé. Es terrible y desgarrador”.

Cada detalle y cada relato es estremecedor. En sus historias, uno de los datos que coincidía es que los médicos les trajeron un cuerpo cuando ellas exigían ver a su bebé. ¿Cómo se explica esto? “Hay una clínica que tiene guardados cuerpos congelados para estas ocasiones”, explicaron las Madres en Búsqueda. Además, coincidieron en que “en esto hay un profesional que acepta el negocio y jueces que están metidos en el medio, más el registro civil. Es un conjunto de gente que trabaja en esto”.

Todo está cronometrado, hasta las técnicas para que el bebé no llore al nacer, las habitaciones que están detrás de las supuestas salas de parto adonde son llevados después para comenzar el negocio. “La maniobra es de segundos. Yo vi al bebé, pero me tiraron para atrás y después no lo vi más. Yo no estaba en una sala de parto”, señaló Ester, al tiempo que Alicia agregó: “La clínica tenía una conexión con una casa lindera. Sentí que lo sacaban de la sala para otro lugar que estaba detrás”.

Sin embargo, Liliana aclaró que “en algún lugar siempre se equivocan” y aparecen las pistas para que las madres empiecen a sospechar que nada de lo que les habían dicho era verdad. “Hay datos que no cierran”, agregó Ester, quien junto a un numeroso grupo de madres está buscando la respuesta a cientos de preguntas para lograr encontrar a su hijo.

María Alicia Predazzi

Le dieron el cuerpito de un niño que no era el suyo en una clínica. “Mi hijo nació el 30 de noviembre de 1983, en la Clínica Honaine de San Martín. Los médicos me dijeron que tenían que hacer una cesárea y luego me comunicaron que el bebé, que se iba a llamar Nicolás, había nacido muerto, a pesar de que yo insistía en que lo había escuchado llorar. A partir de esto, le dijeron a mi familia que se encargaban de todo pero yo les pedí el cuerpo para darle la santa sepultura. Me trajeron un cuerpito después de mucha insistencia y luego fue llevado al cementerio. Después de cinco años, decidimos cremarlo para cerrar esta historia pero no pudimos porque Chacarita estaba cerrado y nos volvimos a casa con el cajoncito. Tiempo más adelante me enteré de un cambio de bebés en esa clínica que se hizo público y empecé a sospechar. Me contacté con el juez de turno, quien confirmó que ese bebé no era mío, por lo que el cuerpito quedó en manos de la Justicia. Cuando nos dieron los resultados, nos pasaron a otro juzgado y ahí conocí el infierno. Fue una pesadilla, porque están todos involucrados en esta mafia”.

Ester Hublich

Una cara que no se olvida nunca más. “Después de que me dejaran internada dos días sin saber lo que había pasado en la Maternidad Sardá de Parque Patricios, el 29 de marzo de 1978 me llevaron a una habitación pequeña que no era una sala de parto. Vino un médico que no me saludó, ni me miró, pero su cara no se me borró nunca más. Cuando nació el bebé, me senté para agarrarlo y alcancé a verlo. Sin embargo, el doctor me tiró fuertemente para atrás, me tapó la cara, me presionó contra la camilla y cuando logré soltarme, el bebé ya no estaba. Me dijeron que no me convenía verlo y que iban a hacer una autopsia para ver qué era lo que había pasado. No me dieron nada de nada, ni un papel. Me obligaba a creer que esto era cierto. Después empecé a escuchar que a las madres siempre les dan certificado y el cuerpo. Volví a la maternidad años después y logré acceder al libro de partos, donde mi hijo, que se iba a llamar Sebastián, estaba anotado como NN con un peso que no coincide con el tamaño de mi bebé. Además, en un sólo papel aparece mi nombre mal escrito y en ninguna figura el del padre, pese a que yo estaba casada”.

Stella Maris Ceratti

Pidió un ADN y recibió todo tipo de amenazas. “En ese momento yo tenía otros tres hijos, estaba esperando el cuarto, Emanuel Nicolás. Pero el 2 de mayo de 1995, en la Clínica La Unión, de Villa Martelli, me dijeron que el bebé estaba muerto dentro de la panza, a pesar de que dos horas antes me habían hecho una ecografía en la que estaba todo bien. Habían pasado 15 controles desde el día que quedé internada, que fue el 29 de abril. Sin embargo, los médicos dijeron que fue una muerte súbita. Cuando fui a la sala de parto, a mi marido no lo dejaron entrar. Nació el bebé, se lo llevaron a una habitación contigua y me preguntaron si lo quería ver, que estaba muerto. Me trajeron un cuerpo envuelto. Si bien ellos insistían en que se encargaban de todo, con mi marido decidimos llevarlo al cementerio. Días después, mi esposo encontró un papel con el grupo sanguíneo del bebé que no coincidía con el nuestro. Empezamos a investigar, pedimos un ADN y descubrimos que ese bebé no tenía conexión biológica con nosotros. Pero para llegar a hacer ese estudio, en el medio recibimos todo tipo de amenazas, que decían que dejemos de insistir con el ADN. Se metieron con mis hijos, con el cajoncito del bebé y hasta nos prendieron fuego un auto”.

Liliana Angélica Leiva

Siempre sintió que su chiquito estaba vivo. “El 22 de noviembre de 1988, en la Maternidad Santa Rosa, de Vicente López, me dijeron que mi bebé estaba muerto, aunque yo lo sentía patear. Me llevaron a una sala de parto, después de una hora de esperar sola en otra habitación, y me ataron a la camilla de manos y pies. La enfermera su subió sobre mi panza y empujó hasta que nació Marcos José, que fue anotado como NN. Al nene se lo llevaron y al rato volvieron y, con el mismo procedimiento, me sacaron la placenta. Después nadie me vino a buscar, me desaté sola y salí, hasta que me encontró una monja en el pasillo y me llevó a otro lado. Mi marido accedió a que ellos se encargaran de todo, porque estaba sin trabajo. Le dijeron que se acercara al cementerio y le dieron un cajoncito blanco. Yo siempre sentí que estaba vivo. Hace un tiempo, me doy cuenta que los papeles no correspondían y me fui a Olivos a buscar el acta, en el que figuraba solamente mi nombre, pero no tenía ningún sello del Registro Civil, ni firma de nadie”.