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El informe del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) no deja lugar para especulaciones. De una buena vez, se tienen que acabar las excusas. La herencia, el populismo, la pobreza cero inalcanzable y muchas otras expresiones que se repitieron durante los últimos años ya no pueden ser utilizados como pretextos.

Los números preocupan y lo más triste es que, en el corto plazo, las cosas van a seguir igual. De acuerdo con el último informe de la UCA, la pobreza en el país afecta a 31,4 por ciento de su población; esta cifra contiene a 5,9 por ciento de indigentes. Nada menos que 13,5 millones de argentinos están por debajo de la línea de pobreza, en una Argentina "fracturada, dividida y claramente postergada".

Lejos de trabajar en conjunto para disminuir esa vergonzosa cifra, la clase dirigente nacional, sin distinción de partidos, se esfuerza por "tirarse a los pobres por la cabeza" y busca en todos los recovecos de la historia el germen del problema, por supuesto, generado por "el otro".

Aunque la situación sea tan compleja como histórica, el gobierno actual es el responsable de revertir esta dolorosa fractura social, pero las medidas que toma van en una dirección que pareciera no prometer soluciones. La reforma previsional, con el escándalo de la reducción del aumento a los jubilados; los cambios laborales, que podrían derivar en una situación de mayor precariedad, chocan de frente contra la voluntad de bajar los índices de pobreza.

El crecimiento económico y la baja del índice de inflación previstos parecen ser una pequeña luz en el horizonte, pero si las mejoras no llegan a los sectores más necesitados, quedarán en una promesa incumplida. Otra más. Es hora, entonces, de que el abanico político argentino entienda que 13,5 millones de personas merecen algo más que peleas, acusaciones y excusas.

Merecen que, de una vez por todas, alguien se ocupe de revertir su situación. Lamentablemente, el futuro cercano pareciera desandar otros caminos.