@JorgeCicu

Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes”. Este párrafo fue escrito en 1917, y corresponde a un famoso texto del filósofo y político italiano Antonio Gramsci.

“Odio a los indiferentes”, lo tituló, y allí habla del mal de la indiferencia ante el horror, ante el fascismo, las injusticias, la miseria, el dolor del otro. Gramsci castiga al indiferente, señalándolo como “el peso muerto de la historia”, aquello que opera pasivamente, una fatalidad que no se puede contar.

Y escuchando en estos días tanto la terrible historia de Thelma Fardin como de las otras mujeres que fueron abusadas, violadas, degradadas en los más diversos ámbitos, uno se pregunta: además de los sujetos que violaron y abusaron, ¿qué pasó con quienes estaban alrededor de la víctima? Aquellos que se mantienen indiferentes ante los gritos de una vecina golpeada en la casa de al lado; los que dejan que un jefe degrade a una compañera de trabajo; quienes prefieren “mirar para otro lado” y no comprometerse ante la sospecha.

Esos, los indiferentes, también son culpables. Que tantas actrices salieran a apoyar en conjunto a Thelma, que tantas -decenas de miles- marchen en la calle frente a un fallo horroroso de la Justicia como el que absolvió a los asesinos de Lucía Pérez, obliga a no ser indiferentes. Cuestiona al indiferente ante la mujer abusada. Lo señala. Lo avergüenza. A ellos, a los que aún se mantienen indiferentes, una frase más de Gramsci para cerrar.

“Al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?”.

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