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No habrá ninguno igual, no habrá ninguno. Francisco conmovió al mundo. Impartió la bendición Urbi et Orbi, la más solemne que da el Papa. Está reservada sólo al Santo Padre, dirigida a la ciudad de Roma y al mundo entero. "Quien tiene fe, no tiene miedo", es una de sus frases que sanan, la dijo este viernes y la repite siempre.

La Plaza de San Pedro, que tiene el tamaño de cuatro plazas de Mayo, recibe miércoles a miércoles, y en cada festividad, más de 300.000 personas, sin contar los laterales. Nunca está vacía. Ayer sí. Sólo él, su alma y la fortaleza pudieron llevar adelante esa proeza.

Esta decisión la tomó hace poco más de una semana, tras rezar en la Basílica de Santa María la Mayor. Este viernes rezó ante la Virgen de la Salud del Pueblo Romano, que fue trasladada, excepcionalmente, al altar de San Pedro y al Cristo de la Peste, quien también fue llevado hasta allí. Compartió la imagen de estos dos íconos milagrosos con millones de personas que siguieron la ceremonia desde todo el mundo.



Uno de los momentos culminantes fue cuando adoró al Santísimo y todos pudimos hacerlo con él. Francisco, el padre Jorge, trasmite esa fe que le brota por los poros. Es un hombre convencido que cuando reza, Dios lo escucha. Puro espíritu. Un ser de Dios que no tiene edad, lo trasciende el alma en plena concordancia con un ser superior. Se entrega. En este momento difícil, el Papa de este tiempo, no pierde de vista los egos pretenciosos, los oídos sordos al grito de los pobres y el planeta.  "En este barco que estamos todos los que tienen y los que no", dijo; y si algo deja en claro es que el dinero no sirve para ponerse a salvo. La palabra del Papa: "Dios va a convertir en algo bueno todo lo que nos sucede".

Francisco se fortalece a diario con San José, su devoción cotidiana, de quien tradujo del francés al español su plegaria favorita: "Glorioso patriarca San José, cuyo poder hace posible las cosas imposibles, vení en mi ayuda en estos momentos de angustia y dificultad. Toma bajo tu protección las situaciones tan serias y difíciles que te encomiendo, a fin de que tengan una feliz solución. Mi bienamado Padre: toda mi confianza está puesta en vos. Que no se diga que os he invocado en vano. Y puesto que vos podés todo ante Jesús y María, mostrarme que tu bondad es tan grande como tu poder. Amén". Nadie duda que estamos ante el líder espiritual más importante del mundo.