El diario español El País publicó el caso de la transexual argentina Ayelén Gómez, asesinada a golpes en el invierno pasado, cerca del parque 9 de Julio, en San Miguel de Tucumán. "Asesinatos de personas trans, la violencia oculta en Argentina", tituló el matutino. Al caso de Ayelén (31), la nota agregó el de Pamela Tabares (35), ultimada por esos días en Rosario, ambos casi invisibles en los medios argentinos.

Para el europeo medio, esta clase de violencia se equipara a las matanzas entre tribus africanas o entre los tamiles y el ejército de Sri Lanka. En el exterior, no compran falsas imágenes de nuestro país. Aunque la campaña electoral desplace de la agenda a la violencia y la marginación laboral padecidas por minorías sexuales, por aquello de que "somos un país líder en derechos humanos", la realidad es implacable. Claro que, para cubrir apariencias, hay un puñado de candidatas trans.

Del lento y discreto genocidio del que está amenazada esta minoría, mejor no hablar. Los/as candidatos/as que dicen apostar a la vida, acaso ignoren que la expectativa de vida de las trans es de 40 años. Ni una palabra de esto en las campañas de las fuerzas electorales mayoritarias. Según Marcela Romero, conductora de la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgénero (ATTA), fundada hace 24 años, y de la Federación de entidades de diversidad sexual (LGBT), "hay sólo cinco candidatas trans en el país, se ignora el trabajo de las militantes, se nos posterga en las listas, porque con entrar en el lugar 38 no avanzamos nada".

La causa está "en la sociedad y la clase política machista que nos discriminan. Nuestra democracia carece de políticas públicas, por eso la discriminación laboral, educativa y sanitaria nos margina. Desde la Casa Trans de San Cristóbal estamos conteniendo a nuestra gente en esos aspectos, es un lugar que nos da visibilidad, pero la sociedad tiene que entender que tenemos los mismos derechos y la voluntad de integrarnos".

El pivot de la integración es el trabajo, pero Romero señala que "no sabemos de ninguna iniciativa política, más allá del cupo laboral del Estado bonaerense, que es sólo un granito de arena; en el sector privado no hay trabajo para nosotras". Un vecino de la zona roja de Palermo, en los 90, se quejaba de la prostitución callejera de las trans. Una vecina le propuso: "Usted que tiene una empresa, podría emplear a algunas de estas personas". Él la miró, furioso: "¿Yo, darles trabajo a estos putos? ¡Ni loco!".

Es la Argentina a la que volveremos el lunes 23.