Por Esteban M. Trebucq

La mujer agarra el micrófono y mira a cámara. Primero llora. Luego grita: “nos están matando. Matando… Nos matan como animales. ¡Paren por favor!”

Acá mismo se podría terminar este artículo, el primero de no sé cuántos del arriesgado viaje de un equipo de Crónica HD al bastión más hostil para el gobierno de facto que mantiene en vilo a Bolivia luego de la convulsionada salida del aymará Evo Morales.

Hay una masacre en esta tierra hermana, policromática, acogedora y tan cercana como desigual. Cualquier maestro del periodismo enseña que escribir en primera persona es una verdadera afrenta a nuestra profesión. Pero lo voy a hacer. Hoy, ahora, es necesario. Yo vi la masacre. No me la contaron.

Llegamos con mi colega Ignacio Ramírez a Sacaba, a 20 minutos de auto de la ciudad de Cochabamba, 700 mil habitantes, la tercera en importancia del país. Aquí nació el mito de Evo Morales. En este lugar fue elegido por primera vez diputado (1997), luego de presidir al sindicato de trabajadores cocaleros de El Chapare, en esta misma región dominada por la población quechua. Evo es Aymará, nació en Oruro, pero este es su lugar en el mundo.

Aquí, entre el viernes y el sábado, en plena autovía Villazón, que comunica Sacaba con Cochabamba, asesinaron a (al menos) 9 personas. No hay cifras oficiales. Hablamos con cientos de manifestantes. Algunos hablan de 9, otros de 11. Lo concreto es que vimos un funeral colectivo de 5 hombres, en plena calle, entre flores, velas, desorden y la impotencia sin par.

El médico de un improvisado hospital de campaña, digno de una película sobre la vida del dictador Mobutu Sese Seko en la ex Zaire, le confirmó a este equipo que todos murieron por impactos de bala de plomo. “Así lo determinó la autopista”, confirmó. Hay agujeros en paredes, casquillos, restos de plomo, cartuchos de 12/70, granadas de humo esparcidas por todos lados, como una verdadera postal de guerra. Ah, y el campo minado por piedras. No es exagerado.

Sacaba es un caserío semirural, acaso detenido en el tiempo, de calles tan estrechas como serpenteantes, construido por las manos callosas de sus sufridos habitantes.

Los manifestantes, que marchan desde el interior para ingresar a Cochabamba, con banderas blancas, la wiphala y el dolor a cuestas, no pudieron avanzar ante el retén de la Policía y el Ejército. Allí mataron a estos inocentes trabajadores, casi todos de la tierra. “Nos disparaban hasta de los helicópteros”, dicen unos tras otros, mientras muestran los videos caseros en sus desvencijados celulares. Se pelean por hablar. Y es lógico. Todos tienen algo para contar. Pero nadie que los escuche. Sólo estaban armados con la palabra. Las fotos que pululan en Internet, de campesinos con ametralladoras, integran un posible operativo de fake news. O al menos esos no son de acá, de Sacaba.

Además de la indignación por la masacre, por la salida de Evo y por el gobierno que los persigue, ponen el grito en el cielo porque hasta este lugar no llegó nadie. Vimos a colegas de la Televisión Española. Y nosotros. Nadie más.

La mayoría de estas personas hablan quechua, y forman parte del más del 50% de la población boliviana de los pueblos originarios que le dieron vida a esta nación. Vaya paradoja: hoy parece matarlos por ello. “Es odio racial”, coincide la mayoría. Algo similar sucede en El Alto, en las afueras de La Paz, donde la dominante población aymará, también sufre. Como casi todos en este lugar que vive días de lucha desigual, injusta. E indignante.

Evo no volverá en el corto plazo a Bolivia. El gobierno de la senadora Áñez (acá sólo le dicen “asesina”) asoma como cada vez más consolidado, la mayoría de los medios locales hablan del “proceso de pacificación” y los pueblos originarios sufren por los azotes del desconocimiento, la ignorancia y la violencia.

“Nos hacían arrodillar, nos golpeaban, nos querían ahogar”, cuenta una cholita, dama de pollera, en medio de la autovía Villazón. Decenas se le suman para ratificar sus dichos. Todos gritan. Pero acá nadie tiene miedo.

Pero si ven lo que yo también vi. Y lo que vio hasta una mujer ciega que entrevistamos para Crónica HD: “Nos están matando”. También vi sus lágrimas.

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