El papa inició este miércoles la celebración de una misa al aire libre, delante de unas 150.000 personas, que acudieron desde todos los rincones de Birmania, emocionados por la primera visita de un pontífice, un viaje en el que Francisco ha evitado mencionar expresamente el éxodo de los rohinyás.

 
Los católicos birmanos esperaban con ansias desde hace meses la llegada del papa y peregrinos provenientes de todos los rincones del país viajaron para la celebración en la capital comercial de Birmania. "Yo nunca soñé con poder verlo una vez en mi vida”, dijo Meo, una mujer de 81 años de la minoría akha, que viajó desde el estado de Shan. Al igual que ella, muchos otros peregrinos acudieron a ver a Francisco desde las conflictivas regiones situadas en las fronteras del país.  

"Nunca había visto tantos católicos”, contó Gregory Than Zaw, un hombre de 40 años perteneciente a la étnia karen, que viajó cinco horas en bus para llegar a Rangún junto a otros 90 peregrinos de su aldea. El papa saludó a la multitud desde el “papamovil” antes de oficiar la ceremonia.

El martes Francisco pidió “respeto a todos los grupos étnicos y a su identidad”, pero no citó a los rohinyás ni se refirió a las acusaciones de “limpieza étnica” contra esta minoría musulmana o a su masivo éxodo hacia el vecino Bangladés. Francisco compartió estrado con la líder birmana y Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, en la capital administrativa del país, Naypyidaw, sin citar directamente la crisis de los rohinyás, que ha centrado en los últimos meses la atención mundial. 


Desde fines de agosto, más de 620.000 musulmanes rohinyás se han refugiado en Bangladés, huyendo de las violencias perpetradas por soldados birmanos y milicias budistas. Naciones Unidas estimó que se trata de “limpieza étnica”.

Respeto de los derechos humanos
En el segundo día de su visita, el pontífice había afirmado que el futuro de Birmania pasa por “la paz”, basada esencialmente en el “respeto por cada grupo étnico y su identidad”. 
Francisco exhortó asimismo a un “compromiso por la justicia” y un “respeto de los derechos humanos” en un discurso pronunciado ante las autoridades civiles en la capital birmana. 


Por su lado, Aung San Suu Kyi --muy criticada hasta ahora por su gestión de la crisis de los rohinyás-- se comprometió ante el papa a proteger los derechos y promover la tolerancia “para todos”. La iglesia birmana defiende a Aung San Suu Kyi ante las múltiples críticas por su falta de empatía hacia esta minoría, que vive mayoritariamente en el oeste del país.  


Las palabras del papa eran esperadas son ansias, después de que antes de su viaje Francisco evocara varias veces el destino de los rohinyás, “torturados y asesinados debido a sus tradiciones y a su fe” en Birmania. Pero la iglesia católica local le había pedido al pontífice que no contrariara a una población mayoritariamente budista al emplear la palabra “rohinyá” en un país que no acepta las críticas de la comunidad internacional. 


El arzobispo de Rangún, Charles Bo, temiendo una reacción de los budistas extremistas, había recomendado en efecto a Francisco que evitara la mención “rohinyás” y hablara más bien de “musulmanes del Estado de Rakáin”. Esta terminología oficial, neutra, es la que desea imponer Aung San Suu Kyi para evitar la guerra semántica entre la apelación “Bangladesíes” (usada por la mayoría budista en Birmania) y “rohinyás” (utilizada por estos mismos musulmanes para designarse). 


Pese a las acusaciones de la ONU, el poderoso jefe del ejercito de Birmania, Min Aung Hlaing, afirmó al papa, durante una reunión de “cortesía” el lunes, que su país no ejerce “ninguna discriminación religiosa” y que el ejercito actúa por “la paz y la estabilidad del país”. Las organizaciones de defensa de los derechos humanos han acusado a este general de ser el principal responsable de la campaña de represión contra los rohinyás.