En una multitudinaria misa en el aeropuerto de Medellín, la ciudad con mayor impronta católica de Colombia, país que visita desde el miércoles y hasta mañana con el lema "Demos el primer paso", el papa Francisco aseguró que "no debe dar miedo" la renovación de la Iglesia y pidió "involucrarse, aunque para algunos parezca ensuciarse".

"Como Jesús zarandeaba a los doctores de la ley para que salieran de su rigidez, ahora también la Iglesia es zarandeada por el Espíritu para que deje sus comodidades y sus apegos. La renovación no nos debe dar miedo. La Iglesia está siempre en renovación", aseguró el Pontífice.

"Quiero agradecer las horas que han pasado acá bajo la luvia, lamentablemente hubo un atraso significativo en el viaje y ustedes tuvieron que esperar más. Gracias por su paciencia, por su perseverancia y por su coraje", inició improvisadamente el Pontífice la misa, pasadas las 11 locales (13 de Argentina), de cara a la multitud que hizo vigilia durante toda la noche, en alusión a la tormenta que retrasó los traslados. 

Uno de ellos era Juan Andrés, misionero del grupo Juan XXIII de la Diócesis de Ipiales, Nariño, que esperó más de 24 horas en los alrededores el predio. "Valió cada una de las horas", aseguró, ya convertido en uno más del enorme tapiz de camperas y pilotos de colores que recibieron a Jorge Bergoglio.

"Nos mojamos en las rumbas en la calle o por partidos de fútbol. Imagínese si no nos vamos a mojar para ver al papa", comentó también emocionada luego María Camila, de 45 años, antioqueña que tiene "algunos recuerdos" de la visita que hizo san Juan Pablo II en 1986.

Ella fue una de las 550.000 que recibió hostias de parte de las 1.500 personas seleccionadas por la Arquidiócesis local luego de la misa que, ya sin lluvias en el predio aeroportuario, había iniciado con un rápido recorrido en papamóvil saludando fieles.

Francisco siguió luego con su mensaje más allá de los fieles, con palabras que parecían apuntar también puertas adentro de la Curia romana: "la Iglesia no es nuestra, es de Dios; es el dueño del templo y del sembrado; todos tienen cabida, todos son invitados a encontrar aquí y entre nosotros su alimento. Nosotros somos simples servidores y no podemos ser quienes impidamos ese encuentro", planteó.

A metros del altar, el mismo que usó san Juan Pablo II en su visita de hacer más de tres décadas, Ary Ramos era otro de los fieles que entre chocolate caliente y "tinto" colombiano (café), lleno de color el improvisado centro religioso al que Francisco había llegado en un auto cerrado, y no en helicóptero como estaba originalmente dispuesto, lo que provocó la demora en el inicio de la celebración.

Fue la segunda vez que el tiempo obligó al Papa a cambiar un recorrido en las últimas horas, luego de que la presencia del huracán Irma en el Caribe lo forzara el miércoles a cambiar el plan de vuelo del Airbus 330 que lo llevó hasta Colombia

"Yo era muy chico cuando vino Juan Pablo, pero esta visita nos llena de alegría. Necesitábamos al papa acá para que nos ayude a salir de los problemas que tenemos", planteó el joven Ary.

Parado frente a un enorme cartel que reza "Cristo de la Esperanza" de cuatro metros de alto por dos de ancho, Bergoglio animó también a "involucrarse, aunque para algunos eso parezca ensuciarse o mancharse", durante su mensaje en la misa que llevó como tema.

En una ciudad que en 1968 se convirtió en el símbolo de la catolicidad colombiana al hospedar la segunda conferencia del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam) durante la visita del beato Pablo VI, la primera de un Pontífice a América Latina de la historia, Jorge Bergoglio aseguró durante su homilía que "hoy a nosotros se nos pide crecer en arrojo, en un coraje evangélico que brota de saber que son muchos los que tienen hambre, hambre de Dios, hambre de dignidad, porque han sido despojados". 

"Y, como cristianos, ayudar a que se sacien de Dios; no impedirles o prohibirles ese encuentro. No podemos ser cristianos que alcen continuamente el estandarte de ’prohibido el paso’, ni considerar que esta parcela es mía, adueñándome de algo que no es absolutamente mío", agregó Francisco. 

"Me pregunto si el hambre de Dios de tanta gente quizás no viene porque con nuestras actitudes se la hemos despojado", agregó a modo de autocrítica. 

Elisabet Naján, de El Chocón, llegó junto a tres hermanas y lo esperaron en la vera de la ruta 70. "Lo primero que queremos es la paz que esperamos todos los colombianos. No importa la lluvia ni el sol", dijo, enfundada en un piloto celeste. 

La misa de este sábado fue además una previa de la que será mañana la última jornada del Pontífice en tierra colombiana, en el recuerdo de la fiesta del jesuita San Pedro Claver, libertador de esclavos negros, cuya fiesta se conmemora este sábado y que Francisco recordará con un paso por su casa santuario en Cartagena antes de regresar a Roma.