Marruecos: la espada de Trump que se cierne sobre Europa
La alianza estratégica entre el presidente norteamericano y el rey Mohammed VI consolida a Marruecos como un socio clave en el norte de África gracias al respaldo al Sáhara Occidental y la cooperación en seguridad e inmigración.
La relación entre los Estados Unidos y sus socios de la OTAN, nunca fue tan tirante. La necesidad del gobierno norteamericano de que los europeos respalden sus posturas en materia de política global, y la reticencia de la progresía dominante en el viejo continente al respecto, es motivo de tironeos permanentes. Así las cosas, la Casa Blanca ha decidido poner a jugar alfiles externos, con fuerte incidencia en territorio europeo.
Por otro lado, el vínculo entre Donald Trump y el rey Mohammed VI de Marruecos se ha convertido en una de las alianzas más singulares del nuevo tablero geopolítico. No se trata simplemente de una afinidad personal entre dos dirigentes ni de una relación bilateral basada exclusivamente en cuestiones comerciales o militares.
Detrás de la cercanía entre Washington y Rabat existe una combinación de intereses que incluye el Sáhara Occidental, Israel, la seguridad, la lucha contra el terrorismo, las inversiones, el control migratorio y la posición estratégica de Marruecos en el norte de África. Esa combinación adquiere una importancia especial cuando se analiza la política de Trump hacia Europa.
Marruecos no es miembro de la Unión Europea ni forma parte de sus estructuras políticas. Sin embargo, se encuentra frente a una de sus fronteras más sensibles, mantiene una relación especialmente estrecha con Estados Unidos y dispone de una capacidad concreta para influir sobre algunos de los problemas que más preocupan a los europeos: la inmigración, la seguridad, el terrorismo, el Mediterráneo y la estabilidad del Magreb.
El resultado es una paradoja que puede terminar siendo decisiva: mientras Trump exige a los países europeos que asuman una mayor responsabilidad sobre su propia seguridad, Washington fortalece a un socio situado fuera de Europa que puede tener un impacto directo sobre la seguridad de las fronteras europeas.
Marruecos aparece así como una pieza externa de la arquitectura estadounidense sobre el flanco sur de Europa. Y la crisis de Ceuta, ocurrida en un momento de fuerte tensión entre Washington y Madrid, hizo visible hasta qué punto esa relación puede tener consecuencias que van mucho más allá de las fronteras de Marruecos.
El pacto que cambió la relación entre Trump y Mohammed VI
El gran salto en la relación entre Estados Unidos y Marruecos se produjo en diciembre de 2020, durante el primer mandato de Donald Trump. Washington reconoció oficialmente la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, un territorio disputado entre Marruecos y el Frente Polisario. El cambio representó una importante ruptura con la posición que Estados Unidos había mantenido hasta entonces y constituyó una enorme victoria diplomática para Mohammed VI.
A cambio, Marruecos aceptó normalizar sus relaciones con Israel dentro del proceso de los Acuerdos de Abraham impulsado por Trump. El propio presidente estadounidense cerró el acuerdo mediante una conversación telefónica con Mohammed VI.
El intercambio estratégico era claro. Estados Unidos conseguía una nueva relación árabe con Israel y reforzaba a un socio situado en una posición geográfica extraordinariamente importante en el norte de África. Marruecos obtenía el respaldo estadounidense a la cuestión que considera una de sus principales prioridades nacionales: el Sáhara Occidental.
Aquel acuerdo cambió el valor estratégico de Rabat para Washington. La relación dejó de estar limitada a la cooperación tradicional entre dos países y comenzó a formar parte de una arquitectura más amplia que conecta el norte de África, Oriente Medio, el Mediterráneo y Europa.
El Sáhara Occidental, la gran moneda de cambio
Para entender la cercanía entre Trump y Mohammed VI hay que entender el papel que ocupa el Sáhara Occidental en la estrategia marroquí.
Para Rabat, el territorio constituye probablemente su principal activo diplomático y una de sus prioridades estratégicas. Por eso, cualquier respaldo internacional a la posición marroquí tiene un enorme valor político. Trump se lo concedió durante su primer mandato.
Pero el asunto no terminó allí. Durante su segundo mandato, Washington volvió a respaldar la posición marroquí y presentó el plan de autonomía propuesto por Rabat como la única base viable para solucionar el conflicto. Estados Unidos también manifestó disposición a respaldar inversiones estadounidenses en el territorio administrado por Marruecos.
Para Mohammed VI, el respaldo estadounidense significa mucho más que una declaración diplomática. Supone fortalecer la posición marroquí frente al Frente Polisario, frente a Argelia y también frente a aquellos países europeos que durante años intentaron mantener una posición más equilibrada respecto del conflicto.
Para Washington, en cambio, el respaldo a Rabat permite consolidar un socio estratégico en una región en la que confluyen intereses estadounidenses, europeos, africanos y de Oriente Medio. El Sáhara es, por lo tanto, una de las principales monedas de cambio de esta alianza.
Marruecos, la puerta sur de Europa
La importancia de Marruecos para Estados Unidos no se explica solamente por el Sáhara. Su geografía es excepcional, el país se encuentra frente a España, controla una de las zonas más sensibles del acceso entre el Atlántico y el Mediterráneo y funciona como uno de los principales interlocutores occidentales de Estados Unidos en el Magreb.
Para Washington, Marruecos es un socio relevante en seguridad, lucha contra el terrorismo y cooperación militar. Pero también es un actor situado en una posición privilegiada frente a una Europa preocupada por la inmigración, la seguridad marítima, el terrorismo y la inestabilidad del Sahel.
La política de Trump encaja particularmente bien con esta situación. Su estrategia internacional tiende a privilegiar acuerdos pragmáticos, relaciones bilaterales y alianzas con Estados que poseen capacidad concreta para resolver problemas específicos y Marruecos tiene justamente esa capacidad.
Puede cooperar con Europa en materia migratoria, puede colaborar con Estados Unidos en seguridad, puede actuar como interlocutor en África y puede mantener una relación estratégica con Israel. Por eso, desde la perspectiva estadounidense, Rabat puede funcionar como una plataforma desde la cual observar e influir sobre el Mediterráneo occidental. Estados Unidos puede mirar a Europa desde el Atlántico norte, pero también desde el sur y Marruecos es la puerta para hacerlo.
La inmigración convierte a Rabat en un actor europeo indirecto
Este es uno de los aspectos más importantes de la relación. Europa necesita a Marruecos para controlar una parte fundamental de sus fronteras exteriores. La crisis de Ceuta volvió a demostrar hasta qué punto esa dependencia puede convertirse en un problema estratégico. Cuando los controles fronterizos marroquíes funcionan, una parte importante de los movimientos migratorios queda contenida antes de alcanzar territorio europeo.
Cuando esos controles se relajan, el problema aparece inmediatamente en España y, por extensión, en la Unión Europea. Esto otorga a Marruecos una capacidad de presión que pocos países externos a la UE poseen. Rabat no necesita pertenecer a la Unión para influir sobre ella. Le basta con controlar una parte de los mecanismos que determinan la llegada de personas a sus fronteras.
En este sentido, Marruecos puede convertirse en una suerte de guardián externo de la frontera sur europea. Y esta situación encaja con una de las características centrales de la política de Trump: negociar directamente con aquellos Estados que tienen capacidad efectiva para resolver un problema, antes que confiar exclusivamente en grandes mecanismos multilaterales.
La relación entre Marruecos y Estados Unidos adquiere una dimensión particularmente sensible cuando aparece España, que es miembro de la OTAN, miembro de la Unión Europea y uno de los principales países afectados por la política marroquí. Tiene además una posición geográfica singular: administra Ceuta y Melilla, mantiene una extensa relación económica con Marruecos y está directamente expuesta a los flujos migratorios procedentes del norte de África.
Todo ello hace que cualquier modificación en el equilibrio entre Washington y Rabat pueda tener consecuencias directas sobre Madrid. Y el contexto político no podría ser más complejo.
La relación entre Donald Trump y el Gobierno de Pedro Sánchez se deterioró especialmente durante las disputas relacionadas con Irán, el gasto militar, Gaza y la política exterior. En julio de 2026, Trump llegó a calificar a España como un "terrible partner" dentro de la OTAN por su posición respecto del gasto militar. Al mismo tiempo, Washington mantiene una relación extraordinariamente estrecha con Rabat.
La consecuencia no es necesariamente una estrategia estadounidense destinada a perjudicar deliberadamente a España mediante Marruecos. No existen pruebas suficientes para afirmar algo tan categórico. Pero sí aparece una asimetría.
Trump puede tener una relación conflictiva con el Gobierno español mientras mantiene una alianza estratégica con un país que se encuentra inmediatamente al otro lado del Estrecho de Gibraltar. Eso aumenta objetivamente el margen de maniobra de Marruecos frente a Madrid.
El antecedente de Ceuta en 2021
Para comprender lo ocurrido en 2026 hay que retroceder cinco años. En mayo de 2021, durante una grave crisis diplomática entre España y Marruecos, aproximadamente 8.000 personas ingresaron irregularmente en Ceuta después de que las autoridades marroquíes relajaran los controles fronterizos. El episodio fue interpretado ampliamente como una herramienta de presión de Rabat sobre Madrid.
Aquel antecedente es fundamental porque demostró que la frontera podía convertirse en un instrumento dentro de una disputa política. No se trataba únicamente de una cuestión humanitaria o migratoria. La gestión de la frontera podía modificar el comportamiento de otro Estado.
Cinco años después, un episodio de magnitud mucho mayor vuelve a poner esa posibilidad sobre la mesa.
Entre el 30 y el 31 de julio pasados, se produjo una entrada masiva hacia Ceuta de migrantes marroquíes. Las cifras manejadas posteriormente por las autoridades españolas llegaron a situar el episodio en torno a 72.000 personas, aunque las primeras estimaciones fueron inferiores.
La dimensión del fenómeno modificó completamente su naturaleza política. Ceuta no es simplemente una ciudad española. Es también una frontera exterior de la Unión Europea situada en África. Por eso, una crisis en Ceuta no puede permanecer limitada a la relación entre Madrid y Rabat.
España se ve obligada a solicitar solidaridad europea y Bruselas termina involucrada. La cadena de consecuencias es inmediata: un problema entre Marruecos y España se transforma en una cuestión de frontera europea. Ese es precisamente el elemento que convierte a Marruecos en un actor tan relevante para la política europea.
Rabat tiene la capacidad de generar un problema que Madrid no puede resolver exclusivamente por sus propios medios y que, llegado determinado nivel, obliga a intervenir a las instituciones comunitarias.
El poder de Marruecos no está solamente en su capacidad militar o económica, está también en su capacidad para alterar las condiciones de una frontera que Europa considera propia.
¿Fue Marruecos quien permitió la crisis?
La cuestión es políticamente delicada. El presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, sostuvo que el flujo había sido al menos "permitido o alentado" por Rabat. Esa afirmación apunta directamente a la posibilidad de que el movimiento de personas no haya sido completamente espontáneo.
Pero hay que establecer una diferencia fundamental. Que exista una acusación de que Marruecos permitió o alentó el movimiento migratorio no demuestra que Washington haya participado en la operación. Mucho menos demuestra que Trump haya ordenado una crisis contra España.
De hecho, no existe evidencia pública suficiente para sostener que Estados Unidos haya provocado, coordinado o alentado la entrada masiva de personas en Ceuta. Por eso, la hipótesis más interesante no es afirmar que Trump utilizó directamente a Marruecos, es analizar qué efectos produce sobre Europa una relación en la que Estados Unidos fortalece a un país que ya posee una capacidad propia de presión sobre una de las fronteras exteriores de la Unión.
El contexto permite observar una coincidencia temporal particularmente llamativa. Primero aparece el deterioro de la relación entre Trump y España por cuestiones vinculadas a Irán y por otras diferencias de política exterior, después, Washington profundiza su alianza con Marruecos y mantiene su respaldo a la posición de Rabat sobre el Sáhara. Marruecos queda, por lo tanto, en una posición estratégica reforzada frente a España. Y poco después se produce una crisis migratoria de dimensiones extraordinarias en Ceuta.
España solicita solidaridad europea y la cuestión deja de ser exclusivamente bilateral, la crisis termina adquiriendo una dimensión continental. La coincidencia no permite afirmar que exista una relación causal entre los acontecimientos, pero sí permite formular una pregunta geopolítica relevante: ¿qué ocurre cuando un país que controla una frontera exterior europea adquiere simultáneamente un respaldo extraordinario de la principal potencia militar occidental? La respuesta puede modificar el equilibrio del Mediterráneo occidental.
Marruecos frente a Argelia
La cuestión tampoco puede separarse de la rivalidad entre Marruecos y Argelia. El Magreb está dominado en buena medida por la competencia entre ambos países.
Argelia posee una importancia energética enorme para Europa y mantiene vínculos especialmente relevantes con varios Estados europeos. Marruecos, en cambio, ha construido una relación particularmente estrecha con Estados Unidos e Israel, por eso, un fortalecimiento estadounidense de Rabat no afecta únicamente a España, también modifica el equilibrio regional.
Europa tiene que mantener relaciones con Marruecos y Argelia simultáneamente. Una aproximación excesiva a uno puede ser interpretada por el otro como una toma de posición y la cuestión del Sáhara intensifica todavía más esa rivalidad. El apoyo estadounidense a Marruecos, por lo tanto, no es una decisión aislada sobre un territorio disputado, tiene consecuencias sobre todo el Magreb y, a través del Magreb, sobre Europa.
Israel completa la arquitectura
La relación entre Marruecos e Israel constituye otra pieza central. Rabat normalizó sus relaciones con Israel dentro de los Acuerdos de Abraham impulsados por Trump. La decisión continúa siendo políticamente sensible dentro de Marruecos, especialmente después de la guerra de Gaza. Sin embargo, la monarquía mantuvo la relación con Israel y la convirtió también en una herramienta diplomática y de seguridad.
Para Trump, esto tiene un valor adicional, Marruecos forma parte de una red de relaciones que conecta Estados Unidos con Israel y con distintos países árabes y Rabat ocupa, por lo tanto, una posición que une varios espacios estratégicos: es un socio estadounidense en el Magreb, un interlocutor con Israel y un actor situado frente a Europa.
La posición marroquí también es importante por su capacidad de proyectarse hacia África. El país ocupa un lugar relevante en el norte del continente y funciona como interlocutor occidental en una región cada vez más importante para Estados Unidos y Europa. El Sahel, la lucha contra el terrorismo, la seguridad de las rutas comerciales y la estabilidad política de África forman parte de un escenario en el que Marruecos puede ofrecer a Washington una presencia regional que no depende exclusivamente de las instituciones europeas.
Esta dimensión explica por qué la relación entre Trump y Mohammed VI tiene una profundidad que no puede reducirse al Sáhara, en todo caso fue la gran moneda de cambio inicial, pero seguridad, inversiones, tecnología, defensa, Israel, África y Mediterráneo han ido ampliando la agenda.
En 2026, además, Mohammed VI aceptó incorporarse al denominado "Board of Peace" de Trump, una iniciativa vinculada inicialmente al plan de paz para Gaza. Marruecos fue presentado como el primer país árabe y africano en incorporarse.
Por otro lado, la cooperación entre Estados Unidos y Marruecos se está extendiendo hacia inversiones, tecnología, defensa y proyectos relacionados con el desarrollo del Sáhara. Esto es importante porque las alianzas contemporáneas no se sostienen únicamente mediante declaraciones políticas, los intereses económicos crean vínculos de largo plazo.
La paradoja de Europa
Todo esto conduce a una paradoja: Trump reclama que Europa sea más responsable de su propia seguridad, presiona a los aliados europeos para que gasten más en defensa, critica a gobiernos europeos por sus posiciones políticas; y, al mismo tiempo, Estados Unidos fortalece a Marruecos, un país que no pertenece a la Unión Europea pero que tiene una capacidad concreta para influir sobre una de las fronteras más sensibles del continente.
La crisis de Ceuta muestra hasta qué punto esa situación puede tener consecuencias. Europa puede ser obligada a responder a una crisis generada en su frontera exterior por un país que se encuentra fuera de sus instituciones, pero con el que Estados Unidos mantiene una relación estratégica privilegiada, creando un escenario nuevo para los gobernantes del viejo continente, porque cambia la forma en que puede proyectarse el poder estadounidense sobre Europa.
Dentro de esta arquitectura, España es probablemente el país europeo más expuesto dado que tiene la frontera terrestre más delicada con Marruecos, administra Ceuta y Melilla y es directamente afectada por la inmigración procedente del Magreb. A la vez, es miembro de la OTAN y mantiene importantes diferencias políticas con Trump.
Todo esto hace que Madrid tenga menos margen de maniobra del que podría parecer, porque España no puede prescindir de Marruecos, pero tampoco puede ignorar que el fortalecimiento internacional de Rabat puede aumentar la capacidad de presión marroquí.
Nunca falta el fútbol
Lo aprendió Trump en el Mundial, el fútbol es un tablero político donde conviene jugar. Allí, el líder norteamericano cerró su alianza con el titular de la FIFA, Gianni Infantino, al punto de que este último le concedió al presidente del país anfitrión, dejar en suspenso justamente la suspensión del mejor jugador de su selección que había sido expulsado.
Pero cuando terminó la Copa, Infantino se vio en grave peligro de perder su puesto, por la ofensiva de la UEFA, la asociación de ligas europeas, la más poderosa del mundo, que le dxigió la renuncia. Pero el presidente de la FIFA sigue ahí. ¿Cómo? Por el apoyo de Marruecos, un actor clave también a nivel asociaciones nacionales de fútbol, porque controla buena parte de los votos de las federaciones africanas y también muchas asiáticas.
Así, Trump parece en condiciones de salvar a su aliado. Las grandes potencias económicas europeas "domadas" por federaciones de menor cuantía económica y menor relevancia deportiva, pero cuyos votos valen siempre uno. Cualquier semejanza con la forma en que Chiqui Tapia maneja la AFA, es pura coincidencia. El entente Trump-Infantino cobijado por la capacidad de maniobra de Mohammed VI, otra vez. Y nuevamente, imponiéndole su voluntad a la no tan poderosa Europa.

