Por Alicia Barrios
Enviada especial al Vaticano

Por fin llegó Alberto Fernández. Este viernes es el día del encuentro con Francisco. Un Presidente argentino y el Papa argentino. Histórico. Esto no registra el interés de la prensa extranjera. Los periodistas acreditados en la Santa Sede se mueven de las cuevas por Rusia o Estados Unidos. Lo demás es silencio.

Eso que va a pasar cuando estén a solas nadie lo sabe. No se puede anticipar gesto, tiempo ni tema. Es un misterio casi como el del Espíritu Santo. Transitar el Vaticano es como ser padre primerizo, nadie tiene un manual anticipado. Hay un equilibrio muy fino, que lleva años alcanzar: “Si corrés te matan, y si te distraés te duermen”. Así fue es y será desde hace siglos.

Sin duda Alberto no iba a consensuar con Bergoglio el nombre del embajador. Es un tema que trajo resuelto: María Fernanda Silva, la favorita, es diplomática de carrera, con ancestros caboverdeanos y con una vasta experiencia. El Papa sabe muy bien quién es. La conoce desde hace años.

Indeclinable es la postura de Su Santidad sobre el aborto: defender la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Acá no hay nada que negociar. Hambre, la vejez, cultura del descarte, justicia social, trabajo esclavo, explotación infantil, trata de personas: es la agenda del Papa entre tantos otros temas. El respeto, la buena predisposición y la expectativa de Alberto Fernández distan siglos luz de la irrespetuosidad, la indiferencia y el mal trato que caracterizó a la administración de Mauricio Macri en relación con Francisco. Lo pasado pisado. Una bocanada de aire fresco para un pueblo de Dios, como el argentino, que sufrió una grieta que no eligió. Se puede cambiar la historia. Había que dar el primer paso.