“Cuando llueve me dan no sé qué las estatuas. Nunca pueden salir en pareja con paraguas, y se quedan como en penitencia, solitarias”, escribió María Elena Walsh y es cierto: ¡Qué solitarias están las estatuas de Buenos Aires! No sólo bajo la lluvia , sino también por las noches. E incluso muchas veces solitarias por lo que representan. Buenos aires tiene un cambalache de estatuas: las hay de próceres, de bailarines, de pensadores, de sedientos, del beso y de la duda, de indias desnudas y de soldados con el uniforme oficial, del invierno y de la primavera, de ciervos, galgos rusos, delfines, gallinas, tigres y leones;de Ana Frank (la niña judía que le contó al mundo el Holocausto) y de Pablo Miguez (niño secuestrado en la dictadura), de Carlitos Gardel y de Carlitos Chaplin, del cartero y del bombero, de Caperucita Roja y de Mafalda, del Quijote y de Gandhi, de Shakespeare y de Minguito, de Maradona y de Messi, de Goyeneche y Spinetta; monumentos al taxista y al tranvía, efigies de esclavos y de libertadores. Detrás de cada estatua hay una historia de amor y odio, un premio y un castigo, alguien al que se quiere postular para la historia, un juego de memorias y de olvidos.

El hombre que amaba a la estatua del Jardín Botánico
La cultura griega nos presentó a Pigmalión como un escultor enamorado de una estatua que él mismo había hecho. En el jardín Botánico de Palermo sucedió algo parecido, pero no con el escultor de la estatua, sino con su cuidador. Don Osvaldo por más de treinta años se ocupó del mantenimiento de las estatuas, pero tenía una profunda predilección por una de ellas: La Bañista (reproducción en mármol del escultor francés Mauricio Esteban Falconet) Primero comenzó como un enamoramiento, pero según sus compañeros, con el tiempo se transformó en un profundo amor. No había día en el que Osvaldo no dejase una rosa sobre la Bañista. De hecho, sus días francos se hacía presente en el jardín para dejarle la flor. Osvaldo murió hace dos años. Sus compañeros sueñan con una estatua de Osvaldo junto a la bañista, una estatua de un hombre dejando una flor.

La estatua de Pepe, el almacenero de Constitución
Por esas cosas de los expedientes municipales se desconoce a quien rinde tributo una estatua de la plaza Solís. Tanto es así que los vecinos de Constitución le encontraron tal parecido a Pepe, el almacenero del barrio, que están convencido de que la efigie fue levantada en homenaje a él. Muchos la denominan la estatua del único almacenero que fiaba y daba yapa. Pepe se fue hace cinco años, su estatua quedó en el barrio.

De odios históricos
Muchas estatuas fueron ubicadas en terreno enemigo, por llamarlo de alguna manera.El monumento a Juan Lavalle se lo situó delante del solar donde vivía Manuel Dorrego. Recordemos que Dorrego fue fusilado por Lavalle. Del mismo modo la estatua de Domingo Faustino Sarmiento fue colocada justo enfrente de la casa de su rival Juan Manuel de Rosas, en Palermo. El monumento al aborigen se lo instaló en plaza España, corona que propició la conquista y el exterminio de indios. Evita y Borges (esos dos que decían odiarse) se reúnen como estatuas en los jardines de la Biblioteca Nacional. Y el más doloroso: el monumento de los caídos en Malvinas frente a los que hasta hace algunos años se llamaba “Torre de los ingleses”

Ladrones de estatuas
Todos hemos escuchado alguna vez hablar de ladrones de bancos, de joyerías, de piratas del asfalto, lo que muy pocas veces hemos tenido noticia es de los ladrones de estatuas, sin embargo que los hay, los hay.

Buenos Aires, 1997. Como si fuera un acto macabro, ladrones se robaron “La Juventud”, la estatua de la juventud. En noviembre del mismo año habían sido sustraídas la esculturas "El niño y la gallina" y “El aguatero” que se encontraban en Plaza San Martín.  L´Acquaiolo fue robada de la plazoleta frente al Círculo Militar y podríamos así enumerar muchas otras como la estatua de Canning, robada dos veces.

Sin embargo los ladrones de estatuas no suelen robarse estatuas enteras, por razones operativas prefieren hurtar partes. Como el reciente robo de Rómulo y Remo, los niños que la Loba Capitolina da d. mamar en Parque Lezama. Del mismo modo han sustraído los sables de las estatuas de Guillermo Brown, de los soldados que custodian a San Martín, las alas de un ángel, el arco de un cupido, las orejas del lobo de Caperucita que se ve en la Plaza Sicilia del Parque Tres de Febrero; la raqueta de Gabriela Sabatini, los anteojos de Spinetta , la pelota de Messi,el sombrero de Gardel, el bastón de Chaplin, los dientes de un león, las riendas de los caballos de Las Nereidas, el bandoneón de Pichuco, el teléfono de Tato Bores, la guadaña del segador y el fuego - si señoras y señores - estos prometeos del hampa se robaron el fuego de la réplica de la estatua de la libertad ubicada en Barrancas de Belgrano y como si fuera poco le dejaron con aerosol una frase: “la libertad no es estatua”.

En abril de 1997, un ebrio, la emprendió contra una de las estatuas en el Museo Nacional de Bellas Artes. le cortó el pene y se lo llevó. Nunca se lo pudo recuperar. Si usted halla un pene de estatua, no deje de hacer la correspondiente denuncia, recibirá recompensa.

Las estatuas toman vida
¿Habrá un sindicato de estatuas, estarán bajo un convenio colectivo de trabajo, lucharán alguna vez po. irse de vacaciones o por jubilarse? ¿Podrán hacer huelga las estatuas, huelga contra tanto olvido, huelga contra tanta indiferencia, contra las rejas que las separan de la vida?

Cuando la ciudad parece apagarse, y solo quedan los serenos, los taxistas, los trabajadores de maestranza, las estatuas se comporta. como hacen las estatuas cuando nadie las mira. Por eso no es extraño ver en las madrugadas porteñas deambular a los salvajes caballos que de día permanecen esculpidos en las puertas de un lujoso hotel d. Retiro, o ciervos, tigres y leones que pasan sus días confinados en embajadas o palacetes. Encontrar a Gardel cantando con Belgrano, a Juana Azurduy conversando cosas de mujeres con Tita Merello, a Olmedo riendo con Chaplin, a San Martín renegando con Cristóbal Colón, o quizás a don Osvaldo y la Bañista, amándose en el Jardín Botánico.