Por Alicia Barrios
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La catedral de Bergoglio. Su última casa de Buenos Aires. Él vivía en el tercer piso de la Curia. Allí también tenía su despacho. Cada vez que bajaba al templo, le rezaba a la imagen de Santa Teresita. Siempre con su traje negro, se quedaba delante de ella. De ahí iba a la tumba de su antecesor, el cardenal Antonio Quarracino, donde permanecía orando un pequeño responso (la oración para los difuntos). A él le gustaba marcar la continuidad. Demostrar que es el sucesor del anterior. Por eso, como Papa, siempre lo participa a Benedicto. Él muestra que no es el primero, el que empieza sino el que sigue. Además es un ser muy agradecido. Quarracino lo había rescatado de un momento oscuro de jesuita. Difícil. Crítico. Lo mando llamar a Córdoba, donde estaba ninguneado. Olvidado. Lo nombró obispo auxiliar y lo elevó a la condición de su sucesor. Por eso alguien dijo: "El gran elector de Bergoglio en el cónclave fue un cardenal muerto que era Antonio Quarracino". Si no fuera por la visión de este obispo, hoy Francisco no sería Papa. Usaba sotanas para las celebraciones, sino siempre con traje negro. Era su forma. A instancias del padre Alejandro Russo, las casullas (sotanas de cardenal) con las cuales oficiaba misa habían pertenecido al cardenal Juan Carlos Aramburu. A él le gusto la idea. Tenía cuatro: blanca, morada, colorada y verde. Siempre escribía sus homilías a mano alzada, con frecuencia lo desgranaban porque improvisaba. Todo lo producía con anticipación. Por eso lo transcribían, lo duplicaban y mantenían en el más absoluto secreto para que no trascendieran.
(Crónica-Nahuel Ventura)

La homilía del Jueves Santo del 2013, la había dejado lista en febrero, antes de viajar a Roma. En tiempo y forma fue leída por monseñor Roberto Lelia, un presbítero anciano, en la Catedral de Buenos Aires. El mismo texto lo usó Francisco en la misa que ofició en San Pedro. Los aniversarios de Corpus Christi, tenían para él un significado especial, porque se encontraba con todos los fieles de la Diósecis. En una oportunidad, que la lluvia los corrió a todos de la Plaza de Mayo y tuvieron que entrar a la Catedral, "en medio de la movida, se báculo pastoral". Se llama así al bastón largo que llevan los obispos como símbolo de su función y que se les entrega en su consagración. En pleno ajetreo nadie sabía adónde fue a parar. El padre Russo le dio la noticia: "No lo encuentro. No importa porque era muy feo". Bergoglio le contesto: "Pero a mí me gusta. Me lo dio Quarracino cuando me nombró obispo".
 
El lugar donde descansan los restos de monseñor Quarracino. (Crónica-Nahuel Ventura)

Menos mal que apareció. Bergoglio con ese báculo había tenido un gesto que lo muestra de cuerpo y alma. Cuando murió Quarracino, sus restos reposaban en el suelo, en medio del altar. Al entrar la procesión para despedirlo, todos observaron que estaba el báculo de Bergoglio sobre el cuerpo de Quarracino. Por eso en lugar del bastón pastoral llevaba un ramo de rosas rococó blancas. Los dos compartían la devoción por Santa Teresita, a quien se le hace esa ofrenda. Las dejó en el féretro, retiró el báculo y mostró que tomaba el símbolo de la conducción. Siendo arzobispo, tenía invitados a comer. No eran banquetes, si, platos sabrosos. Entendía, sabía muy bien cómo había que poner una mesa. En una oportunidad, fue a almorzar Pio Vito Pinto, el decano de la Sacra Rota Romana. Era fin de semana y no había personal, porque tenían franco. Ningún problema; cocinó y sirvió él. También lavó los platos.
 
La camisa negra usada por Jorge Bergoglio. (Crónica-Nahuel Ventura)

El padre Alejandro Russo deja testimonio de Bergoglio jefe: es muy bueno. No es déspota para nada. Cordial. Tiene estilo para mandar. Eso sí, cuando pide algo, al día siguiente pregunta si está listo. Es impensado que hoy tenga su propio museo. Ver de cerca su hábito de cardenal, con los botones colorados, el solideo, como lo vi por última vez, el día que se inició el cónclave. La camisa del traje negro, etiquetada con su nombre... El cáliz en el que tantos miles y miles de peregrinos comulgaron hostias. Recuerdos imborrables. Salgo, acompañada por una frase, que susurra en mi corazón: Bergoglio y la Catedral. No habrá ninguno igual.