Por Francisco Nutti
@frannutti

El granero del mundo ya es un título generoso para una Argentina que se arrastra por los niveles más bajos de la miseria humana. En San Fernando del Valle de Catamarca, un comedor y merendero quedó a oscuras por falta de pago y su responsable, una mujer de 36 años, se encadenó en la Casa de Gobierno para pedir ayuda.

María de los Ángeles Rivero es discapacitada, cobra una pensión de 6 mil pesos y está a cargo de “El Gauchito Gil”, un espacio que creó en una pieza de su casa, ubicada en el barrio 26 Viviendas Norte de la capital provincial, con el objetivo de darles de comer a decenas de familias necesitadas. Todo a pulmón, de su propio bolsillo: “Empecé cuando vi la triste situación de los más chicos y eso me conmovió”, contó a Crónica.

Pero ahora su preocupación se acrecienta al no lograr que le reconecten el servicio de luz, que la tiene entre penumbras desde abril: “Me vino una factura de 18 mil pesos. Y nadie de las autoridades se dignó a darme una mano. Incluso, ninguno se quiso hacer cargo. Si la pago, ¿qué les doy de comer a los chicos?”, se preguntó.

Pese al momento difícil, esta no es la primera vez que Rivero lleva adelante un reclamo y solicita ayuda. En enero de este año, su merendero sufrió inundaciones y hubo días en los que no funcionó por ese motivo.

En aquella oportunidad, se acercó a la gobernación para solicitar chapas y poder acondicionar el lugar, sin embargo, tampoco la escucharon. “Hoy en día este lugar funciona gracias al aporte de los vecinos, nada más”, mencionó la mujer, que también ha tenido inconvenientes para pagar el gas, a comienzos de 2019.

La gota que rebalsó el vaso ocurrió cuando tuvo que encadenarse en las escaleras de la Casa de Gobierno de Catamarca para que, como respuesta, sólo le dieran un bolsón de alimentos no perecederos cada 15 días. “A pesar de la lucha es lo único que conseguí. Es muy triste vivir así porque no sabés cuándo se puede terminar. Uno vive con el miedo de no tener más plata, de no poder darles más la merienda a los nenitos”, lamentó.

Ahora, la situación se agravó. Desde hace más de 30 días, cuando la tenue luz matutina aparece en el cielo, aprovecha para hacer todo lo que no puede a oscuras. Va a comprar la leche, la calienta en una olla gigante, la reparte entre los pequeños que llegan poco a poco cuando apenas se despiertan, porque el hambre con la crisis se presenta desde temprano y las panzas crujen a cualquier hora, pero paradójicamente, dependen del horario. Porque cuando anochece, el merendero se cierra, se bajan las persianas y hasta el otro día no se regresa.

Todo, ante la mirada de un Estado que parece desalmado ante los reclamos de su gente. Rivero, en tanto, como sus asistentes que la acompañan, deja todo para suavizar el momento que muy poco entienden los bajitos. Le ponen la mejor cara ante un panorama desalentador. “El día que me vinieron a cortar la luz no les importó nada. Yo en la puerta de mi casa tengo un cartelito que dice que funciona un comedor. Pero me retiraron el medidor igual”, se lamentó la mujer. Y agregó: “Nosotros teníamos un freezer donde guardábamos los alimentos, pero se nos pudrió todo y lo tuvimos que tirar. Fue terrible”.

Refugio para los más necesitados

El comedor y merendero “El Gauchito Gil” nació hace dos años, tras la idea de María de los Ángeles Rivero, una mujer con discapacidad motriz que, conmovida por las pésimas condiciones en las que vivían muchos pequeños de Catamarca, varios de ellos en situación de calle, decidió impulsar un proyecto para alimentarlos.

Poco le importó a la mujer, de familia muy humilde, recibir en su hogar a decenas de niños que con el paso del tiempo aumentaron la frecuencia de sus visitas y, además, trajeron a sus padres, madres y abuelos.

“Al principio eran menos de diez. Pero hoy en día vienen hasta padres que residen en las casas de los suegros porque no les alcanza la plata. Yo hago lo posible para ayudar a todos. Empecé con los nenitos y hoy vienen madres, padres y hasta adultos mayores. Cerca de 120 personas me visitan de lunes a viernes”.

Junto a ella, en la acción solidaria, también participan algunas ex compañeras de su escuela, quienes aportan provisiones y 200 pesos mensuales cada una, que sirven para adquirir mercadería y ayudar a las familias.

“El comedor está en una de las piezas pero es un espacio muy chiquito. Cuando viene mucha gente, nos sentamos al aire libre. Y si llueve, se me inunda todo. Tengo un solo tablón y atendemos en tandas de diez niños porque no tenemos las suficientes sillas. Ni los suficientes vasos y platos”, agregó Rivero a este medio.

En tanto, continuó con un pedido a la población, ante los oídos sordos del Estado: “Ya que nadie nos escucha, le pido a cualquiera que nos lea: necesitamos un salón con una cocinita y un baño, ya que sólo tengo el de mi casa para prestarles a todos los que vienen y se complica”.

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